El belén

EL BELÉN

Nunca había creído en fenómenos paranormales, tal vez por eso no sospeché que algo raro ocurría. Por tercera noche consecutiva me había despertado oyendo susurros y gritos, y aunque no relacioné ambas cosas porque creía que los ruidos venían de otro piso, a la mañana siguiente las figuras del belén habían cambiado de sitio. La primera vez Baltasar estaba detrás del camello mirando hacia el otro lado, la segunda un pastor se había caído al suelo, y la tercera faltaba el ángel. Mi novia se puso muy nerviosa cuando se dio cuenta, y comenzó a rastrear el suelo con ansiedad.

—Venga, muévete y ayúdame a buscarlo.

—No te preocupes cariño, no puede estar muy lejos, no creo que una figura con las piernas cruzadas y pegadas corra mucho. —Ella levantó la cabeza, me miró con el ceño fruncido, suspiró y dijo, con el tono que pone cuando está muy cerca de perder la paciencia:

—Puede que a ti te parezca gracioso, pero para mí este belén es muy importante. Las primeras piezas me las regaló mi madre, y las demás las he ido consiguiendo poco a poco y no ha sido fácil. Si no quieres ayudarme no lo hagas, pero tampoco me molestes diciendo idioteces.

Desconcertado, me puse a buscarlo por debajo de la mesa. No le había oído nada sobre ningún belén hasta este diciembre. Claro que era la primera Navidad que íbamos a pasar juntos, sólo llevábamos ocho meses saliendo y uno conviviendo, era normal que desconociéramos cosas el uno del otro. Pensé que ya le pediría, cuando estuviera más tranquila, que me hablara de esas figuras y de por qué le había costado tanto conseguirlas. Tampoco parecían nada del otro mundo, eran muy realistas eso sí, algunas caras parecían de verdad, pero por muy bien que estuvieran hechas no eran más que unos muñecos de plástico.

Pasaron un par de días y continuaba enfadada y nerviosa. No abría las ventanas ni me dejaba que lo hiciera, y cada vez que entraba o salía de casa tenía que entreabrir lo mínimo la puerta y cerrarla rápidamente. Decía que le dolía la garganta y no quería tener corrientes de aire.

La situación se me antojaba cada vez más insostenible, hasta el punto de proponerle pasar las navidades cada uno con su familia, en lugar de los dos solos en casa como ella quería. No le gustó la idea, primero se quedó paralizada, mirándome con los ojos muy abiertos y los labios apretados, y luego rompió a llorar.

—No puedes hacerme esto, Nochebuena es mañana y tengo preparado algo muy especial para ti.

—Está bien, no te pongas así —no tuve más remedio que decir— cenaremos juntos.

—¡Genial! —cambió drásticamente de expresión y tono, el único rastro del berrinche eran los surcos dejados por las lágrimas en sus mejillas— Pero tienes que irte a la mañana y no puedes volver hasta las ocho, ¡quiero que te lleves una gran sorpresa y necesito tiempo para organizarla!

—Muy bien —dije. De repente la pasar tiempo lejos de esa mujer me parecía una idea fantástica, creía que la conocía pero no me gustaba lo que estaba descubriendo esos días. Dejaría pasar las Navidades y luego ya pensaría seriamente en el futuro de nuestra relación.

La mañana siguiente fui a casa de mi madre, aprovecharía a pasar el día con ella, ya que iba a ser el primer año que cenara fuera en Nochebuena. A las ocho en punto volví a casa. Abrí la puerta preguntándome qué encontraría dentro y me extrañó no oírla gritar que cerrara rápidamente. Me dirigí despacio y receloso hacia la sala, pero antes de entrar ella salió y se lanzó sobre mí. Me abrazó fuertemente, me plantó un sonoro beso en los labios y me miró, con una sonrisa que parecía no dejar ningún diente escondido.

—¡Lo he encontrado! ¡He encontrado a Ángel!

—¿Quién es Ángel?

—¡El ángel! Que he encontrado el ángel. ¡Mira! —me señaló el belén. Allí estaba otra vez, encima del pesebre, aunque parecía diferente. Me acerqué para verlo mejor.

—¿Es el mismo que estaba antes?

—Claro que sí. ¿Has visto lo que te he preparado? —miré hacia la mesa. Velas, flores, una ensalada normalita y lo que parecían filetes en salsa. Me pregunté si para eso necesitaba todo un día, pero no lo dije.

—Qué buena pinta, y qué bonito. Muchas gracias.

Nos sentamos. Llenó las copas con una botella de vino que estaba abierta en la mesa y brindamos. Tenía un sabor raro, pero me la bebí entera. No recuerdo verla beber, ni empezar a cenar, debí de quedarme dormido. O inconsciente.

Me desperté en este mismo sitio. Llevo dos días sin mover los pies. A la izquierda tengo a Gaspar en su camello y a la derecha un arbusto, delante un pastor con una gallina en la mano. Yo debo de ser también un pastor. Durante el día no podemos movernos, pero al caer la noche, todos excepto María, José, el niño y los animales, cobramos vida. Los que llevan aquí más tiempo dicen que si atravesamos la puerta principal recuperaremos nuestro tamaño y aspecto normales, ya que, hace unas cuantas navidades, uno de los pajes logró escapar y le vieron expandirse y salir corriendo. El problema es que estamos pegados al suelo. Cada noche tiro con fuerza para intentar despegarme hasta que grito de dolor, pero nada. Tal vez se despiste al guardarnos en enero, o tal vez las próximas navidades no me encole tan fuerte.

Relato presentado al concurso de Zenda “Cuentos de Navidad”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s