Reto 4 – El libro del Escritor

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TENÍAS RAZÓN

Aún estaba consciente, pero la tortura era insufrible y deseaba no estarlo, prefería morir que continuar soportando ese tormento. La hinchazón de la cara, causada por los golpes recibidos durante los últimos días, apenas le permitía abrir los ojos, y cuando lo hacía, entre la sangre seca adherida y la fresca que resbalaba desde su frente podía ver la mesa con el macabro instrumental que estaban empleando en él. A ratos perdía el conocimiento y desvariaba a causa del cansancio y el dolor, pero sabía que había herramientas sin utilizar; y le habían advertido que iban a usarlas todas si no les decía lo que querían saber.

Pero él no sabía qué querían, se lo había dicho, gritado, llorado y rogado, y no le creían. Aquellos tres hombres, tan diferentes entre ellos en cuanto a constitución, rasgos faciales y color de piel, le abordaron en el portal de su casa, introdujeron a la fuerza en una furgoneta y trasladaron al lugar en el que se encontraba, donde estaba sufriendo todo tipo de suplicios. Le habían sumergido reiteradamente la cabeza en una bañera, mantenido horas en un cubículo en el que no podía permanecer de pie ni sentado, puesto una bolsa en la cabeza una y otra vez hasta perder el conocimiento, incluso le sodomizaron con un objeto grande y estriado. Le extrajeron todas las uñas de las manos y los pies, tenía las rodillas destrozadas porque se las habían perforado con alguna de sus herramientas, los brazos dislocados y le habían cercenado una oreja y dos dedos de las manos, los dos índices.

Ya no era capaz de moverse, habían tenido que atarle a la silla para que no se cayera; por momentos le dolía todo y otros no sentía nada. Su piel, blanca por la ausencia de pigmentación a causa de su albinismo, se había tornado multicolor: roja, morada, azul, negra… dependiendo del castigo infligido y el tiempo transcurrido. No tenía fuerzas, ni esperanza. Solo quería morir y sospechaba que lo iba a conseguir pronto.

El peso de la cabeza le venció hacia delante, dejando caer sangre, babas y dientes que tenía retenidos en la boca; sintió que su consciencia iba y venía, oía voces toscas y enfadadas y notó un chorro de agua en la cara, pero ya no le importaba, sabía que esta vez no conseguirían reanimarle. Experimentó un tremendo alivio cuando todo se volvió negro y el dolor se fue alejando, por fin se iba y sus últimos pensamientos fueron para las dos personas más importantes de su vida, su mujer y su hija. En su mente apareció nítida la sonrisa de su esposa, esa que siempre le regalaba cuando la atraía hacia él por la cintura diciéndole: “Ven aquí, mi negra”, notó el sabor de su piel oscura y cálida, lástima no poder recorrerla con sus labios una vez más. Pensó en su hija, su cafecito con leche como cariñosamente la llamaba, riendo y tirándose sobre él en el sofá. Sumido en esos entrañables recuerdos iba dejándose ir, cuando oyó sin prestar atención una voz grave y socarrona con acento germánico:

—¡Mira, un bombón de chocolate! Parece que la diversión no ha terminado.

Pero lo siguiente que escuchó lo sacó de golpe de su ensoñación.

—Un alemán, un chino y un indio, esto parece un chiste. Creo que me voy a reír mucho.

¡Era la voz de su mujer! No podía ser, debía de estar alucinando. Comenzó a oír golpes y gritos, insultos, más golpes, sonidos de objetos metálicos chocando, jadeos, cristales rompiéndose; se sintió caer al suelo junto con la silla a la que estaba atado pero no pudo hacer nada por evitarlo, su cabeza rebotó contra el suelo y quedó inerte, como ya estaba antes. No podía hablar, ni moverse. Sumido en la oscuridad, de vez en cuando sentía un empujón y algo cayendo sobre él y percibía los ruidos con claridad.

Cuando por fin se hizo el silencio, quiso llorar, tenía que haber podido ayudar a su esposa, haberla defendido de esos energúmenos, no era justo lo que había pasado, ¿qué iba a ser ahora de su hija? Solo tenía cinco años. Un calor repentino por todo su cuerpo fue transmitiéndole calma; advertía claridad a través de sus cerrados e hinchados párpados, debía de haber alcanzado la famosa luz al final del túnel que acompañaba a la muerte.

Poco a poco fue abriendo los ojos, rogó mentalmente que su mujer también le acompañara después de la vida y se alegró porque así era, fue ella lo primero que vio, seria y concentrada, agachada con las palmas de las manos abiertas sobre él. De ellas salía la luz y el calor que sentía. Lentamente pudo mover todo su cuerpo, comprobó que todos sus huesos estaban enteros y en su sitio, incluso volvía a tener los dedos, las uñas y los dientes.

—Cariño —le dijo cuando fue capaz de hablar— ¿qué va a ser de nuestra pequeña? ¿Quién cuidará de ella?

No le contestó, permaneció en la misma postura un rato más hasta que, finalmente, movió las manos y desparecieron la luz y el calor, cayó de espaldas y jadeó extenuada. Entonces le miró y contestó:

—¿Cómo que quién la va a cuidar? Nosotros, ¿qué vamos a hacer si no?

La miró desconcertado, ella sonrió, se acercó y le estampó un maternal beso en la frente.

—Está claro que te debo una explicación. Vamos a casa, descansaremos y te lo contaré todo.

—Pero… ¿qué? ¿Y cómo? ¿Estamos vivos? ¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho?

—Es largo de contar —tiró de él con suavidad para ayudarle a ponerse en pie— por eso prefiero estar en casa y tranquilos cuando lo haga. Pero te adelantaré que, cuando me decías que una mujer como yo no podía ser de este planeta… tenías razón.

Reto 5. Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.

¿Qué os ha parecido? ¡Espero vuestros comentarios!

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6 comentarios en “Reto 4 – El libro del Escritor

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