RETO 6 – El libro del Escritor

6. Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.

La mejor y más intensa experiencia de mi vida ha sido sin lugar a dudas dar a luz a mis hijos, por lo que no tengo una fecha sino tres. He intentado trasladar lo que sentí esos días a mi personaje, y en todo lo que rodea he introducido grandes cambios para que no pareciera un capítulo de mi biografía.

Y para contrarrestar un poco tanta ñoñería un toque de crítica social.

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EXPLOSIÓN DE EMOCIONES

Estoy saturada de emociones, nunca había sentido tanto, tan intenso, y en tan poco tiempo. Pero si tuviera que elegir una sería sin lugar a dudas, felicidad. No puedo dejar de contemplar a este pequeño ser, un milagro de la naturaleza, dormido contra mi pecho. Por más que lo miro y aunque sé que es así, me cuesta creer que ayer estuviera dentro de mí y ahora en mis brazos. Miro a mi derecha, Miren está dormida, ya tiene que estar cansada porque no hay sillas más incómodas que las de los hospitales. Yo también debería dormir pero no puedo; me siento excitada y no consigo relajarme, dicen que es el efecto de alguna hormona que se activa tras el parto. Echo la enésima mirada a nuestro recién nacido, apoyo la cabeza en la almohada, cierro los ojos y repaso mentalmente lo acontecido las últimas horas.

—Venga Ana, vamos ya al hospital.

—No, espera un poco más, no quiero que digan que estoy verde y nos hagan volver a casa.

—¡Pero cómo van a decir eso! Si tienes contracciones cada dos minutos, y en el curso dijeron que fuéramos cuando tuvieras cada cinco. A ver si vamos a ir tarde y tener un disgusto por el camino.

—Está bien, vamos.

Una hora después estábamos en una sala de dilatación, las dos nerviosas y yo dolorida, cada contracción era más fuerte y dolorosa y me obligaban a doblarme sobre mí misma y gritar. Aún así, convencida de que era lo mejor para mi bebé, dije que no cuando me preguntaron si quería epidural, mientras una voz dentro de mi cabeza preguntaba por qué.

No sé cuánto tiempo estuvimos en esa sala, aunque seguramente menos de lo que imagino. Miren no dejaba de hablarme y preguntarme qué tal estaba y si necesitaba algo. A su lado me sentía con seguridad y fuerzas para conseguir cualquier cosa. Recordé cuándo nos conocimos, hace ya seis años; yo era una joven acomplejada y atormentada por su propia realidad, temerosa de las opiniones y juicios morales de los demás. Ella, a pesar de tener cuatro años menos, rebosaba confianza en sí misma y me ayudó a aceptarme y a no necesitar la aceptación de los demás; me liberó, me convirtió en otra persona, o mejor dicho, me hizo no esconder la persona que realmente era. Dos años después vivíamos juntas y en cuanto se nos permitió nos casamos; por fin y en contra de mucha gente, que por alguna razón que no acabo de entender miran cómo les roban en sanidad, cultura, educación, empleo y un sinfín de cosas más sentados en el sofá; pero salen a la calle a manifestarse para que yo no tenga los mismos derechos que ellos.

Por fin me llevaron al paritorio, las contracciones eran terriblemente dolorosas y aún quedaba lo peor; aunque entre una y otra el dolor cesaba por completo y yo experimentaba ese tipo de calma que solo se siente antes de la tempestad. No había padecido tanto dolor jamás, pero tampoco nunca había sentido tantas ganas e ilusión por algo. Y no había sido fácil llegar hasta allí.

Desde que empezamos a vivir juntas hablamos de que queríamos tener hijos, aunque no sabíamos de qué manera; después de mucho soñar, dar vueltas y hacer cuentas, lo aplazamos ya que no había forma de costearnos ningún método. Paradójicamente, teníamos suficiente para mantenerlo, pero no para traerlo. Después de tres años trabajando al máximo y gastando al mínimo, lo retomamos. A pesar de la cantidad de niños sin padres y sin hogar que hay, era menos difícil y costoso, tanto en tiempo como en dinero y desgaste psicológico tener uno propio. Decidimos usar un óvulo de Miren ya que era más joven, pero que yo lo gestara, porque ella tenía una cicatriz en el útero a causa de un quiste que le quitaron y podría darle problemas en un embarazo. Por suerte funcionó a la primera, y casi cuarenta semanas después nuestro gran sueño en común estaba a punto de hacerse realidad.

—¡Empuja! ¡Empuja! ¡Ahora! ¡No pares! ¡Ya está! ¡Ya está! —Empujé y grité con todo mi alma y todas las fuerzas que ya no tenía, tuve miedo de desgarrarme pero las ganas de terminar eran más fuertes; y al fin, con un último empujón más suave, lo vi salir; ahí estaba, pequeño, sucio, y mío. Mi bebé. Mi hijo. Lloraba y reía a la vez, la emoción me oprimía la garganta y Miren el hombro, también llorando y diciendo que me quería. Me lo pusieron sobre el pecho desnudo, que se movía rápida y bruscamente sin que pudiera controlarlo; tuve miedo de que se me resbalara, tan frágil, tan poca cosa en tamaño y tan grande en sentimiento. Cuando pensaba que nunca podría sentir algo más fuerte que eso, lo acerqué a mi pecho, puso su boquita contra el pezón y comenzó a succionar. Estaba comiendo. De mí. Yo, estaba alimentando a mi bebé. Lo abrazaba y miraba sin dejar de reír y llorar, sintiéndome la persona más feliz del mundo.

Abro los ojos. Parece haber pasado una eternidad y solo han sido tres horas. Vuelvo a mirar a Miren; mi amiga, mi compañera, mi mujer; y ahora también algo con aún más significado que todo eso: la madre de mi hijo.

¿Qué os ha parecido? ¡Espero vuestros comentarios!

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12 comentarios en “RETO 6 – El libro del Escritor

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