Decadencia

Este es el relato con el que me he presentado al Concurso del blog de Escuela de Escritores de febrero.

Las bases, por la profesora Lola Vivas: Os animo a escribir un relato breve, de unas 500 palabras, en el que veamos a ese narrador cámara con claridad. Os aviso: se trata de un narrador imparcial, una voz narradora que no se involucra en la historia, ¿de acuerdo? Es muy importante ser meticuloso y cuidar al máximo aquellos detalles que decidáis enfocar. Serán ellos los encargados de dar vida y profundidad a la historia.

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DECADENCIA

La quietud del cementerio se rompe con el ruido de unos tacones. Su dueña, una esbelta mujer de mediana edad embutida en una falda negra de tubo hasta debajo de la rodilla, camina con paso firme por el pasillo central, provocando a su paso que un solitario petirrojo levante el vuelo y una anciana la cabeza, abandonando la ardua tarea de adecentar una tumba de mármol blanco, afectada por la tormenta veraniega de la noche anterior. La mira alejarse, con su recogido perfecto del que no escapa ni un solo pelo que roce la blusa rosa de seda.

La elegante dama se para en seco al llegar a la última bocacalle, da la vuelta y tuerce a la derecha por la anterior, casi al final se detiene delante de una sobria lápida de granito gris, cincelada con un único nombre.

Se quita despacio las gafas de sol, tras las que aparecen dos grandes ojos verdes, resaltados por una esclerótica enrojecida y un maquillaje con acabado profesional.

De forma casi imperceptible, los delineados labios carmesí de la mujer comienzan a temblar, agitación que va aumentando hasta extenderse primero a la cabeza, luego a los hombros y por último al resto del cuerpo. Una lágrima rueda por cada una de sus mejillas; pestañea y caen otras dos lágrimas. De repente cierra los puños y los ojos con fuerza y abre la boca, dejando escapar un desgarrador grito, que provoca el vuelo de otros tres petirrojos. La anciana, que aún la observa, da un paso atrás y parece empequeñecerse ante tal alarido.

Se queda así, contraída, viendo como la mujer se deja caer al suelo sobre sus rodillas, la cara escondida entre las manos. Sus hombros se agitan con violencia. Al cabo de unos minutos deja de temblar; se pasa las manos por el pelo, deshaciendo el moño, y levanta la cabeza. Con la palma de una mano y la manga de la blusa se seca las mejillas, extendiendo el maquillaje. Con calma y la mirada fija en el suelo se pone en pie, recoge los zapatos que se le han salido al caer al suelo y, sin calzárselos, echa a andar deshaciendo el camino que la llevó hasta esa tumba.

La anciana permanece quieta con los ojos muy abiertos mientras la ve acercarse, tambaleándose, descalza con los refinados zapatos en una mano, polvo en la parte baja de la falda, manchas de rímel y carmín en una de las mangas de la blusa, el maquillaje corrido y el peinado deshecho. Cuando llega a su altura extiende una mano y la agarra de la manga limpia.

—Señora, ¿se encuentra bien? ¿Puedo ayudarla?

La mujer la mira y sin detenerse balbucea:

—No traje flores. — Y continúa su andar desequilibrado hacia la salida del cementerio.

Cuando la pierde de vista, la anciana gira la cabeza de un lado a otro, saca un trapo de una bolsa de rafia, y comienza a pasarlo por el mármol blanco. Un petirrojo se posa en el suelo, a su lado.

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6 comentarios en “Decadencia

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