Generación uno

GENERACIÓN UNO

6 de agosto de 2017. No sentía el cansancio ni el dolor de cabeza mientras corría entre los árboles, solo el miedo.  Un cuarto de hora antes había salido la última de la oficina como cada día, pero en lugar de la calle peatonal y tranquila encontró un espectáculo dantesco: hombres y mujeres yacían sin vida por todas partes y un silencio amenazante se había adueñado del ambiente. No percibió ni un ligero movimiento. Echó a andar a paso rápido con la mente centrada en llegar a casa cuanto antes, pero antes de alcanzar la primera esquina oyó un estruendo y algo pasó rozándole la sien. Se quedó petrificada hasta que un líquido rojo y espeso comenzó a cegar su ojo derecho; entonces comprendió que le habían disparado y acababa de tener mucha suerte, y comenzó a correr. Cuando solo el parque la separaba de su edificio, decidió cruzarlo con la esperanza de ser un blanco más difícil entre los árboles. En el mismo momento en que divisó el portal una bala penetró en su cabeza por la nuca y todo se volvió negro.

La dueña del ojo azul al otro lado de la mira telescópica se separó del rifle y suspiró.

—¿Era la última, no?  —preguntó una voz de hombre a su espalda.

—Sí. Comienza el experimento.

22 de julio de 2030. Una mujer de mediana edad, recostada en una silla de oficina, alternaba la mirada entre dieciocho pantallas, colocadas frente a ella en tres filas de seis. Cada pocos minutos pulsaba un botón y las imágenes cambiaban. Enrollaba en un dedo un mechón de su melena rubia y sonreía moviendo la cabeza de arriba abajo cuando el chirrido de la puerta al abrirse la distrajo. Se giró para saludar a la única persona que podría haber entrado.

—¡Hola Alfredo! —le dijo jovial al hombre alto, delgado y moreno que se acercaba hacia ella.

—Vaya Ruth, qué contenta estás hoy.  —Se sentó a su lado sonriendo.

—No es para menos, podemos afirmar con rotundidad que el experimento ha sido todo un éxito. —Los ojos le brillaban y tenía las mejillas coloradas, parecía una niña abriendo los regalos de Navidad. Alfredo la miraba con satisfacción; en realidad él nunca creyó en ese proyecto, pero la había apoyado al igual que en todo desde que la conoció y se enamoró de esos ojos azul cielo y esa personalidad ingenua y arrolladora.

—¡Enhorabuena! ¿Ni un solo caso?

—Ni uno: no hay racismo, violencia machista, homofobia, xenofobia… Ningún delito de odio. Mira las pantallas.

Alfredo fijó su oscura mirada en las imágenes; le resultaba muy difícil saber a qué lugar pertenecía cada una, a no ser que apareciera algún monumento característico del lugar. En todas aparecía una amalgama de jóvenes de diferente sexo, raza y orientación sexual; muestras de afecto, cariño o amor eran realizadas en público sin llamar la atención sea cual fuera la condición de los participantes.

—No sé si tienes más abiertos los ojos o la boca —dijo Ruth soltando una carcajada.

Alfredo también rió, no se había percatado de su reacción pero no le extrañó porque estaba muy asombrado.

—Tenías razón. Erradicar a los adultos fue una decisión drástica pero efectiva.

—Ya te dije que estaba cansada de escuchar que para lograr la igualdad había que educar a los niños. —Ruth se levantó y comenzó a pasear por la habitación— Los niños no tienen prejuicios; primero se los inculcaban los adultos y luego ¿les enseñaban los mismos adultos a no tenerlos? Era un sinsentido. Estos niños han crecido libres, sin que les predispongan en contra de nadie que sea diferente, y voilà. —Se paró y señaló las pantallas— No hay exclusión por ningún motivo.

—¡Bravo! —Alfredo se puso en pie y aplaudió— ¡Desde luego es para estar contentos!

—Y no es solo eso, mira. —Se acercó a la mesa y tocó un par de botones. En todas las pantallas aparecieron mujeres en avanzado estado de gestación. —¡La segunda generación de mentes limpias está a punto de llegar!

19 de septiembre de 2055. Ruth y Alfredo permanecen sentados delante de las mismas pantallas que controlan desde hace casi cuarenta años. El pelo de ambos se ha tornado gris y sus rostros aparecen surcados por numerosas arrugas. Delante de cada uno de ellos reposa un pequeño vaso con un líquido transparente.

—Bueno —dice Ruth con tono cansado, sus ojos azules son ahora mates— podemos concluir el experimento; la segunda generación tampoco presenta ningún indicio de odio.

—Qué bien. —Alfredo mantiene la mirada fija en el vaso que está delante suyo —¿Pero estás segura de que esto es necesario?

—Sí. Ya no tenemos nada más que hacer aquí  y cada vez están construyendo más arriba. No podemos arriesgarnos a que nos descubran. Eso generaría preguntas y podría poner en peligro todo nuestro trabajo.

—Está bien. A la de tres: una, dos… y tres.

Ambos beben de un trago el contenido del vaso y en menos de cinco minutos yacen inconscientes. Poco después, una fuerte explosión destruye la cima de un monte junto con el centro de observación y la pareja de investigadores que se ocultaba en su interior.

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