Reto 12 – Literup-ELDE

12. Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.

LEON-VALIENTE

VALIENTE

Cuando por fin se atrevió a salir de la cueva en la que ni sabía cuánto tiempo llevaba escondido, el panorama era desolador: el cielo gris oscuro, los árboles y las plantas mustias y el suelo árido. Y lo que más le dolió, el arcoíris era una triste franja formada por tonos de grises.

Escuchó un sonido metálico acercándose y dio la vuelta apresurado para volver a meterse en su guarida, no se atrevía a enfrentarse ni a él ni a nadie.

—¡Eh León, espera! ¡No te vayas! ¿Qué ha pasado?

Quiso hacer como que no oía pero el sonido de llanto le detuvo, no tenía valor pero sí sentimientos. Se giró y lo vio de pie, a escasos metros de él; su gran amigo el hombre de hojalata. Constató apesadumbrado que había perdido su brillo, aunque seguía llevando ese ridículo embudo en la cabeza; recordó los tiempos en que eran felices y se reía de él por ello.

—Vale ya hombre lata, deja de llorar o te oxidarás. —Esbozó una sonrisa que no acompañaron sus ojos—. Vaya sensiblón eres desde que tienes corazón.

—¡No tiene gracia! ¡No tiene ninguna gracia! ¡Mira lo que nos han hecho, y tú ahí, escondido! ¡Eres nuestro jefe, tenías que haber hecho algo!

León agachó la cabeza y retrocedió unos pasos, asustado. El hombre de hojalata continuó:

—¿Pero qué te pasa? ¿Por qué no nos has defendido?

—He perdido mi medalla —susurró en voz casi inaudible y mirando al suelo.

—¿Qué? ¿Qué has dicho?

—He perdido mi medalla —repitió en voz más alta—, cuando me di cuenta de que Mades, el mago de las sombras, había vuelto a robarnos la planta de la vida, corrí hacia la cima de nuestro monte para defenderla. Pero antes de llegar noté que me faltaba algo. No llevaba mi medalla al valor, y sin ella ya sabes que soy un león cobarde. Así que di media vuelta y me escondí aquí.

El hombre de hojalata le miraba con los ojos y la boca abierta. Comenzó a moverla pero no salía palabra de ella. Al cabo de un rato, lo consiguió:

—¿Estás hablando en serio? Pero si hace tiempo que perdiste esa medalla, creo que después de luchar contra aquel monstruo que acosaba a los dragones, ¿te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, desde entonces uno de ellos me sigue a todas partes, cuando le miro me sonríe, pestañea muy seguido y sus pupilas se convierten en corazones. Me extraña que no esté por aquí.

—Estoy aquí. —Los dos pegaron un respingo, sobrecogidos por esa voz que venía de encima de sus cabezas. Miraron hacia arriba y ahí estaba, un dragón de cuerpo azul, alas naranjas y cuernos blancos. —No me he movido desde que entraste a la cueva, corriendo y con el rabo entre las piernas.

León se fijó en que pestañeaba más despacio de lo normal y el rojo de los corazones era muy tenue. Le preguntó:

—Tú tienes que saberlo, ¿es verdad que hace tanto que no llevo mi medalla al valor?

—Sí, tiene razón el hombre lata.

—¡Eh! Metalman, me llamo Metalman.

Dragón puso los ojos en blanco y continuó:

—La perdiste en aquella batalla, sí. Y después de eso se la he visto puesta a uno de los ogros de la ciénaga.

—Oh, un ogro. —Los ojos de León se cubrieron con una cortina de lágrimas—. ¿Y cómo la voy a recuperar? Los ogros me dan miedo.

—¡No seas idiota! —gritó Metalman— No la necesitas, piensa en todo lo que has hecho, los enfrentamientos que has ganado, desde que no la llevas. Eso solo era un objeto, no es nada. Tú eres valiente, tu valentía está dentro de ti, no se te puede perder ni te la puede robar nadie.

León levantó los ojos y miró fijamente a su amigo, comenzaba a pensar que tenía razón.

—De todos modos —siguió diciendo— ¿cómo no te has dado cuenta antes de que la habías perdido? ¿Es que no te lavas, saco de pulgas?

—Cuidado con lo que dices, Latonman, no deberías meterte con este fiero guerrero. —Se puso en pie, levantó la cabeza, soltó un rugido y le guiñó un ojo. —Esperadme aquí. Encontraré a ese Mades y recuperaré nuestra planta y nuestra vida.

Echó a correr ladera abajo. Metalman y Dragón se quedaron mirando y aguardando.

Poco tiempo después un ogro con una medalla raída enganchada en la camisa se unió a ellos. Se había encontrado con León y se ofreció para acompañarle, pero le rechazó. De todos modos no creía que hubiera podido seguirle.

Pasaron dos días hasta que empezaron a ver cómo el cielo se iba volviendo poco a poco azul, las plantas y los árboles echaban brotes y un hilo de agua recorría el antiguo cauce del río. León lo había conseguido.

A la mañana siguiente todo había recuperado su aspecto y vitalidad; al fondo, en el horizonte, resplandecía un colorido arcoíris. Incluso Metalman volvía a brillar. Tanto él como Dragón y Ogro esperaban ansiosos ver a León, saber que estaba bien y enterarse de lo que había pasado.

Elucubraban miles de hipótesis cuando un fuerte rugido les sorprendió.

—¡Allí! —gritó Ogro señalando una roca saliente de una montaña cercana a ellos.

Los tres observaron a León: altivo, imponente, rugiendo para que todos supieran que había vencido. Ogro comenzó a reír, Metalman a saltar y aplaudir; Dragón sonrío, dos corazones sustituyeron a sus pupilas y pestañeando con rapidez dijo:

—Ese es mi chico.

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