Reto 14 – Literup

14. Describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama. La idea es que tomando el desenlace como inicio hagas un recordatorio de cómo se ha llegado a esa situación.

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SAMBG

Es tarde y debería irse a dormir, pero María Luisa está preocupada por lo que acaba de conocer. Mañana hablará con Estela para que le oriente. Le cuesta creer cómo su tranquilidad se ha esfumado en menos de una hora. Mientras recoge la cocina rememora los últimos acontecimientos.

Fregaba los cacharros de la cena cuando sonó el timbre. Se quitó los guantes y secándose las manos en el delantal fue hasta la entrada y abrió la puerta. Se encontró al otro lado a su hija Marina, embarazada de siete meses, y a su yerno Carlos. Al fijarse en la expresión de sus caras y las maletas en el suelo del descansillo se temió lo peor.

—¡¿Otra vez?! —preguntó, deseando estar equivocada.

Carlos bajó la mirada; Marina miró a su madre a los ojos y muy seria dijo que sí con la cabeza.

—¡Pero madre del amor hermoso! ¿Cómo habéis dejado que ocurra otra vez? Mira que os dije que tuvierais cuidado. En el ático ese enano de antes vale pero ¿en un chalet de dos pisos? ¿En qué estabais…? —Se calló al ver las lágrimas que en silencio rodaban por las mejillas de su hija—. Bueno, bueno, pasad.

Carlos llevó las maletas a la habitación de invitados y se sentó en la cocina con Marina, ambos cabizbajos. María Luisa les preparó unas infusiones y sacó pan, queso, jamón y patatas para que picaran; pero no tenían apetito. Removían sus manzanillas sin decir nada, agarrados de la mano.

—No os preocupéis, podéis quedaros el tiempo que queráis, aunque deberíamos intentar recuperar vuestra casa —les dijo tras sentarse con ellos a la mesa—. Contadme, ¿cómo ha ocurrido?

Carlos y Marina se miraron, y fue él el que comenzó a hablar:

—Ya sabíamos que teníamos que tener cuidado, y durante el primer año no guardamos ni una sola. Pero un día, dejamos una en un cajón de la despensa, creíamos que nos vendría bien para más adelante. Otro día, una de una tienda de ropa que era muy bonita. —Carlos suspiró y bajó el tono —. Y el problema volvió de verdad una tarde que nos olvidamos de llevar reutilizables al supermercado y tocaba compra semanal.

—¡No! ¿Por qué no comprasteis allí de rafia? —exclamó María Luisa.

—Fue culpa mía —dijo Marina con los ojos llorosos y las mejillas rojas—. No quise comprar porque ya teníamos muchas en casa.

—Bueno, pues haber tirado las de plástico después de guardar la compra.

—Pensamos que nos vendrían bien para echar los envases. —Marina agachó la cabeza.

—¡Oh, por favor! ¿Cuántas veces te lo he dicho? Para envases compras las amarillas, que vienen en rollo y no se acumulan como las otras.

—Lo sé mamá, pero no sé qué nos pasó. Desde entonces nos entró el ansia y las guardábamos todas: de la frutería, de las tiendas de ropa, de la farmacia… Primero se llenó el cajón y utilizamos otro más; uno para las de plástico y otro para las de papel. A la semana ya ocupaban toda la despensa y al mes la planta de arriba. Trasladamos nuestras cosas a la habitación pequeña de abajo y hacíamos vida sin subir para nada. —Dio un sorbo a la manzanilla—. Lo teníamos bastante controlado, estuvimos unos tres meses sin guardar ni una sola más. Pero entonces… entonces… —Se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. Carlos le acarició la espalda y le dio un beso en el pelo.

—Tranquila cariño, ya lo cuento yo. —Miró a su suegra, cogió aire, lo expulsó, y dijo— Entonces empezaron a traernos los regalos para el bebé.

María Luisa se levantó tan rápido que casi tiró la silla al suelo, y se apoyó en la encimera. Haciendo un gran esfuerzo para no gritar, dijo:

—Y claro, las guardabais todas.

—Sí, algunas muy grandes, imagina; de la cuna, del cambiador… Pensamos que nos vendrían bien para guardar la ropa de invierno en el trastero. —Miró al suelo y luego a su mujer, que continuaba llorando, y siguió hablando—. Y ahí ya perdimos la noción del espacio y del tiempo. Esta tarde, al volver a casa, hemos visto que salían bolsas por las ventanas de la primera planta. Debimos recordar que cuando llevan un tiempo en el mismo lugar se expanden. Al entrar nos hemos dado cuenta de que ya solo podíamos pasar hasta nuestro cuarto, así que he recogido corriendo lo que he podido y hemos venido. No sabíamos a que otro sitio ir.

—Sí, sí, habéis hecho bien, aquí siempre tendréis sitio. Pero vuestra casa… me temo que a estas alturas ya estará tomada por las bolsas y no se podrá hacer nada, cada vez ocurre más y la gente no espabila. —Dejó de hablar de repente, abrió los ojos y la boca y miró fijamente a su yerno—. ¿No habréis traído alguna, no? ¿No se os habrá ocurrido?

—María Luisa por favor, claro que no. Sólo de tela— respondió Carlos con rapidez.

Marina levantó la cabeza, tenía la cara empapada y los ojos rojos e hinchados. Dijo que no con un gesto.

—Muy bien. El otro día tomé café con Estela, mi amiga psicóloga que trabaja en el ayuntamiento. Me contó que han clasificado vuestro problema, y el de tanta gente, como SAMBG.

—¿Y eso qué es?— preguntó Marina. Tanto ella como Carlos escuchaban con los ojos muy abiertos y sin pestañear.

—Síndrome de Almacenamiento Masivo de Bolsas Gratuitas. Mañana hablaré con ella, a ver si os pueden diagnosticar y dar alguna ayuda. —Observó a su hija y a su yerno sonreír por primera vez desde que habían llegado—. Venga, ahora a dormir.

Marina y Carlos le dieron las gracias y un beso y fueron a acostarse. María Luisa se puso los guantes y continúo lavando los platos, pensativa.

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