ELIGE EL ROJO

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ELIGE EL ROJO

Santi metió la llave en la cerradura, giró y empujó la puerta. Habrían pasado unos diez años desde la última vez que lo hizo. Hasta ahora se limitaba a tocar el timbre del portal, y para cuando llegaba al descansillo su madre le estaba esperando con una gran sonrisa. Le daba un beso, entraba hasta el salón y saludaba a su padre, quien con independencia del programa que echaran estaba sentado en el sofá viendo la televisión.

Ya no había nadie; el familiar olor penetró por sus fosas nasales y le llegó hasta el corazón, clavándose en él con dolor. Dos semanas antes la muerte le había arrebatado a sus padres por medio de un accidente de tráfico. No era justo. Deberían haber tenido más tiempo, su padre se acababa de jubilar e iban a viajar a Tenerife en verano para celebrarlo.

Se sentó en el sofá, al lado de donde solía hacerlo su padre, y pensó que tampoco era raro sufrir otra injusticia. Su vida estaba llena de ellas. Charo, su mejor amiga y de la que llevaba años enamorado, no daba ninguna señal de querer algo más con él; a pesar de haber estudiado veterinaria arrastraba su cuerpo y su alma hasta la cadena de una fábrica gris seis días a la semana; se apagaba cada noche encerrado en un piso de la ciudad cuyas ventanas daban a un estrecho patio interior, y cada mañana se encendía un poco menos; hacía cinco años que no se hablaba con su hermano mayor y ya ni recordaba por qué, ni siquiera se miraron en el funeral de sus propios padres.

En definitiva, la vida no era justa con él, no tenía ninguna suerte.

Se levantó suspirando, había ido hasta allí con un objetivo y tenía que cumplirlo: vaciar el piso para poder venderlo. Pensó en empezar por el cuarto de sus padres, pero al poner la mano en la manilla se le paró la respiración y los ojos se le humedecieron. Cambió de dirección y entró en el suyo. Estaba como siempre, la cama hecha con el edredón de coches, algunos libros en las estanterías, un corcho repleto de fotos de su adolescencia y una lámpara de mesa. El armario lleno con la ropa de verano y los trajes de fiesta de su madre.

Se acercó a una de las baldas. Sonrió con nostalgia al leer los títulos; “Momo”, “La historia interminable”, “La isla del tesoro”, “Misery”… Un libro rojo y estrecho llamó su atención de manera especial, lo cogió y miró la portada; un chico con una linterna, una mansión y dos perros negros. Sobre ellos el título en letras blancas: “Cazador de fantasmas”. Encima de él y a la izquierda, en letras negras dentro de un círculo amarillo: “Elige tu propia aventura”; y a la derecha: “Tú eres el protagonista de esta historia, elige entre 20 soluciones diferentes”.

Recordaba ese libro, su tío se lo regaló en un cumpleaños, pero nunca lo empezó. Le daba pereza tener que elegir, prefería leer de seguido sin complicaciones. Se sentó en la mesa de su antiguo escritorio y comenzó a leer; en la cuarta página ya le habían matado. Lo lanzó al suelo sin mirar y dejó caer la cabeza sobre sus manos. Si es que no tenía suerte en nada.

Unos minutos después levantó la cabeza, buscó el libro con la mirada y lo encontró delante de la mesilla. Una idea luchaba por abrirse paso entre sus pensamientos. Sentía como cuando en el instituto no entendía un problema de matemáticas y de repente, casi sin pensarlo, la solución aparecía nítida y sencilla en su mente.

Recogió el libro del suelo y volvió a abrirlo; esta vez leyó diez páginas antes de caer por un agujero. Comenzó otra vez; no solo salió vivo sino que resolvió el misterio y se quedó con la chica.

Ahora lo veía claro. No tenía mala suerte ni la vida era injusta con él. El problema estaba dentro de sí mismo y era que no lo intentaba. Se dejaba llevar y culpaba al azar y al destino por tener una vida que no le gustaba. Pero eso se acabó, a partir de ese momento, él elegiría su propia aventura.

Ha pasado un año. Santi pone la mesa en la cocina de su pequeño adosado en un tranquilo barrio de las afueras de la ciudad; lo compró con lo que sacó de vender su piso y la mitad del de sus padres. Charo está preparando el postre, por fin se decidió a contarle lo que sentía. Una pena que ella no le correspondiera, pero siguen siendo muy buenos amigos y Santi se reconcilió con su soledad.

En breve llegarán su hermano Rafa y Carla, su cuñada. Está embarazada de seis meses, tres más y nacerá su primer sobrino. Un whatsapp y un café bastaron para que pusieran fin a una tozudez que duraba demasiado tiempo.

Está deseando sentarse a cenar con ellos y contarles una gran noticia: le van a hacer contrato en la clínica veterinaria en la que lleva diez meses de prácticas.

Coloca los cubiertos y su vista se desvía a la balda de encima de la televisión. Está llena de estrechos libros rojos. Sonríe, él es el protagonista de su historia y ya no tiene miedo a elegir su propia aventura.

Este relato participa en el concurso de Zenda #historiasdelibros.

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