Me caes mal

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ME CAES MAL

Una vez más, los maullidos del gato no la dejaban dormir. Inés no sabía qué le ocurría; tenía agua, comida, tierra limpia y cualquier rincón de la casa como lugar de descanso. «Cojamos un gato, cielo», le dijo su marido. «Así te hará compañía cuando yo esté de viaje». Y al final dijo que sí. Y cómo lo lamentaba. Había roto el sofá y su chaqueta de cuero, y maullaba cada noche hasta las doce o la una de la madrugada.

Sin embargo, ya eran las dos y continuaba. Inés se levantó, intentaría calmarlo, aunque lo que de verdad quería era llevarle de vuelta al albergue de animales.

—Siro, ¿qué ocurre esta vez? —Lo encontró en el salón, arañando la cristalera que daba a la terraza.— ¿Quieres salir? ¿Eso era todo?

Abrió y el gato salió como una exhalación. Decidió  dejar abierto. «Total, ya casi no refresca, y si no, cuando quiera entrar comenzará a hacer ruido como un loco».

Dio media vuelta y no había dado dos zancadas cuando un sonido la detuvo, algo como un bufido, detrás de ella. Se le erizó el vello. «Es Siro, solo es Siro» se dijo. Comenzaba a moverse cuando volvió a oírlo, esa vez más cerca. Se quedó quieta de nuevo, con miedo tanto de avanzar como de girarse. Sintió el corazón sacudiéndose con fuerza, no se atrevía ni a echar el aire.

Intentaba tranquilizarse diciéndose a sí misma que no era nada, cuando volvió a oírlo, demasiado cerca, a la vez que un aliento caliente chocaba contra su cuello. Comenzó a temblar, y cuando consiguió moverse, un dolor intenso la detuvo; bajaba desde la nuca hasta las nalgas. Algo la había desgarrado de arriba abajo. Cayó al suelo y se giró, justo cuando su atacante abría la boca exhalando otra vez ese bufido. Vio unas fauces abiertas con afilados dientes. Se orinó encima. El animal retrocedió e Inés vio que era como un gato muy grande, tal vez un tigre. Observó, sin lograr moverse, cómo levantaba una mano con largas uñas y comenzó a gritar, aterrada. La fiera descargó la garra contra ella, arrancándole medio rostro y seccionándole el cuello. Un chorro de sangre brotó con fuerza. Con el ojo que aún conservaba en la cara, Inés vio a Siro, sentado a escasos dos metros de ella y lamiéndose el lomo. Súbitamente, el animal levantó la cabeza y la observó con los ojos fijos. Inés le devolvió una sombría mirada. Lo último que le cruzó por la mente fue: «Maldito gato, tú también me caes mal».

Reto 20 para Literup – Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.

 

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