El otro parque

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EL OTRO PARQUE (Relato infantil)

—¡Mamá! Me voy, ya estoy listo.

—¿Ya? Cómo me alegro de, por una vez, no tener que pelearme contigo para que no llegues tarde a clase.

Le doy un beso a mamá y salgo corriendo. Menos mal,  no he tenido que contarle que tengo que ir antes para acabar la tarea que no hice ayer.

Paso al lado de Markel y Nahia. Les grito que voy con prisa y no puedo pararme. Aunque lo tengo prohibido, cruzo el parque en lugar de rodearlo por la acera, para no perder tiempo.

De repente me choco con algo y me caigo de culo al suelo. Miro pero no veo nada. Me levanto, doy dos pasos y vuelvo a chocarme. ¡Pero si no hay nada! Extiendo la mano hasta que choca contra algo. Es blando. Me muevo hacia la derecha y hacia la izquierda. Está en todas partes. Es como la pared de un castillo hinchable, pero invisible. Doy seis pasos hacia atrás para coger carrerilla, echo a correr, agacho la cabeza y salto hacia delante. Noto que la pared de plástico o lo que sea se estira mucho y… me caigo al suelo y doy una voltereta sobre mí mismo.

Abro los ojos y miro alrededor. Es el parque, pero no es igual. Todo es de diferente color: la hierba naranja, los bancos azules, el cielo amarillo, los troncos de los árboles morados y las hojas rojas. Parece que lo hubiera pintado Maia, mi hermanita de cuatro años. Me miro las manos y la ropa, yo soy del mismo color que siempre. De repente oigo:

—Un, dos, tres, carabin bon ban. —¡Y los árboles se mueven!  Al callarse la voz, se quedan quietos. Me froto los ojos. Debo de estar alucinando, habrá sido el golpe. Pero enseguida lo escucho otra vez:

—Un, dos, tres, carabin bon ban. —Y los árboles vuelven a dar unos pasos hacia delante. Ahora que me fijo, quien canta es una fuente rosa. Es de esas que tienes que pulsar para beber y sale el chorro hacia arriba, como la de la plaza del barrio. Y también hay ardillas blancas y patos rosas. Uno de ellos se acerca y me pregunta:

—¿Quieres jugar?

—¡Sí! —respondo rápido. Voy a jugar con árboles que se mueven y animales que hablan. ¡Cuando se lo cuente a mis amigas no me van a creer!

Jugamos también a pillar y a otras cosas que no conocía. Todos son muy simpáticos, sobre todo un arbusto que se llama Boj. No se separa de mí y me explica lo que hay que hacer.  Me lo estoy pasando mejor que nunca. Pero entonces aparece un árbol muy alto, más que todos los que están jugando, más que las ventanas de mi casa —y es un segundo piso—,  y dice:

—¡A almorzar! Que ya son las once.

¡Las once! ¡Y no estoy en clase!

—¡Lo siento! —grito— ¡Tengo que irme! —Y salgo corriendo.

—Pero, ¿vendrás otro día? —dice Boj a mis espaldas.

—¡Claro! —contesto sin parar ni volverme.

Corro hacia el sitio donde estaba el muro de plástico todo lo rápido que puedo. Volveré a caerme al pasarlo, pero no me importa. No solo no voy a llegar a tiempo de acabar la tarea, sino que voy a faltar casi toda la mañana a clase. Esta vez la profe manda nota a casa, seguro.

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21 comentarios en “El otro parque

  1. Máximo Disaster dijo:

    Es precioso, Luna. ¿Sabes que eso es exactamente lo que le ocurre a mi hijo? Da lo mismo lo que decida hacer o donde quiera ir: a mitad de camino siempre encuentra un parque lleno de animales, árboles y fuentes parlantes. ¿Y quien puede resistirse a algo así? Me encanta.

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