Una de esas sonrisas

smile-1510181__340

UNA DE ESAS SONRISAS

Era con diferencia el empleado más risueño de la oficina. Cada mañana, aunque fuera lunes, llegaba silbando. Al cruzar la puerta, saludaba con un «hola» y una gran sonrisa, de esas en las que se enseñan todos los dientes y parece que los labios se van a agrietar por la tensión. De esas a las que es imposible no corresponder. A consecuencia de ello, todos le apreciaban.

Por eso a nadie le pasó desapercibido su cambio: primero dejó de silbar y después de sonreír. Mantenía una expresión seria y a menudo se llevaba una mano a la cabeza con rapidez, para rascarse, frotarse o mesarse el cabello.

Los compañeros le preguntaban por la razón de su evidente malestar, pero él les miraba y, con una extraña mueca que pretendía ser una sonrisa —distante de siquiera parecer aquella tan contagiosa que echaban de menos— les contestaba que nada, que estaba bien.

Hablaban entre ellos; preocupados, elucubraban sobre su problema. La mayoría coincidía en que era muy probable que hubiera empezado a perder pelo. Por eso se lo tocaba tanto, y era de sobra conocido lo que se disgustan algunos hombres ante el menor indicio de estar quedándose calvos.

Un miércoles aún no había aparecido diez minutos después de la hora de entrada. Era muy raro ya que nunca había llegado tarde, ni faltado por ningún motivo. Se dijeron que tal vez estuviera haciéndose un injerto de pelo.

A media mañana se encontraban en la máquina tomando café, cuando escucharon un sonido familiar: el silbido. Se miraron los unos a los otros, con los ojos encendidos por la ilusión de que su compañero hubiera superado su problema y vuelto a ser el de siempre.

En efecto, en breve entró por la puerta y, con esa sonrisa que mostraba todos los dientes y estiraba los labios hasta límites insospechados, dijo:

—¡Hola!

Nadie contestó, ni devolvió el saludo. Algún café cayó al suelo, pero no se movieron, no les importó que el líquido les manchara los bajos de los pantalones. Todos, sin excepción, le miraban sin pestañear, narices fruncidas y bocas abiertas. La visión no era para menos: tenía el cuero cabelludo arrancado y ensangrentado, sangre que le escurría por la cara, hecho del que él no parecía percatarse a pesar de que le entraba en los ojos.

—Quiero pediros perdón por mi comportamiento de esta última temporada —dijo sin perder la sonrisa—. Os prometo que a partir de ahora seré de nuevo el de siempre. Me daba mucha vergüenza contaros mi problema, pero lo he solucionado. Ya no volveré a tener piojos.

30 – Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.

Anuncios

25 comentarios en “Una de esas sonrisas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s