Solo una vez

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No paró de correr desde el hospital hasta su casa. Recorrió en cinco minutos el camino para el que en condiciones normales hubiera necesitado casi veinte. Los cristales de los escaparates apenas tenían tiempo para reflejar el paso de un hombre bajo, de pelo rubio y corto, rollizo y vestido con traje gris y camisa.

Entró en su casa y cerró la puerta de un empujón, se sentó en el sofá y miró durante varios minutos la televisión apagada. No recordaba demasiado de la conversación que acababa de mantener con el médico, pero había tres palabras que no le abandonaban: VIH, positivo y SIDA.

Se levantó. Mesaba su cabello y caminaba alrededor del sofá. Se decía que no debía asombrarle, tenía muchas papeletas tras haber pasado diez años de su vida inyectándose heroína. Sobre todo en sus peores y más profundas recaídas, cuando lo hacía en lugares tan oscuros como marginales, compartiendo material y fracaso.

Primero comenzaron a temblarle las manos, después las piernas; una vieja y conocida ansiedad se adueñaba de su cuerpo. Se quitó la chaqueta y subió las mangas de la camisa por encima de los codos. La piel estaba limpia, regenerada. Intentaba concentrarse en eso, pero no conseguía evitar recordar el ímpetu que sentía tras un chute.

Un «NO» resonaba en su cabeza. No podía volver a caer. Perdió demasiado: amigos, trabajos, kilos y dinero. Y casi la libertad, al intentar financiar su adicción del modo que fuera. Malvivió como una sombra escuálida e infecta, despreocupado por completo de sí mismo y de todo a su alrededor. Provocó un sufrimiento incalculable a sus padres; con sus ausencias y con el mal trato que les daba durante sus apariciones.

Le costó mucho pero consiguió salir, tras una ardua lucha contra el síndrome de abstinencia; un largo periodo de vómitos, diarrea, insomnio y dolores musculares.

Y ahora que llevaba limpio cinco años, durante los cuales había recuperado el timón de su vida, no podía volver a dejar entrar al monstruo. O más bien, no debía dejarle despertar, porque sentía que siempre había estado ahí, dentro de él, agazapado en silencio y esperando el momento adecuado.

Por otro lado, se preguntaba qué importaba ya. Su vida estaba vista para sentencia. El pesimismo había difuminado el discurso del médico sobre los avances de la medicina, los antivirales y el aumento de la esperanza de vida.

Además, por una vez no pasaba nada, solo una vez para quitarse el mono y después podría pensar con claridad. Seguro que Charlie, su antiguo camello y ¿amigo? continuaba en el mismo sitio y tendría para pasarle. Cogió la cartera y salió corriendo.

No recordaba que aquel sitio oliera tan mal. Era una mezcla de aire viciado, excrementos humanos y humo. Subió las escaleras de dos en dos; vaciló durante unos segundos al ver un cuerpo tirado en el descansillo, pero lo saltó y continuó.

Tocó el timbre. Escuchó el roce de la mirilla al ser abierta y casi de inmediato un cerrojo al descorrerse. Se abrió la puerta y allí estaba Charlie, con su melena castaña brillante, su piel lisa y luminosa y su sonrisa de galán. Él no consumía, solo vendía.

—Hombre, ha vuelto el hijo pródigo. —Le dio un abrazo. Su alegría parecía sincera.

—Solo hoy. Es algo puntual.

—Claro, hijo. —Su sonrisa se agrandó— Solo hoy… —Señaló una mesa—. Ahí tienes, preparado y todo.

—Vaya, ¿me estabas esperando? —dijo en tono neutro.

Quitó el cordón de uno de sus zapatos y lo ató con fuerza al brazo. Cogió la jeringuilla y hundió la punta en la vena hinchada. Empujó el émbolo. Enseguida una sonrisa dejó a la vista su perfecta y reconstruida dentadura.

Media hora más tarde estaba tumbado en el suelo. No sabía dónde se encontraba. Los brazos y las piernas le pesaban tanto que no podía moverlos. Pero estaba tranquilo; la angustia había desaparecido. Tenía sueño, cerró los ojos y dejó que su mente se fuera oscureciendo mientras, en algún lugar de su cabeza, oía una voz familiar:

Estrellita dónde estás, me pregunto quién serás, en el cielo o en el mar, un diamante de verdad. Estrellita dónde estás, me pregunto quién serás…

 **********************************************************************************

Un coche de policía aparca delante de un chalet de dos pisos, con jardín y piscina. Dos agentes uniformados se apean con rostros serios y se miran delante de la puerta. Uno de ellos hace un gesto con la mano y el otro suspira y toca el timbre.

Abre un hombre, detrás de él una mujer observa y escucha con atención. Cuando oye que su hijo ha muerto permanece inmóvil unos segundos y luego comienza a gritar y a moverse por el salón. Lanza los cojines, adornos y todo lo que tiene al alcance contra el suelo y las paredes, sin dejar de gritar que no puede ser, que ya estaba rehabilitado. No hace caso a su marido quien, con los ojos húmedos y un nudo en la garganta, intenta calmarla.

Sube las escaleras y entra en una habitación juvenil, cuya decoración aparenta no haber sido cambiada desde hace  veinte años. Se tumba en la cama y coge el muñeco que descansa sobre la almohada. Es un conejo de peluche, con los ojos y los dientes de plástico duro, el mismo que cada noche sacaba con suavidad de entre los brazos de su niño, para que no se le clavaran los dientes al moverse.

Lo abraza, recoge las piernas y se balancea sobre sí misma. De su garganta brota, desfigurada por gritos y sollozos, una canción infantil:

Estrellita dónde estás, me pregunto…

Reto 38 para Literup – Documéntate si es preciso para hacer una descripción al detalle de un personaje que sufre una determinada adicción.

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22 comentarios en “Solo una vez

  1. Máximo Disaster dijo:

    Qué te puedo decir, Luna: simplemente impresionante. El leído el texto prácticamente sin respirar y cada vez con el corazón más encogido porque, entre la generación de mi edad, ¿quien no ha vivido de cerca, sino en su propia casa, lo que narras con tal realismo? Un alarde descriptivo, como siempre. Un besazo.

    Le gusta a 2 personas

    • lunapaniagua dijo:

      Mil gracias. Siento no haberle dado un futuro al pobre hombre pero ya llevaba una temporada intentando hacerme la graciosilla y creo que se me da mejor escribir fatalidades…
      Me alegra leer que transmito y espero no haber despertado malos recuerdos…
      Un besote.

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    • lunapaniagua dijo:

      Por suerte no lo he vivido, ni yo ni nadie de mi entorno. Pero sí que le he puesto más ganas (aún) que a otros relatos, porque cuando escribes sobre un tema serio que no conoces hay mucho riesgo de caer en la frivolidad. Así que te imaginarás qué subidón de ego me ha dado tu comentario…
      Muchísimas gracias.

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    • lunapaniagua dijo:

      No lo he vivido de cerca, por suerte, pero sí he estado leyendo sobre el tema, además de por exigencias del reto, porque no quería escribir algo superficial.
      Comentarios como este tuyo recompensan y animan. Muchísimas gracias. Un beso y pasa buen fin de semana 🙂

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  2. Ana Centellas dijo:

    ¡Muy bueno, Luna! Impresionante. Reflejas una realidad que ya creemos olvidada pero que vuelve a estar en auge, cuando la economía no lo permite se vuelve a lo barato. Yo crecí en mi infancia viendo cómo se inyectaban los yonkis, y tu relato me ha dado hasta escalofríos. Besazos.

    Le gusta a 1 persona

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