Venganza

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VENGANZA

Amado llevaba quince años trabajando en aquel lugar, suficientes para que cualquiera perdiera la paciencia ante los diarios menosprecios e insultos. En realidad, quince años se cumplieron el día de la desgracia para los demás y la venganza cumplida para él. Fue un año antes cuando comenzó a prepararlo todo.

Tenía cuarenta años. Su madre quería ponerle Ramón, igual que el abuelo, pero cambió de opinión cuando, tras salir de sus entrañas, vio que su pequeño tenía una malformación en la pierna izquierda. Decidió llamarle Amado para que nunca olvidara que, a pesar de su tara, era querido con locura. 

A los veinticinco años opositó y consiguió una plaza de limpiador en un edificio municipal. Debía pasar varias horas moviéndose, pero no le importaba; aunque cojeaba no sufría dolores. Solo le dolía si intentaba andar sin renquear. Nadie lo sabía, pero cada día daba diez vueltas por el pasillo de su casa aprendiendo a andar bien. Veinte pasos desde la puerta del baño hasta la de la entrada y otros veinte de vuelta. Así diez veces. Ni una más, ni una menos. Consiguió hacerlo bien pero no sin dolor.

La ilusión con que Amado comenzó el trabajo fue mermando a base de encontrarse con un grupo de «compañeros» sin empatía ni educación. Eran en concreto cinco personas, de diferentes puestos, quienes todas las mañanas se juntaban en la máquina de café media hora antes que los demás. En menos de diez minutos ya tenían un cerco de vasos de plástico y colillas a sus pies.

El primer día Amado no dijo nada, ni la primera semana. Pero antes de que terminara su primer mes allí les pidió amablemente que tiraran la basura a la papelera. No les gustó. Contestaron que él no era nadie para decirles lo que tenían que hacer, y no solo continuaron ensuciando, sino que comenzaron a reírse de él y a llamarle «Amado el lisiado». Él apretaba los dientes y aguantaba los agravios en silencio, sospechaba que sería peor si se enfrentaba a ellos. Por suerte podía desahogarse con Miguel, el guarda. Habían trabado muy buena amistad y a menudo se refugiaba con él en su garita. Incluso le vigilaba las cámaras mientras iba al baño, todos los días sin excepción de 6.50 a 7.10 y de 14.00 A 14:20. «Mi intestino es como un reloj suizo» decía, y se reía.

Cuando prohibieron fumar dentro del edificio creyó que terminaría parte del problema, hasta que vio una máquina de café nueva en la calle. Y lo peor llegaba con la lluvia. Se formaba un charco delante de ellos y tiraban dentro las colillas. No soportaba tener que limpiar eso.  Le repugnaban los cigarros mojados y ese agua sucia que quedaba. Además, se le manchaba la escoba y también tenía que lavarla.

Por eso, doce meses antes del fatídico día para ellos, maravilloso para él, compró nitroglicerina mezclada con aluminio para estabilizarla en Kimikal.com. Se asombró de lo fácil que resultó conseguir un compuesto así; era verdad eso de que con internet no había nada imposible (siempre que pudieras pagarlo, por supuesto). Lo guardó en la despensa.

Dos meses antes del gran día consiguió que el médico le diera la baja aduciendo dolores en la pierna y en la espalda. Y la misma mañana, temprano y tras una noche lluviosa, se acercó caminando al edificio. Antes de girar en la última esquina se puso una barba postiza y la capucha de la sudadera negra que llevaba. La estiró para que la sombra escondiera la parte de su cara que quedaba a la vista. Avanzó hasta el semáforo y allí paró. Sabía, porque lo había visto infinitas veces mientras estaba con Miguel, que las cámaras de seguridad alcanzaban hasta la mitad del paso de cebra.

Miró el reloj: las 6:59. Era el momento. Cogió aire. La máquina de café estaba a unos trescientos cincuenta pasos. Podía hacerlo. Se irguió y comenzó a andar con la cabeza agachada y sin cojear. Llegó hasta la máquina y sacó del bolsillo el bote de nitroglicerina. Lo vació en el charco, dio media vuelta y desanduvo el camino, apretando los dientes en un vano intento de minimizar el dolor que le recorría el lado izquierdo, desde el tobillo hasta la cintura. Cruzó la carretera, se detuvo y miró hacia todos los lados, incluidas las ventanas de los edificios. No había nadie que pudiera reparar en él. Recuperó su andar renqueante y volvió a casa lo más rápido que pudo.

Le hubiera gustado quedarse a mirar, a una distancia prudencial; estar allí cuando tiraran la primera colilla al charco. Pero podría ser reconocido y no quería levantar sospechas. En lugar de eso comprobó constantemente las redes sociales, seguro de que serían más rápidas que las noticias. Acertó. A las 9:45 empezó el espectáculo. Había habido una explosión en la puerta de un edificio. Los testigos no escatimaron en imágenes ni en falta de escrúpulos. Pudo observar fotos y vídeos de sus «colegas» en llamas y desmembrados. Brazos y piernas humeantes y desamparados. Incluso le pareció ver una cabeza, no pudo distinguir de quién porque estaba bocabajo y tenía el cabello chamuscado.

Recordó eso que decían, que la venganza se sirve en plato frío. Sonrió. A él la suya le parecía muy, pero que muy caliente.

Reto 43 para Literup – Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.

31 comentarios en “Venganza

  1. inspectordisaster dijo:

    Chulísimo, Luna: me ha encantado el desarrollo de la trama y, aún presintiendo que lo que va a ocurrir no será «nada bueno» consigues, como siempre, darle ese toque final tan particular. Me ha gustado sobre todo la sensación de cotidianeidad (veo que también le llama la atención a Tony), esa que te hace pensar (y temer) que, llegado el caso, y si se pulsan los sentimientos adecuados, cualquiera podemos convertirnos en un Amado… Un beso, guapa.

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  2. palmeiralibre dijo:

    Y bien que te has trabajado personaje y coartada… ¡Un relato impresionante!. Mejor llevado, ¡Imposible! Conocí a una chica con un problema similar al de Amado. Pero a ésta el amor propio la llevó por otros derroteros: en sus pocos ratos libres y robándole horas al sueño sacó la carrera de Derecho por la UNED con un magnífico expediente. Algunos de sus antiguos maltratadores acabaron recurriendo a ella.
    Un abrazo y sigue deleitándonos con tus relatos.

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    • lunapaniagua dijo:

      ¡Muchas gracias! Me gusta más la solución de tu conocida. Hace falta inteligencia, fuerza de voluntad y constancia, toda una luchadora y un ejemplo.
      Aunque Amado se quedó bien a gusto, todo hay que decirlo…
      Otra vez, gracias. Un fuerte abrazo.

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  3. carlos dijo:

    Reto cumplido Luna, espero que no se le haya escapado ninguno.
    Me parece que el primer párrafo queda como desconectado del resto del relato, quizás sea que anticipa demasiado sin aclarar mucho. A ver si me explico:
    Amado llevaba quince años sufriendo menosprecios e insultos. En realidad, se cumplirían en la fecha del atentado. Durante los siguientes 365 días planificaría los detalles, vigilaría sus movimientos y ataría los cabos sueltos. O algo así.
    ¡Mira que soy meticón! . Un besazo.

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  4. @lidiacastro79 dijo:

    Oh, my god!! Qué fuerte, qué fuerte!! De tan fuerte que es… Me encanta!!! jajajajaa Comparto con amado la misma aversión por el tabaco, aunque eso la nitroglicerina… jajajaja qué fuerte!!
    Un relato muy bien hilvanado, dando sentido a sus entrenamientos en casa, a los momentos «all bran» del guarda, etc. Excelente.
    Un beso, Luna. Buen finde! 🙂

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  5. whatgoesaround dijo:

    Magnífico, me ha encantado y coincido con los otros comentaristas: Muy bien trabajado el personaje, su psicología, motivos, coartada, etc. Ya al aparecer la palabra nitroglicerina se me dibujó una sonrisa gigantesca en la cara, como podrás imaginar. Jajaja, bravo por Amado aunque suene mal, todos tenemos ese impulso vengativo ante las injusticias. Aunque te diré, jajaja, quizá te haga gracia, que se me pasó por la cabeza que el infame quinteto pudiera tomarse algunos cortaditos de nitroglicerina. Muy complicado, claro, era más fácil lo del charco.

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    • lunapaniagua dijo:

      Ja, ja, creo que podemos ser «malos» con la ficción, ya guardaremos nuestros instintos asesinos en la vida real.
      La nitroglicerina se usa en algunos medicamentos (me documenté un poco) así que no sé qué pasaría al beberla… Hubiera sido más complicado, sí, tal vez echándola a la máquina, pero Amado solo quería hacer daño a los que se lo hacían a él. Por suerte no pasaba nadie cerca cuando explotaron, je, je.
      ¡Muchas gracias otra vez!

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