¿Quién eres?

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¿QUIÉN ERES?

—¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto?

Ania preguntaba lo mismo cada vez que el portillo se abría y alguien dejaba comida dentro del cuarto en que se encontraba. No recibía respuesta. Solo le habló dos veces: una, para ordenarle que se callara, tras despertarse en aquel lugar, desorientada y asustada, y comenzar a gritar; la otra, para decirle que comiera, ya que en un principio no probaba nada de lo que daba. No prestó atención a aquella voz masculina, rasposa y con un acento indeterminado.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Desde que llegó había estado sumida en la oscuridad, pero tras varias vueltas palpando las paredes se había hecho una idea del lugar: el cuarto estaba vacío, sin ningún tipo de mueble ni aparato, ni siquiera un cubo donde poder hacer sus necesidades. Tres paredes eran roca natural, con un tacto viscoso que le repugnaba. La cuarta era artificial, de ladrillos y cemento. En esa estaba la puerta, de metal, con un postigo a ras del suelo, por donde quien quiera que fuese introducía comida, sin recipiente. De un punto del techo caían con lentitud y constancia gotas de agua; el único líquido del que Ania disponía para beber.

Al principio gritaba y pateaba a su alrededor hasta que caía rendida. Una vez recuperadas las fuerzas comenzaba de nuevo. Más tarde descargaba su desesperación solo hacia la puerta. Después se reservaba para cuando el portillo se abría. Incluso intentó agarrar el brazo que introducía la comida. Lo consiguió. Sin embargo, el dueño tiró hacia arriba y dislocó el brazo de Ania, lo que le causó un agudo y constante dolor y acabó con la poca fortaleza que la mantenía en pie.

Poco a poco se dejó ir, rendida. Se sentó apoyada en la pared, ya no le repulsaba su tacto, con el brazo herido en el regazo y las rodillas dobladas. La humedad le producía un frío y unos temblores constantes. No reaccionaba cuando recibía los víveres. Tal vez volviera a oír aquella voz, o tal vez fuera su imaginación. En algún momento dejó de tiritar, ya no tenía frío, y comenzó a sentirse bien. Incluso el dolor del brazo desapareció. Su cuerpo se deslizó hacia el suelo y, un momento después de que su cabeza lo tocara, se extinguió el último rayo de consciencia.

Despertó con lentitud, tenía la sensación de haber soñado mucho y nada bueno. Un pinchazo en el brazo le hizo recordar. Quiso gritar. No pudo. Intentó moverse, no lo consiguió. Aguardó, mientras procuraba captar cualquier estímulo a su alrededor. El golpeo de su corazón le indicó que estaba viva. Apreciaba luz a través de los párpados cerrados. Un olor desinfectante se colaba por sus fosas nasales. Escuchaba ruidos de máquinas, pisadas, conversaciones. No cabía duda: se encontraba en un hospital. La habían sacado de aquel odioso lugar, estaba salvada. No logró una sonrisa que demostrara su alegría. Nada en su cuerpo respondía a sus deseos.

De nuevo perdió la noción del tiempo, el cual se le hacía interminable. Aquello se le antojaba otro tipo de encierro. Además del brazo le dolían más partes del cuerpo, sobre todo la espalda. A veces tenía frío, otras calor; también miedo, y no podía expresar ninguno de esos sentimientos. La esperanza de recuperarse se fue difuminando. Tal vez agradeció sentir aquella presión sobre su cara, causada por —casi seguro— una almohada. Quizá no se asustó al reconocer, mientras se dejaba ir sin ofrecer oposición, aquella voz masculina y rasposa que en esa ocasión no fingió ningún acento:

—Hola, soy yo.

Relato para el taller de Literautas de julio. Requisito: que incluya la frase «el cuarto estaba vacío». Reto opcional: que comience con una pregunta y la última frase sea la respuesta.

 

41 comentarios en “¿Quién eres?

  1. magdalena dijo:

    Suele decirse que hay que ser «paciente como un enfermo y confiado como un convaleciente» pero en este caso, querida Luna, ni paciente ni confiado. ¡Qué amargura, la de esa situación!.
    La mayoría de las personas somos como los alfileres: nuestras cabezas no son lo más importante, pero la tuya, hija mía…
    Gracias por regalarnos momentos tan emocionantes.
    Besiños palmeiráns.

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  2. whatgoesaround dijo:

    Estremecedor, muy inquietante y a la vez absolutamente intrigante, por el final incierto o no especificado. O al menos así lo he sentido y percibido, a no ser que se me haya escapado algo fundamental. A ver, dos cosas: la descripción del habitáculo —tres paredes de roca natural y lo demás— me ha recordado totalmente la película El Silencio de los Corderos. La segunda, a mí me ha dado la impresión, o es una posible interpretación, que al despertarse aparentemente en un hospital —olor de desinfectante…— en realidad le iban a extirpar bastantes órganos de manera ilegal, que por eso es por lo que la habían secuestrado. Y que nos ibas a sorprender haciéndonos creer por un momento que la habían rescatado y la estaban curando. Al final da casi a entender que el misterioso raptor la ahoga con una almohada… Es angustioso y da bastante pena que se rinda totalmente…
    También me llama la atención, por cierto, que no hayas querido «cerrar» el relato o concretar más de qué iba toda esta pesadilla…

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    • lunapaniagua dijo:

      No pensé en El silencio de los corderos, pero no puedo negar que tal vez mi subconsciente lo haya hecho… he visto más de una vez esa película.
      Quería centrar el relato en lo que siente la protagonista, por eso no he dado más detalles de los que ella pudiera saber, tampoco ella sabía por qué estaba allí ni quien la llevó y quería transmitirlo.
      Solo al final ella reconoce la voz de su captor y asesino (no hay trampa esta vez…), sin embargo, se lleva el secreto a la tumba -literal- y por eso no cuento quién es. Nadie lo sabe, ya solo el mismo…
      No sé si me explico…
      Me alegra que te haya transmitido todo eso que comentas, ¡gracias!

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  3. palmeiralibre dijo:

    Hola, soy yo:
    Después de la enconada pelea que día tras día me traía con el condenado ordenador portátil, sin lograr entrar siquiera en mi blog -si alguna vez atinaba, lo que escribía se esfumaba como por arte de ensalmo- me siento más que identificada con tu personaje: si ella se sentía encerrada entre pringosas paredes, yo comenzaba a creer que se me cerraban todas las ventanas que dan acceso a tan intensas historias. Menos mal que ha llegado mi nieto a liberarme este encierro mental.
    El caso es que estoy de nuevo aquí, con muchas ganas de recuperar lo perdido, y veo que tus relatos continúan sin perder atractivo, a pesar del calor reinante.
    Un abrazo grandote desde la lejanía, porque no está la temperatura como para prodigar efusivos abrazos cuerpo a cuerpo.

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