¿Cómo nos ven?

Dibujo infantilMadres, padres o quienes tenéis interacción habitual con niños: ¿alguna vez os preguntáis cómo nos ven

Yo no, la verdad, pero si lo hiciera, hasta hace no mucho tiempo me habría respondido que mis hijos me ven vieja. Sí, por mucho que los cuarenta sean los nuevos treinta, con treinta años, para un niño, ya eres vieja. También diría que para ellos soy un ogro, al fin y al cabo, me paso el día regañándolos por moverse mientras comen, por chillar, por pasearse por la casa sin limpiarse las manos, por no vestirse cuando les digo que se vistan, por no recoger sus juguetes, por pelearse entre ellos… Ya os hacéis una idea, paro para no eternizarme.

El caso es que hace unos días andaban los dos pequeños llamando mi atención constantemente, y yo dándoles largas y pidiéndoles, sin éxito, que tuvieran paciencia para esperar a que terminara mis quehaceres. Entonces, el mediano, de seis años, me trae los dos dibujos que acompañan a esta entrada. Enseguida me llamaron la atención el detalle con que los había hecho y las sonrisas maravillosas que me había dibujado, aunque estaba haciendo dos actividades que no me agradan en absoluto: lidiar con el dichoso pulgón de las rosas y barrer la cocina. Después de lo bonitos que son y lo que me gustan, le digo:

—Qué contenta me has pintado.

—Sí, porque tú casi siempre estás contenta —responde, para mi asombro.

—Ah, ¿y por qué crees que casi siempre estoy contenta? 

—Porque estamos contigo.

—Y nos quieres mucho —oigo en la vocecita de la pequeña, de cuatro años.

En ese momento me di cuenta de que, de alguna manera, les he transmitido la esencia de mis sentimientos hacia ellos. Me sentí… buena madre, a pesar de los pantalones remendados de cualquier manera a última hora, porque no he tenido ganas de hacerlo antes y no tienen otros limpios (antes o después les pondré un parche estupendo, que conste), de la ropa sin planchar y las camas medio arregladas al acostarlos (estas dos sin intención de enmienda). Y es que, a pesar de que no les pongo macarrones con tomate y pizza todos los días y los obligo a terminarse el pescado, aunque ya se hayan comido toda la mayonesa; a pesar de que no les dejo llevar el patinete con precipitaciones de 100 milímetros por hora ni el traje de la Real con una temperatura ambiente de 2 grados centígrados; a pesar de que no les permito ver la televisión después de cenar, y de muchas otras cosas, no me ven como un ser cruel y coetáneo con el megalodon. No, para ellos soy una persona que los quiere y está feliz por estar con ellos. 

Lo cierto es que, después de que me dijeran eso, me puse a analizar los momentos en los que no los puedo atender como esperan y merecen, y me di cuenta de que entre mis «esperad a que termine de recoger», «no salgáis a la terraza que hace frío, ya mismo entro», «ahora callados que tengo que hablar por teléfono», «un momento que termine de leer esto», «mando un correo y lo hacemos», etc., hay momentos de complicidad, de risas, de bromas, de mimos… en los que la culpabilidad no me deja reparar, pero que sin embargo ellos parece que sí valoran. Supongo que debería sacar alguna moraleja como que tendría que ser menos exigente conmigo misma, fijarme más en mis propias sonrisas, apreciar las pequeñas cosas o algo de eso, pero solo puedo pensar en lo bien que me he sentido.

No me quedo a gusto del todo, esto es una reflexión y ha de terminar con una conclusión trascendente, así que diré que esta experiencia me ha servido para darme cuenta de que los pantalones pueden estar otra temporada con ese remiendo cutre; de hecho, se pueden quedar así definitivamente. Si, total, en nada se les quedan pequeños.

Dibujo infantil

24 comentarios en “¿Cómo nos ven?

  1. evavill dijo:

    Me ha encantado!!
    En tu casa hay amor y eso es lo que notan los niños.
    Los dibujos son geniales, me han dado mucha ternura.
    ¿Sabes cuál era uno de los juegos preferidos de mis hijos de pequeños? “Vieja Bruja”, una especie de pilla- pilla, escondite. Adivina quién era Vieja Bruja 😉
    A seguir así, sin coser bien los pantalones.
    Besos

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  2. Raúl dijo:

    Yo no tenía ninguna duda de que eres la mejor madre, con esta entrada y estas palabras tan bonitas queda confirmado. Los dibujos de tus niños son maravillosos. A mí me dibujaron el otro día tal como soy, es decir, con algún pelo que otro en la cabeza y no veas los ojos verdes que me pusieron, jajaja. Un abrazo, Luna.

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  3. carlos dijo:

    Creo que a pesar de todos los fallos que cometemos o cometimos, de ellos hemos aprendido que es más importante dedicarnos a disfrutar con ellos este tiempo, que ahora ignoro dónde se ha ido, que mantener limpios los cristales. Un besazo.
    ¡Jolín no imaginas como se los echa de menos!

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  4. Máximo Disaster dijo:

    Voy a hacer mío el comentario de note (seguro que no le importa :-)): “Es la entrada más bonita que he leído nuncacajamásdelosjamases”. Como madre-trabajadora de hogar monoparental que se ha pasado la vida sufriendo por la sensación de no dedicar a sus hijos el tiempo suficiente, o de hacerlo todo corriendo para conseguir que se acuesten cuanto antes y poder terminar una traducción urgente que he dejado a medias, o de ser un disco rayado con el “haz esto y lo otro”… bueno, pues me he emocionado. Me encantaría que esta reflexión llegase a tantas y tantas madres que, a pesar de todos los empoderamientos y nuestros pequeños y grandes avances como mujeres, se acuestan con ese pensamiento, más agotador que el propio cansancio, de no ser buenas madres. Ayer tuve una de esas jornadas de “solo mujeres” que de tanto en tanto hago con mis hijas, ambas ahora profesionales y una de ellas madre por partida doble (es el momento que más disfruto del mundo), en los que, en torno a una botellita vino recordamos nuestro pasado común y abrimos nuestras almas. Cuando hablaban entre ellas de su niñez y de cómo veían a su madre (o sea, esta servidora, que se mantenía callada flipando emocionada) sentí algo que creo debe ser muy parecido a lo que sentiste tú al ver el dibujo de te han hecho tus niños: un reconfortante calorcito en el corazón (y no, no era el vino :-)) y por un momento me ví como una madre con palabras mayúsculas, aunque en más de una ocasión las dos fuesen al cole con los leotardos remendados ¡con una grapadora!, porque como bien dices, ¿qué importan unos leotardos si en nada se quedan pequeños? Lo que sí les acompañará toda la vida es la seguridad que aporta el saber tienes y siempre tendrás el cariño incondicional de tu madre (o tu padre). Un beso, Luna, y gracias por estas preciosas reflexiones.

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    • Luna Paniagua dijo:

      Eso es exactamente lo que yo sentí, y la conclusión que quería transmitir con esta reflexión.
      Eres una gran madre y una gran abuela, tus hijas lo saben, y todos los que te conocemos lo sabemos. 🙂
      ¡Muchas gracias! Un abrazo enorme

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  5. laacantha dijo:

    Un texto precioso !!!
    Di a luz a mi hija siendo muy mayor y de pequeña ella de vez en cuando se quejaba diciendo que las madres de sus compañeros del cole son muy jovenes y yo no tanto. Creo que eso jugó un gran papel en mi desarrollo personal jajajaja… Ahora ella tiene 30 años y todas sus compañeros le dicen que tiene la madre muy joven.
    Es que el proceso de educación es mutuo, creo que aprendemos más de ellos que ellos de nosotras…jajajaj.
    Un abrazo

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  6. magdalena dijo:

    A mí no me extraña que los niños te vean de esa manera, querida Luna, porque además de guapa eres inteligente y cariñosa. Solo he estado contigo unas horitas y tengo la sensación de conocerte de toda la vida.
    Me has emocionado con tu relato. ¡¡ Precioso de verdad !!
    Moitos biquiños palmeiráns

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  7. palmeiralibre dijo:

    Como habrás observado, querida Luna, llevo un tiempo sin aparecer por de la red.
    Pero hoy Magdalena me comentó por wassap la aparición de tu preciosa entrada y no he podido evitar entrar a leerla.
    Verás: el otro día me regalaron una escalera francamente segura y lo primero que se me ocurrió fue indagar sobre las cosas que guardaba en los maleteros. En uno estaba una enorme maleta en la que guardo las cartas que nos enviábamos mi marido y yo desde que nos conocimos hasta su muerte. Siempre estuvieron conmigo y nunca fui capaz de volver a leerlas. Hasta hace unos días… Son más de 2000 y lo primero que se me ocurrió, a la vista de tantos destinos, fue ordenarlas por direcciones y, después -al ir leyéndolas-, por fechas, puesto que los sobres carecen de sellos. (Recuerdo haberlos regalado a una institución benéfica que los recogía con algún fin).
    ¿Por qué te cuento esto? Porque entre esas cartas las hay de mis hijos e hijas muy pequeños -dibujos incluidos- a su padre, en las que hacen alusión a la figura materna sin que esta salga mal parada. También puedo asegurar que recordar es vivir de nuevo y aun los momentos más duros los percibes desde otra perspectiva más confortadora. De verdad que son cartas entrañables que me hacen sentir la nostalgia de que mi marido no disfrute conmigo el legado tan maravilloso que me dejó: nuestros hijos.
    Lo demás lo dice Magdalena por mí: yo también tuve su misma impresión desde el momento en que te conocí.
    Un gran abrazo.

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    • Luna Paniagua dijo:

      Vaya comentario, Carmen, da para una entrada, cuentas tantas cosas tan bonitas y con tanta emoción… y tristes también, claro, por la pérdida de tu marido.
      No tengo duda de que eres una madre una madre y una persona inmejorable. Y eso se va reflejando en las siguientes generaciones, como sé muy bien porque conozco a una de tus hijas, a una de tus nietas y a una de tus biznietas.
      Muchas gracias, y un besazo enorme

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