Elena y el edificio abandonado

La estaca clavada

Nadie con un mínimo de prudencia entraría en aquel edificio abandonado; por eso solo la pequeña Elena lo visitaba. Ella no tenía prudencia, pero sabía leer esa palabra, aunque le costaba pronunciarla. Tampoco tenía un hogar de verdad: su numerosa familia compartía una chabola y a nadie parecía importarle que la niña desapareciera, mucho menos a dónde iba.

Así que Elena, cada día, entraba por una ventana rota de la parte de atrás. Recorría los pasillos fijándose en las estanterías llenas de polvo y de libros, elegía uno y lo leía. Le gustaban todos los que contaban historias inventadas; se imaginaba la protagonista y siempre le parecían mejores que su vida de verdad.

Nadie la molestaba nunca y ella sabía bien por qué: la gente del pueblo tenía miedo de aquel lugar. Decían que pasaban cosas raras, que se escuchaban ruidos de sillas arrastrándose, que los libros salían disparados de las estanterías, que se encendían y apagaban luces y que un fantasma muy peligroso vivía dentro.

Elena callaba cada vez que escuchaba todo eso. Mejor que no supieran que era mentira, si no, perderían el miedo a entrar y ella ya no podría ir. Bueno, una cosa era verdad: había un fantasma. Pero no era nada peligroso, era tan amable que solo ponía una norma —bastante rara, por cierto—: una vez que se cogía un libro, no se podía volver a dejarlo en la estantería. Y, además, él le había enseñado a leer a Elena; gracias a eso ella había leído encima de la puerta, por la que nunca entraba porque estaba cerrada con una cadena, que aquel edificio era la BIB IO ECA PÚ LICA.

Con este microrrelato me uno a la iniciativa de los chicos del Otro Mundo para celebrar el Día de las Bibliotecas.

Imagen de Carlos, de La estaca clavada y La estaca clavada 2.0.

30 comentarios en “Elena y el edificio abandonado

  1. lascronicasdelotromundo dijo:

    En la biblioteca buena del hermano bueno de Elche también hay un fantasma, aunque no tenemos noticia de que esté empleado en Alfabetización Informacional. Por lo menos, en el planning no consta, pero vete tú a saber. Sea como fuere, Elena ha tenido mucha suerte con el espectro que le ha tocado y con la autora que la ha creado, que la ha metido en una BIB IO ECA PÚ LICA para que su infancia pueda ser más feliz.
    Lo dicho, muchas gracias por la aportación para la jornada bibliotecaria feliz (extensible a Carlos por su foto complementaria, claro).

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      • lascronicasdelotromundo dijo:

        Pues supongo que te tendré contenta, para qué iba a tenerte triste… Mira, he llegado hace un rato de la biblioteca del hermano pelao del barrio más pelao, que es donde me ha tocado hoy, y se ve que me ha contagiado su fatalismo en varios aspectos. Nada, que hoy no doy una…
        Mis disculpas, ahora me voy a llorar un rato hasta que se me pase.

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        • Luna Paniagua dijo:

          Claro, ahora a hacerte la víctima para dar pena… Vale, te funciona 😦
          Es lo de no volver a poner los libros en las estanterías (porque todos sabemos que el 99,9 % de usuarios que creemos dejarlos en el mismo sitio del que lo cogimos, en realidad no lo hacemos)

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        • lascronicasdelotromundo dijo:

          Ostras, pues con lo espeso que tengo yo el cerebelo, como para atesorar ese guiño como dedicado… Al final tenemos todos razón con que doy pena. ¿O era que soy una víctima?
          Pero hablando de todo un poco, pues sí: la estantería de Infantil Azul (para los más pequeños, vamos) tras una tarde de gran afluencia es la definición visual del caos eterno, la estampa que demuestra que nada tiene sentido, el epítome de la anarquía literaria, y, contra eso, ni sucursala ni sucursalo. ‘Infantil Azul es Vietnam’, decimos de vez en cuando.
          Aún así, resulta una inmensa alegría retomar la obligación de reclamar silencio en la biblioteca, ¡qué duda cabe!

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  2. Máximo Disaster dijo:

    Tan delicado como todo lo que escribes, Luna. Después de leer tu relato, he recordado aquellos años adolescentes en los que un grupo de amigos nos dedicábamos a buscar «casas embrujadas», caserones vetustos a medio derruir, que visitábamos por la noche (siempre con luna llena) para que la experiencia fuese más terrorífica. Lo mejor era cuando la casa guardaba recuerdos -una cama desvencijada, ropa descolorida, alguna muñeca tuerta o, como en una de ellas, unos cuantos libros desparramados por el suelo. Ahoritita mismo tengo en mis manos uno de ellos (que he buscado veloz después de leerte): «Flora, la educación de una niña», de 1926. El contenido es, desde el punto de vista educativo y de género, como para poner los pelos de punta, pero está preciosamente ilustrado a todo color, con ese tipo de ilustraciones que parecen hechas a mano, y entre sus páginas hay multitud de florecillas secas y dibujos de mapas calcados sobre papel cebolla. Para alguien con la imaginación un poquito desbocada (como es el caso de esta servidora), ¡este libro es una mina! Un besote y perdón por los rollos patateros que te meto, ¡pero tú tienes un poquito de culpa por darnos pie para ello! 🙂

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    • Luna Paniagua dijo:

      Me encanta, nada de rollo. Te imaginarás que ahora necesito ver ese libro, ¿verdad?
      Bueno, me encantan tus comentarios en general, si algún día escribes tu biografía será una trilogía por lo menos, con tantos momentos interesantes, je, je.
      ¡Muchas gracias! ¡Besotes!

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