Lídia Castro Navàs *1

PRESENTACIÓN

LídiaOs presento a mi nueva autora adoptada: Lídia Castro Navàs. Nació en un pueblo de Cataluña, Flix, en 1979. Licenciada en Historia y especializada en Historia Antigua y Género, desde hace seis años imparte clases de Ciencias Sociales, y Lengua Castellana y Literatura de ESO en un centro concertado de Tarragona. Ser profesora es su vocación y disfruta mucho dando clase.

Seguir leyendo

Anuncios

La otra opción

right-2620946__340

LA OTRA OPCIÓN

Esta noche voy a comerme el mundo. Soy joven y hoy me veo especialmente bien. Me encanta este sitio, ponen una música genial, estoy con mis amigas y además hay un montón de gente simpática que parece que conozco de toda la vida. Tengo tanta energía que quiero hacerlo todo a la vez: bailar, cantar, hablar… No importa, hay tiempo para todo porque no tengo ni una pizca de sueño. Hacía tiempo que no me sentía tan viva. ¡Y estuve a punto de quedarme en casa! Menos mal que al final me animé.

Seguir leyendo

Adela

family-2609525__340

ADELA

Era más que un simple robot aspirador; mientras absorbía pelusas y polvo se podían oír coplas, un recopilatorio de Serrat o la radio. Fue el último regalo que Cosme le hizo a Adela. Desde que se mudó, ya jubilada, a un piso en un pequeño pueblo, Cosme no había escatimado en atenciones hacia ella. Vivían puerta con puerta y no pasaba un día sin que se vieran.

A Adela le gustaba aquel hombre de mirada tierna, voz suave y mente ingeniosa, pero no en sentido romántico. La primera vez que apareció con un regalo, un microondas reconvertido a pecera, lo rechazó para no darle falsas esperanzas, pero Cosme se disgustó tanto que al final lo aceptó. Dejó claro que no podía ofrecerle más que una amistad, y él contestó que a esas alturas con una buena compañía se conformaba.

A menudo paseaban, tomaban un café o iban al cine. Hasta que un día no le contestó al timbre. Adela recordó que tenía que hacer algún recado, aunque era raro que no hubiera vuelto a esas horas.

A la mañana siguiente se le cortó la respiración al ver una esquela con el nombre de su amigo en el portal. Tuvo que leerlo varias veces para convencerse. Comprobó asombrada que tenía una hermana. Cosme nunca le comentó que tuviera familia y dio por hecho que estaba solo como ella, a su edad no era raro si no se había tenido hijos.

Esa tarde fue al velatorio, nerviosa, ya que nadie iba a conocerla. Deseaba saber qué había ocurrido, y despedirse de aquel hombre que tan amable había sido con ella. Solo acompañaba al difunto una mujer. Adela saludó y explicó quién era; ella se presentó como Mariana, la hermana. Le pareció diferente a Cosme por completo, tanto en el físico como en la personalidad: a pesar de los ojos llorosos se adivinaba un fuerte carácter.

Le contó que le dio un infarto mientras iba en el autobús a la ciudad, seguramente a comprar material para sus «inventos inútiles». Cuando Adela le dijo que ella tenía varios en casa y no solo eran útiles sino divertidos, Mariana se dejó caer en una silla y comenzó a llorar. Entre sollozos explicó que hacía años que no hablaban, perdieron el contacto un día que le llamó loco y le dijo que no servía para nada y que debía buscar un trabajo serio. Y también —se intensificó su llanto— que no le extrañaba que estuviera solo. Se arrepentía tanto que le dolía el alma. Además, ella también estaba sola, ninguno de los dos se había casado y en lugar de estar juntos habían dejado pasar la vida sin saber nada el uno del otro. «Tú no eres de la familia» le dijo a Adela, «y sin embargo lo conoces mucho mejor que yo».

Adela intentó consolarla y para animarla se ofreció a ayudarle a recoger la casa de Cosme, y mientras tanto le hablaría de él. Así lo hicieron y comprobaron con agrado que congeniaban. Comenzaron a quedar también para pasear o tomar algo. Hablaban durante horas, y Adela se sentía cada vez más a gusto en su compañía. Mariana tenía una personalidad arrolladora que le hacía desear estar siempre junto a ella y sonreír en cuanto la veía.

Una tarde de otoño Mariana apareció en su casa con una película: La vida de Adele. Dijo que le pareció gracioso porque casi era su nombre. Se sentaron en el sofá para verla. Adela siguió la historia con la boca abierta y el cuerpo en tensión. Aquella joven descubre que lo que se supone que debe sentir por un hombre lo siente por una mujer. A medida que pasaban las escenas Adela comprendía. Entendía por qué renunció a casarse con Paquito en el último momento, por qué nunca tuvo un noviazgo duradero y por qué los pocos intentos de tener una relación más íntima habían fracasado.

Cuando acabó la película Mariana le posó con suavidad una mano sobre la suya, la miraba con los ojos fijos y expectantes. Y Adela entendió por qué, aunque lo deseaba, no pudo enamorarse de Cosme, pero se despertaba sudorosa pensando en Mariana y no podía volverse a dormir, nerviosa porque llegara una hora decente para llamarla por teléfono y oír su voz.

Y entonces Mariana la besó. Azorada como una adolescente, vio acercarse sus labios y los recibió con un leve temblor. Cerró los ojos y se dejó llevar.

Relato para el taller de escritura de Literautas de octubre.

Propuesta: debe comenzar por «Era más que un simple robot» y no tener más de 750 palabras.

Reto opcional: que el texto cuente una historia de amor.

Venganza

cigarette-2456476__340

VENGANZA

Amado llevaba quince años trabajando en aquel lugar, suficientes para que cualquiera perdiera la paciencia ante los diarios menosprecios e insultos. En realidad, quince años se cumplieron el día de la desgracia para los demás y la venganza cumplida para él. Fue un año antes cuando comenzó a prepararlo todo.

Tenía cuarenta años. Su madre quería ponerle Ramón, igual que el abuelo, pero cambió de opinión cuando, tras salir de sus entrañas, vio que su pequeño tenía una malformación en la pierna izquierda. Decidió llamarle Amado para que nunca olvidara que, a pesar de su tara, era querido con locura. 

A los veinticinco años opositó y consiguió una plaza de limpiador en un edificio municipal. Debía pasar varias horas moviéndose, pero no le importaba; aunque cojeaba no sufría dolores. Solo le dolía si intentaba andar sin renquear. Nadie lo sabía, pero cada día daba diez vueltas por el pasillo de su casa aprendiendo a andar bien. Veinte pasos desde la puerta del baño hasta la de la entrada y otros veinte de vuelta. Así diez veces. Ni una más, ni una menos. Consiguió hacerlo bien pero no sin dolor.

La ilusión con que Amado comenzó el trabajo fue mermando a base de encontrarse con un grupo de «compañeros» sin empatía ni educación. Eran en concreto cinco personas, de diferentes puestos, quienes todas las mañanas se juntaban en la máquina de café media hora antes que los demás. En menos de diez minutos ya tenían un cerco de vasos de plástico y colillas a sus pies.

El primer día Amado no dijo nada, ni la primera semana. Pero antes de que terminara su primer mes allí les pidió amablemente que tiraran la basura a la papelera. No les gustó. Contestaron que él no era nadie para decirles lo que tenían que hacer, y no solo continuaron ensuciando, sino que comenzaron a reírse de él y a llamarle «Amado el lisiado». Él apretaba los dientes y aguantaba los agravios en silencio, sospechaba que sería peor si se enfrentaba a ellos. Por suerte podía desahogarse con Miguel, el guarda. Habían trabado muy buena amistad y a menudo se refugiaba con él en su garita. Incluso le vigilaba las cámaras mientras iba al baño, todos los días sin excepción de 6.50 a 7.10 y de 14.00 A 14:20. «Mi intestino es como un reloj suizo» decía, y se reía.

Cuando prohibieron fumar dentro del edificio creyó que terminaría parte del problema, hasta que vio una máquina de café nueva en la calle. Y lo peor llegaba con la lluvia. Se formaba un charco delante de ellos y tiraban dentro las colillas. No soportaba tener que limpiar eso.  Le repugnaban los cigarros mojados y esa agua sucia que quedaba. Además, se le manchaba la escoba y también tenía que lavarla.

Por eso, doce meses antes del fatídico día para ellos, maravilloso para él, compró nitroglicerina mezclada con aluminio para estabilizarla en Kimikal.com. Se asombró de lo fácil que resultó conseguir un compuesto así; era verdad eso de que con internet no había nada imposible (siempre que pudieras pagarlo, por supuesto). Lo guardó en la despensa.

Dos meses antes del gran día consiguió que el médico le diera la baja aduciendo dolores en la pierna y en la espalda. Y la misma mañana, temprano y tras una noche lluviosa, se acercó caminando al edificio. Antes de girar en la última esquina se puso una barba postiza y la capucha de la sudadera negra que llevaba. La estiró para que la sombra escondiera la parte de su cara que quedaba a la vista. Avanzó hasta el semáforo y allí paró. Sabía, porque lo había visto infinitas veces mientras estaba con Miguel, que las cámaras de seguridad alcanzaban hasta la mitad del paso de cebra.

Miró el reloj: las 6:59. Era el momento. Cogió aire. La máquina de café estaba a unos trescientos cincuenta pasos. Podía hacerlo. Se irguió y comenzó a andar con la cabeza agachada y sin cojear. Llegó hasta la máquina y sacó del bolsillo el bote de nitroglicerina. Lo vació en el charco, dio media vuelta y desanduvo el camino, apretando los dientes en un vano intento de minimizar el dolor que le recorría el lado izquierdo, desde el tobillo hasta la cintura. Cruzó la carretera, se detuvo y miró hacia todos los lados, incluidas las ventanas de los edificios. No había nadie que pudiera reparar en él. Recuperó su andar renqueante y volvió a casa lo más rápido que pudo.

Le hubiera gustado quedarse a mirar, a una distancia prudencial; estar allí cuando tiraran la primera colilla al charco. Pero podría ser reconocido y no quería levantar sospechas. En lugar de eso comprobó constantemente las redes sociales, seguro de que serían más rápidas que las noticias. Acertó. A las 9:45 empezó el espectáculo. Había habido una explosión en la puerta de un edificio. Los testigos no escatimaron en imágenes ni en falta de escrúpulos. Pudo observar fotos y vídeos de sus «colegas» en llamas y desmembrados. Brazos y piernas humeantes y desamparados. Incluso le pareció ver una cabeza, no pudo distinguir de quién porque estaba bocabajo y tenía el cabello chamuscado.

Recordó eso que decían, que la venganza se sirve en plato frío. Sonrió. A él la suya le parecía muy, pero que muy caliente.

Reto 43 para Literup – Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.

Lo mires como lo mires

Comparto esta maravillosa entrada de Cocina para gordos. No sé cómo cocinan, pero sí que hacen unas magníficas ilustraciones y que tienen un gusto exquisito para elegir las citas con que acompañarlas… 🙂

“mientras una parte de mi mente discute con la otra si continuar o salir corriendo, me besa. Y vaya beso. Pero…no debería; yo nunca he hecho algo así” -Luna Paniagua (lablogueramásdicharacheradelablogosfera)

a través de lo mires como lo mires — cocina para gordos