¿Treceava o decimotercera?

¿Se dice treceava o decimotercera? De eso trata la nueva entrada del blog de Lupacor. Os invito a leerla aquí.

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Hasta el infinito

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HASTA EL INFINITO

—Deberías ver las rozaduras de mis talones, los tengo en carne viva. Eso sí, ha merecido la pena: una ascensión dura, pero ¡qué vistas desde arriba! El Aneto es el monte más alto de Pirineos, ni más ni menos. Y los he subido más altos, hija, antes de que tú nacieras. Yo subí al Everest, ¿sabías eso, Mariana?

—Eres un campeón —respondió Carla, mientras miraba a los ojos velados de su abuelo y le apretaba la mano. Él sonrió y perdió la mirada en el horizonte, más allá de la verja del geriátrico.

Cosas de niños

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—No seas impaciente, que no siempre tiene que ser lo que tú quieres y cuando tú quieres. Qué niño este, no tiene remedio. Hala, ahora se pone a llorar. ¿Es que no puedes aguantar  ni un poco? ¿No ves que si dejo de remover se me pega el arroz con leche? Además, que la culpa es tuya, mira que os he dicho mil veces a tu hermano y a ti que no juguéis con la caja de herramientas. No grites. He dicho que esperes, y si no quieres esperar, te sacas tú solito el clavo de la frente.

La cueva del Dragón

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LA CUEVA DEL DRAGÓN

—Recuérdame por qué he venido contigo… —Ángel apenas podía seguir el ritmo de su hermana.

—Porque eres mi hermano mayor y tienes la errónea idea de que no sé cuidar de mí misma y debes hacerlo tú.

—Sara, entrar en una cueva que lleva más de ochenta años cerrada y de la que nadie en el pueblo quiere contar nada no parece un acto de responsabilidad.

—No es que no quieran, es que no saben. —La joven encendió la linterna frontal y Ángel la imitó. En breve se adentrarían lo suficiente como para que no entrara luz del exterior—. No queda nadie vivo de cuando la cerraron.

—¿Cómo que no? ¿Y el abuelo?

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Confesión

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CONFESIÓN

—Perdóneme, padre, porque he pecado —dijo Ana, y se santiguó.

—¿Qué ha ocurrido, hija?            

—Mi niño me contó que dos hombres abusaron de él. Ayer encontré a uno de ellos y le corté el miembro con las tijeras de podar. No me arrepiento y también se lo haré al otro.

—…

—¿Padre?

—…

Ana salió del confesionario. La puerta de la iglesia estaba abierta y entraba el sonido de unos pasos a la carrera, amplificado por el silencio de las calles oscuras.

Reto: 5 líneas de Adella Brac.   Mayo: calles, puerta y padre.

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El mes pasado conseguí la medalla de bronce. Ahora… ¡a por la de plata!

Para ser madre y poder vivirlo — Cooperación con Alegría

Ayer celebramos el Día de la Madre en España. Entre diversas felicitaciones públicas a nuestras progenitoras —que sin duda se merecen— leí esta entrada de Iñaki, del blog Cooperación con Alegría y fundador de la ONG Alegría sin fronteras. En ella aporta datos sobre la mortalidad materna y perinatal (del bebé en el final del embarazo, durante el parto o en los primeros días de vida) en Etiopía. Es escalofriante.

Tengo tres hijos, nacidos tras tres embarazos en los que tanto ellos como yo estuvimos constantemente controlados por la sanidad pública. En ningún momento tuve miedo ni por ellos ni por mí. Tras dar a luz, mi mayor preocupación era que cogieran bien el pecho y aumentaran de peso. De haber tenido algún problema en este sentido, no me hubieran faltado biberones de leche artificial. 

Sin embargo, en Etiopía y en muchos otros sitios no es así. Resulta que los recursos médicos no son universales. Pero los sentimientos sí lo son, y yo miro a la mujer de la foto con su bebé y siento que lo que me une e iguala a ella es mucho más que lo que pueda separarnos o diferenciarnos. No es justo que no tengamos las mismas oportunidades.

Os invito y animo a leer esta entrada y, si no lo conocéis, a dar un paseo por el blog.

Para ser madre y poder vivirlo Para ser madre y no morir en el intento. Dedicado a todas las ninas y niños que han perdido a su madre, y a todas las madres que han perdido a su hij@ En Etiopía la mortalidad materna sigue siendo demasiado elevada, alrededor de 412 madres por 100000 nacimientos, […]

a través de Para ser madre y poder vivirlo — Cooperación con Alegría

Crueles adultos

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CRUELES ADULTOS

Nos enviaban de una patada a las duras calles. No importaba que hubiéramos sido sus mejores amigos y su única compañía en las oscuras noches de fantasmas y monstruos. Ya eran mayores y no necesitaban un peluche. Tampoco les preocupaba cómo acabábamos: algunos en el vertedero, otros en pedazos tan pequeños que ni se adivinada qué eran. Los que menos eran recogidos por algún niño al que nunca habían comprado un juguete. Yo tuve la suerte de ser uno de esos. Pasé de sentirme el muñeco más desgraciado del mundo, al más amado. Porque quien te recoge de la basura y te da su cariño, te quiere de verdad.