Reseña: Aukai. El espíritu del mar

Os invito a leer mi reseña de Aukai. El espíritu del mar, de Belén Argaya, para Trabalibros. Solo tenéis que hacer clic aquí o en la imagen de la cubierta. Espero animaros a leer esta novela divertida y didáctica y apta para lectores a partir de 8 años y sin límite de edad.

Si queréis adquirirla, podéis hacerlo aquí.

Belén Argaya

Podéis ver todas las reseñas que he publicado en Trabalibros aquí: Reseñas Trabalibros.

Reseña: Tu primer día en la escuela de Magia Hygge

Os invito a leer mi reseña de Tu primer día en la escuela de Magia Hygge, de Gema Huerta Vela, para Trabalibros. Solo tenéis que hacer clic aquí o en la imagen de la cubierta. Espero animaros a leer esta novela de divertido formato y apta para lectores a partir de 8 años y sin límite de edad.

Si queréis adquirirla, podéis hacerlo aquí.

Gema Huerta Varela

Podéis ver todas las reseñas que he publicado en Trabalibros aquí: Reseñas Trabalibros.

Hasta el infinito

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HASTA EL INFINITO

—Deberías ver las rozaduras de mis talones, los tengo en carne viva. Eso sí, ha merecido la pena: una ascensión dura, pero ¡qué vistas desde arriba! El Aneto es el monte más alto de Pirineos, ni más ni menos. Y los he subido más altos, hija, antes de que tú nacieras. Yo subí al Everest, ¿sabías eso, Mariana?

—Eres un campeón —respondió Carla, mientras miraba a los ojos velados de su abuelo y le apretaba la mano. Él sonrió y perdió la mirada en el horizonte, más allá de la verja del geriátrico.

La cueva del Dragón

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LA CUEVA DEL DRAGÓN

—Recuérdame por qué he venido contigo… —Ángel apenas podía seguir el ritmo de su hermana.

—Porque eres mi hermano mayor y tienes la errónea idea de que no sé cuidar de mí misma y debes hacerlo tú.

—Sara, entrar en una cueva que lleva más de ochenta años cerrada y de la que nadie en el pueblo quiere contar nada no parece un acto de responsabilidad.

—No es que no quieran, es que no saben. —La joven encendió la linterna frontal y Ángel la imitó. En breve se adentrarían lo suficiente como para que no entrara luz del exterior—. No queda nadie vivo de cuando la cerraron.

—¿Cómo que no? ¿Y el abuelo?

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Artot Minteko

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—¡Veinte mil! —grité, rogando en silencio que por favor acabara ya. Con seguridad no llevábamos ni tres minutos con esa puja, pero a mí se me estaba haciendo tan larga como si fueran tres horas.
—¡Veinte mil doscientos! —Escuché al fondo. Tenía la respiración acelerada, sentía gotas de sudor ácido resbalarme por la espalda y los receptáculos auditivos muy calientes. Cerré los ojos, vi pasar por mis párpados tapiados años de esfuerzos, de trabajo sin descanso. También a mi padre, en su lecho de muerte, susurrándome que luchara por tener un futuro mejor que su pasado y que el presente que él me había conseguido. Me dije que valía la pena, y como si no fuera mía, oí mi voz:

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