Solo una vez

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No paró de correr desde el hospital hasta su casa. Recorrió en cinco minutos el camino para el que en condiciones normales hubiera necesitado casi veinte. Los cristales de los escaparates apenas tenían tiempo para reflejar el paso de un hombre bajo, de pelo rubio y corto, rollizo y vestido con traje gris y camisa.

Entró en su casa y cerró la puerta de un empujón, se sentó en el sofá y miró durante varios minutos la televisión apagada. No recordaba demasiado de la conversación que acababa de mantener con el médico, pero había tres palabras que no le abandonaban: VIH, positivo y SIDA.

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