¡Qué estrés de Navidad!

Qué estrés de Navidad

Gracias a Dios o a quien sea que ya se acaban estas Navidades. Las más estresantes de mi vida, con diferencia. Desde el día de principios de noviembre en que recibí las cartas de papá Noel y los Reyes Magos he estado en un sinvivir. Que ellos no iban a venir este año, escribían, que son grupo de riesgo y no podían salir. Me puse en contacto con Olentzero, el Apalpador, el Angulero, el Tío de Nadal y nada, que estaban todos en confinamiento preventivo. ¡El Tío de Nadal! «Pero si eres un tronco», le contesté. Y él, que sí, que un tronco pero viejo, y que si un año se podía librar de los golpes, no iba a perder la oportunidad.

No tenía elección: tocaba preparar una estrategia para que mis dos hijas tuvieran sus regalos sin darse cuenta de que había sido yo. Escribí las cartas con ellas, buscando lo que querían en internet con la excusa de ponerlo bien, para que no se confundieran y les trajeran algo parecido que no les gustara tanto. «Pero mamá, si siempre lo han entendido». «Ya, pero este año igual andan despistados con lo del coronavirus y se lían». Menos mal que soy de respuesta rápida, porque estas dos cuando no quieren enterarse no se enteran de nada, pero cuando sí… ríete tú de Poirot.

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Hoy son

El blog de Lídia

Tenía clase a primera hora y llegué al aula antes que los alumnos. Preparé las hojas de los exámenes y, como aún era pronto, esperé leyendo un artículo sobre el origen de la escritura. Cuando oí que entraban los niños levanté la vista; mis ojos no daban crédito al ver que todos llevaban algún disfraz. Ellos me miraban sonrientes.

—Pero ¿por qué habéis venido así? —pregunté.

Un superman levantó la mano. Lo señalé y dijo:

—Nos dijiste que hoy son Carnavales y que viniéramos disfrazados.

—¡No! —grité sin darme cuenta—. ¡Dije que hoy son los finales y que vinierais preparados!

Microrrelato para el reto Escribir jugando de abril del blog de Lídia. Requisitos:

  • Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta.
  • En tu creación debe aparecer el objeto del dado: ojo.

Reto abril

Reto opcional: que aparezca algo relacionado con el nacimiento de la escritura, que se produjo sobre el año 3400 a. C. en la antigua Mesopotamia. Este primer código escrito recibió el nombre de cuneiforme y se hacía sobre tabletas de arcilla húmeda con un palillo de punta en forma de cuña.

Tres reyes y un pastorcillo

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Ilustración  propia

—Ya sabía yo que esto acabaría pasando… —Se dijo Melchor a sí mismo, mientras giraba la cabeza de un lado a otro e intentaba ignorar la desde esa madrugada incesante discusión a sus espaldas.

—Es que no entiendo por qué no puedes contarme lo que has hecho cuando te has levantado esta noche —decía Gaspar por enésima vez.

—Te lo he contando mil veces —respondía Baltasar en el mismo tono con el que le hablaría a un niño —, me sentó mal la cena que nos dieron en ese campamento y tuve que salir corriendo a vaciar el vientre.

—Ya, y ¿por qué te demoraste tanto en volver? Y no mientas, que te estuve esperando despierto, ¡sé lo que tardaste!

—Me costó encontrar algo con lo que limpiarme, ¿tú has visto una sola hoja en este maldito desierto? ¿Qué querías, que me lavara con la túnica?

—Y fuiste a buscarlo a la borda de ese pastorcillo, ¿no? Y yo como un idiota esperándote para darte calor… —Gaspar comenzó a sollozar.

—¡Que no he estado con ningún pastor! —Por primera vez, Baltasar levantó la voz.

—¡¿Con quién, entonces?!

—¡Con nadie! ¡Que fui a cagar! ¡¿Cómo demonios tengo que decírtelo?!

—¡Basta ya! —La profunda voz de Melchor detuvo la discusión y los gimoteos de Gaspar—. No sois adolescentes, sois reyes, comportaos como tales de una vez. Y dejadme concentrarme en la estrella guía. Me despistáis y acabaremos por perdernos y no llegaremos a darle sus regalos al Niño.

—Para lo que este le lleva —murmuró Gaspar—, mirra… ¿A quién se le ocurre llevarle a un recién nacido una sustancia para embalsamar muertos? Si es que no tiene sensibilidad ninguna, ya me estoy dando cuenta…

—También sirve para otras cosas —respondió Baltasar mientras pensaba que todo lo que aquel hombre tenía de atractivo lo tenía de inculto —. Además, y ¿tú qué? ¿Incienso? Oh, eso sí que es útil…

—Pues claro que lo es, para mantener un buen ambiente y combatir los efluvios de las deposiciones del Niño. Porque los bebés sí que cagan a todas horas, no como tú, que dices que lo haces, pero te vas con ese past…

—¡Que no he estado con ningún pastor!

Melchor azuzó a su camello para que fuera más rápido y el resto del camino mantuvo una distancia mayor con los otros dos reyes. Seguía oyéndolos, pero más lejos y le costaba menos mantener la vista en la estrella.

Cuando por fin llegaron al portal de Belén, los tres se quedaron maravillados. Era pequeño, justo entraban María, José, el Niño, y una mula y un buey que los calentaban. Eran pobres pero el ambiente que se respiraba destilaba riqueza en amor. Melchor hizo las presentaciones y les ofrecieron sus presentes. Tras dejar el suyo en último lugar, Baltasar posó su mano sobre la de Melchor, quien lo miró de reojo intentando mantener el semblante serio, para finalmente ofrecerle una sonrisa. No necesitaron palabras, sus miradas se dijeron lo mucho que se querían y deseaban terminar con esa tonta discusión.

Tras descansar y dar bebida y comida a los camellos, los tres reyes emprendieron el viaje de vuelta. Melchor los dirigía, convencido de que el regreso sería más tranquilo. Sin embargo, la voz de Gaspar lo sacó de su error:

—Has mirado demasiado a José.

—No empieces —respondió Baltasar en tono conciliador—, ya sabes que solo tengo ojos para ti.

—No pasa nada, si te ha gustado me lo dices y ya está, nadie dice que no podamos mirar a otros.

—No tengas duda de que yo solo te quiero a ti, pero… la verdad es que José tiene unos ojos muy bonitos.

—¡Lo sabía! —Gaspar se detuvo y giró el camello para mirar a Baltasar—. Y el pastor, ¿eh? ¡¿Qué tenía bonito, además de los ojos?!

—¡Que no estuve con ningún pastor, maldito celoso paranoico!

Melchor apretó el paso. Mejor dicho: hostigó a su camello para que corriera como nunca en su vida. Él se iba solo, ya habían cumplido su misión y no tenía que aguantarlos más. Por él, como si se quedaban perdidos en el desierto para siempre… entre pastorcillos.

Con este relato participo en el concurso de Zenda #cuentosdeNavidad.

El Capitán Carallo

Pienso que hacer reír está infravalorado. Una prueba de ello es que el término «payaso» se utilice como insulto. Como si conseguir que la gente se ría fuera fácil. Como si provocar una carcajada no fuera una tarea de héroes.

El Capitán Carallo no es un payaso, pero sí un mago del humor. Admiro y envidio su ingeniosidad, agradezco el esmero con el que cuida sus textos y no podría pagar los buenos momentos que paso leyendo sus relatos.

Quienes no lo conozcáis aún, haceos un favor y visitad su blog, que no está el mundo como para desperdiciar unas risas. Podéis hacerlo pinchando en la imagen:

Capitán Carallo

 

Conversación en el cementerio

la muerte tiene su gracia

CONVERSACIÓN EN EL CEMENTERIO

—Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flooores, de colooores…

—Cállate.

—Hay que ver qué mal humor se te pone siempre el Día de Muertos. Anímate, hombre, podemos salir a pasear y mira qué bonito está todo. 

—Todo, no. Nuestras tumbas están como siempre. Nadie viene a vernos ni nos pone flores ni calaveras de dulce ni nada. Es deprimente.

—¿No irás a llorar?

—Tú me dirás cómo. Hace mucho que no tenemos lagrimales, no somos más que huesos.

—Era una broma, a ver si te animabas un poco.

—Ya. Ja. Ja.

—En fin, fue mala suerte que muriéramos en México. Seguir leyendo