Viaje de negocios

Viaje de negocios Luna Paniagua

Imagen de Carlos – La estaca clavada

Ojalá pudiera olvidarlo, pero lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Viajé en tren hasta Lisboa por un asunto de trabajo. Me registré en el hotel que me habían indicado y, como ya era tarde, entré en el restaurante con intención de cenar.

Me sorprendió muy agradablemente que allí mismo estuviera actuando una cantante de fados, pero más aún su hermosura. Y mi sorpresa fue ya inmensa cuando, tras cruzarse nuestras miradas, mantuvo la suya en la mía hasta acabar la canción y bajó del escenario para acercarse a mí. Apenas nos dijimos nada; no hacen falta palabras cuando los cuerpos hablan, y al poco rato estábamos en la cama de mi habitación.

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La vecina

microrrelato Luna Paniagua

Imagen de coombesy en Pixabay

Aunque siempre me daba un caramelo de jengibre cuando subíamos en el ascensor, no me gustaba encontrármela. Creo que las arrugas de su cara me daban grima. Vivía en el quinto y ya era vieja cuando yo era niño. Mi hermana y yo la llamábamos la Dinosaurio a pesar de las regañinas de mi madre.

El día que vi su esquela en el portal no sentí nada. Sin embargo, al entrar en el ascensor un fuerte olor a jengibre penetró en mis entrañas y se me clavó como una daga. Ahora siempre subo por las escaleras; aun así, la extraño.

Relato para el taller de escritura de Literautas de junio. Requisito: microrrelato de cien palabras como máximo y de tema libre. Reto opcional: incluir en el texto las palabras daga, ascensor y dinosaurio.

 

Hasta siempre, Pablo

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HASTA SIEMPRE, PABLO

Pues me ha costao poco subir, y eso que las escaleras eran empinadas y no he traído el bastón, y unas sombras hacían gestos así, como p’asustarme. Pero yo soy astuto y ágil como un gato, y curioso; recuerdo una vez… otro día lo cuento.

Ayer estaba ahí abajo y ¡ahora qué pequeño lo veo! Mira la Montse y los del pueblo, ¡alegraos, que estoy bien! ¿Y esos desperdigaos que lloran mirando los teléfonos? ¿Quiénes serán?

Oye, qué cómoda esta nube, voy a echarme un rato y luego ya, si eso, investigo. ¿Habrá flan en el cielo?

Mi humilde homenaje para el gran Pablo, de quien nos dio recado la no menos grande Montse en darecadodemi.

Microrrelato para el reto Escribir jugando de noviembre del blog de Lídia, estoy segura de que entenderá que esta vez no haya puesto su imagen de cabecera. Requisitos:

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Conversación en el cementerio

la muerte tiene su gracia

CONVERSACIÓN EN EL CEMENTERIO

—Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flooores, de colooores…

—Cállate.

—Hay que ver qué mal humor se te pone siempre el Día de Muertos. Anímate, hombre, podemos salir a pasear y mira qué bonito está todo. 

—Todo, no. Nuestras tumbas están como siempre. Nadie viene a vernos ni nos pone flores ni calaveras de dulce ni nada. Es deprimente.

—¿No irás a llorar?

—Tú me dirás cómo. Hace mucho que no tenemos lagrimales, no somos más que huesos.

—Era una broma, a ver si te animabas un poco.

—Ya. Ja. Ja.

—En fin, fue mala suerte que muriéramos en México. Seguir leyendo

Algo

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ALGO

Sin esperarlo ni desearlo le ha llegado el momento. Deja tras de sí mil cosas en el tintero. Ve delante una puerta de plata; o por lo menos brilla como si lo fuera, piensa. Se imagina que al cruzarla le inundará la luz; sin embargo, cuando lo hace le atrapa la oscuridad. Y la nada.

No oye el pitido de la máquina que indica que su corazón se ha parado. Ni ve a su hija llorando sobre su pecho; si lo hiciera, sabría que aún es algo: un recuerdo.

Microrrelato para el reto de escritura de agosto «Escribir jugando» de el blog de Lídia.

Quién lo iba a decir

QUIÉN LO IBA A DECIR

De pie al borde del acantilado, Miriam sujetaba la urna con las dos manos. La brisa le traía olor a sal y le revolvía los mechones que escapaban de la coleta. Quitó la tapa y esperó un momento de calma. En cuanto notó que cesaba el viento, lanzó las cenizas hacia el mar; quería asegurarse de que cayeran al agua. Las miró descender. Una corriente de aire las dispersó menos de un segundo antes de que una ola las engullera. Sonrió. Cerró la urna, dio  media vuelta y caminó despacio hasta el coche que la esperaba en el aparcamiento sin asfaltar, a unos pocos metros. Se sentó en el asiento del copiloto. Seguir leyendo

Una campana, dos olas y mucho amor

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Lekeitio –  Imagen propia

UNA CAMPANA, DOS OLAS Y MUCHO AMOR

Llevo tanto tiempo en este hospital que ya lo siento como un segundo hogar. Y al personal, de la familia: la enfermera que me habla como si fuera un niño; la que no debe de tener vocación, porque siempre está enfadada; el médico serio y profesional, con ese tono neutro; la limpiadora que canta canciones de Manolo Escobar y me alegra el día entre el carro y la minifalda de los partidos; y mi preferida, la auxiliar que dice que ha dejado de fumar, pero yo sé que no, porque el chicle de clorofila no enmascara el olor.

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Adela

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ADELA

Era más que un simple robot aspirador; mientras absorbía pelusas y polvo se podían oír coplas, un recopilatorio de Serrat o la radio. Fue el último regalo que Cosme le hizo a Adela. Desde que se mudó, ya jubilada, a un piso en un pequeño pueblo, Cosme no había escatimado en atenciones hacia ella. Vivían puerta con puerta y no pasaba un día sin que se vieran.

A Adela le gustaba aquel hombre de mirada tierna, voz suave y mente ingeniosa, pero no en sentido romántico. La primera vez que apareció con un regalo, un microondas reconvertido a pecera, lo rechazó para no darle falsas esperanzas, pero Cosme se disgustó tanto que al final lo aceptó. Dejó claro que no podía ofrecerle más que una amistad, y él contestó que a esas alturas con una buena compañía se conformaba.

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Concatenación

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CONCATENACIÓN

—¡Empuja, cariño! ¡Empuja!

—¡No puedo!

—¡Claro que sí! Lo estás haciendo muy bien…

Leroy apretaba la mano de su mujer y le acariciaba el pelo, mojado por el sudor del esfuerzo. Susan estaba tumbada en la camilla del paritorio, con las piernas abiertas y los pies apoyados en sendos estribos. Cogía y echaba aire con rapidez, incapaz de respirar como le enseñaron en las clases de preparación al parto.

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