El Capitán Carallo

Pienso que hacer reír está infravalorado. Una prueba de ello es que el término «payaso» se utilice como insulto. Como si conseguir que la gente se ría fuera fácil. Como si provocar una carcajada no fuera una tarea de héroes.

El Capitán Carallo no es un payaso, pero sí un mago del humor. Admiro y envidio su ingeniosidad, agradezco el esmero con el que cuida sus textos y no podría pagar los buenos momentos que paso leyendo sus relatos.

Quienes no lo conozcáis aún, haceos un favor y visitad su blog, que no está el mundo como para desperdiciar unas risas. Podéis hacerlo pinchando en la imagen:

Capitán Carallo

 

Saregilea

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Con este relato participo en el concurso de Zenda #Historiasvascas #ZendaIpuinak.

SAREGILEA

Egun horretan arraroa iruditu zitzaidan bera ez egotea. Orain dela hilabete bat izan zen, portutik pasatu eta emakumea ez zegoela berehala konturatu nintzen, nahiz ta aspaldi beragan arretarik ez ipini. Guztiok Saregilea esaten genion ta paisaiako zati bat bazen bezala geneukan; arnasa hartzen zuen estatua kutuna: egurrezko aulki batean eserita, gona ta alkondara beltzak ta alpargatak. Neguan, berokia ta galtzerdi luzeak. Ile zuria motots baxu batean jasota; aurpegia zabala, urte eta inguruneaz zimurturta. Eta begiak… maite eta gorrotatzen zuen itxasoan galtzen ziren, ikusi gabe. Seguir leyendo

En busca del amor

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EN BUSCA DEL AMOR

Muy despacio levanta la cabeza. Tiene los ojos cerrados, pero sabe que está frente al espejo. La incertidumbre le apremia y el nerviosismo le paraliza. Retiene el aire y cuenta hasta tres: uno, dos… y tres. Abre los ojos. Espira con ímpetu. El mentón prominente, la cicatriz en el pómulo, la nariz torcida, los ojos pequeños y la frente demasiado amplia. Se deja caer hasta quedar sentado en el suelo y se golpea la cara con los puños. Tampoco esta vez ha funcionado. Experimentos, pócimas, ungüentos… nada consigue cambiarle el aspecto, así, ¿cómo impresionará a Margarita? Seguir leyendo

En el aire

en el aire

EN EL AIRE

No sé cuántas veces me han preguntado si me arrepiento. Bueno, sí lo sé, exactamente el mismo número de veces que he contestado que no. No me arrepiento, en absoluto. Ese pipiolo era un creído, un usurpador, un provocador, un mal que había que erradicar. Apareció con su donaire de los veinte apenas pasados, su metro ochenta y cinco y su sonrisa de estudiada despreocupación. La versión oficial era que estaba de prácticas; sin embargo, yo lo calé enseguida: quería quitarme el puesto de presentador. A mí, con lo que me había costado ponerme al frente del concurso. No iba a dejar que me desbancara, por supuesto que no. Seguir leyendo

Los girasoles

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Ilustración de Luna Paniagua

LOS GIRASOLES

No falta a su cita del veinte de junio. Conduce media hora y camina, fatigado, los cien metros hasta el cementerio. Lo rodea y se para frente a la tapia trasera, tan cubierta de hierbas y zarzas que ya apenas se distingue la piedra. Le sorprende que a esas alturas aún no haya moras. No le asombra, sin embargo, que los tres girasoles que plantó más de siete décadas atrás sigan en pie. Hace años dejó de llevar otros tres en el coche para reemplazarlos. Los mira con fijeza hasta que se vuelven borrosos.

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El abuelo me tiene manía

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EL ABUELO ME TIENE MANÍA

—No vas a tocarla en tu vida, rapaz.

Esa es la respuesta que recibí de mi abuelo la primera vez que le pedí su bicicleta. Ocho palabras que desencadenaron las lágrimas del niño de cuatro años que yo era entonces.

—¡Padre! No le diga eso al niño. Mire qué disgusto le ha dado. —Mi madre me acarició la cabeza y yo me agarré a su pierna más fuerte de lo que nunca, años después, me agarraría a ninguna farola de vuelta a casa tras salir de fiesta. —Déjele, solo es una bicicleta.

—No es solo una bicicleta. —El abuelo achinó los ojos y movió el dedo índice de la mano derecha delante de la cara de mi madre—. Es mi compañera, juntos somos una máquina perfecta. No quiero que ningún mocoso la estropee. Seguir leyendo