Una de esas sonrisas

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UNA DE ESAS SONRISAS

Era con diferencia el empleado más risueño de la oficina. Cada mañana, aunque fuera lunes, llegaba silbando. Al cruzar la puerta, saludaba con un «hola» y una gran sonrisa, de esas en las que se enseñan todos los dientes y parece que los labios se van a agrietar por la tensión. De esas a las que es imposible no corresponder. A consecuencia de ello, todos le apreciaban.

Por eso a nadie le pasó desapercibido su cambio: primero dejó de silbar y después de sonreír. Mantenía una expresión seria y a menudo se llevaba una mano a la cabeza con rapidez, para rascarse, frotarse o mesarse el cabello.

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Toma de conciencia

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TOMA DE CONCIENCIA

En una fracción de segundo el suelo trepidó y se resquebrajó, un rugido surgió de las profundidades y el sol desapareció en pleno día. Permanecí sentado, abrumado mientras la nube de polvo se disipaba y la luz se abría paso de nuevo. Con el estómago comprimido hasta doler contemplé la escena de desolación: gente, demasiada, que no vería un mañana y entre las ruinas, la mirada aterrorizada de un niño se me clavó en el corazón y en la conciencia. Supe que había llegado el momento de un cambio, apagué la televisión y me levanté del sofá.

Microrrelato solidario: “Microrrelatos por Nepal”

100 palabras, entre ellas: cambio, luz, mirada, niño y mañana.

Perder la cabeza

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PERDER LA CABEZA

Ya de pequeño llegué a la conclusión de que era mejor no tener pareja­. Está mal que yo lo diga, pero aunque adoraba a mi madre, enseguida vi que no era una buena compañera sentimental. Dicen que lo que vivimos de pequeños nos cala hasta lo más profundo del subconsciente y es muy difícil, si no imposible, cambiarlo. Así que teniendo en cuenta la promiscuidad de mi madre, el mal trato que daba a sus romances, y que cada uno de los hermanos éramos de un padre diferente, era inevitable que yo desarrollara un absoluto miedo a la convivencia y al amor. Evitaba todo contacto con el sexo opuesto e ignoraba los comentarios sobre que me iba a quedar solo y debía encontrar a alguien, antes de que se me pasara el arroz.

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Nueva Escritora, Luna Paniagua, de España — Letras

¡Hola! Estoy muy ilusionada porque he pasado a formar parte de Letras & Poesía – Literatura independiente. A partir de este domingo publicaré en su página cada dos semanas.

Comparto con vosotros la presentación que me han hecho, me ha encantado y emocionado.

Os animo a seguirles (si no lo hacéis ya) y a leer sus publicaciones, hay mucha calidad, no os arrepentiríais. 

Le damos la bienvenida a Luna Paniagua, de España, como nuevo integrante de nuestra web Letras

a través de Nueva Escritora, Luna Paniagua, de España — Letras

La cicatriz

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LA CICATRIZ

—Abuelo, ¿por qué tienes esa cicatriz, ahí en el costado? —preguntó Martín, un inquieto niño de seis años.

—Verás, hace muchos años —comenzó a relatar—, me fui solo de vacaciones a Nepal y…

—¿Solo? ¿Y la abuela? —interrumpió el pequeño.

—Aún no nos conocíamos. El caso es que entré en un restaurante, pero no sabía qué pedir porque no conocía la comida de allí. Y de repente oí una voz detrás de mí, de chica y con acento inglés: «Te aconsejo el momo».

—¿Qué es eso?

—Una bola de una masa fina, con varios ingredientes dentro.

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Ana

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ANA

Tiene miedo. Sí, lo tiene. Igual que todos en uno u otro momento; y el que diga que no, miente. No es valiente el que no siente temor, sino el que le hace frente y avanza a pesar de él. Y ella es valiente.

Ana nació hace veintisiete veranos. Al contrario que su nombre, ella no es común. Ya desde pequeña demostró tener poderes: era generosa, compartía lo que tuviera con los demás niños. Al crecer se manifestó una especie de fuerza aislante: a pesar de la gran Seguir leyendo