Un regalo

Mensegal BazClara llora debajo de la mesa de su habitación. Apoya la espalda en la pared y se abraza las rodillas contra el pecho. No mira los regalos desperdigados por el suelo.

Papá Noel le ha dejado en su casa un armario con ropa para las muñecas, una cámara de fotos y un libro; en la de los abuelos, un patinete y un vestido, y en la del tío Manu y la tía Celia, una tableta y un kit de tatuajes de unicornio. El resto aún no los ha podido abrir, pero le han mandado fotos: en casa de los yayos, tres paquetes, uno grande y dos medianos; y en la de la tía Inés, el tío Rober y el primo Jon, cuatro: uno mediano y tres pequeños.

Pero no le ha traído lo único que le pidió, en una carta que escribió muy despacito para que entendiera bien su letra y que ella solita echó al buzón:

«Querido Papá Noel:

Este año solo quiero pedirte una cosa: que podamos celebrar la Navidad con los abuelos, el tío Manu y la tía Celia, los yayos, la tía Inés, el tío Rober y el primo Jon».

La preciosa ilustración es de Mensegal Baz. Podéis ver más obras suyas en sus redes sociales: Instagram y Twitter.

Reseña y entrevista: Almas cautivas

Nil KandelAlmas cautivas es la tercera novela negra y de intriga psicológica de Nil Kandel y la he reseñado en Trabalibros. Para leer la reseña haced clic aquí o en la imagen de la cubierta. También he entrevistado al autor, podéis leer lo que me ha contado a continuación.

⇒ Opciones de compra de Almas cautivas: tapa blanda, versión Kindle, epub.

⇒ Reseñas de los otros dos libros de Nil Kandel:

⇒ Todas mis reseñas en Trabalibros: reseñas Trabalibros.

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Entrevista al autor: Nil Kandel

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Diecisiete escalones

Diecisiete peldaños

Echó un último vistazo a su aspecto en el espejo del recibidor y salió al descansillo. Comenzó a subir la escalera: un pie arriba, y el otro al mismo escalón. Oía su respiración, demasiado alta, y la protesta golpeadora del corazón. «Me da igual, no voy a entrar en esa máquina infernal pegada a la fachada, aunque me haya costado un ojo de la cara».

Diecisiete peldaños separaban su piso del de Rosa, la vecina de arriba. Un esfuerzo considerable para un cuerpo fatigado, pero estaba decidido a preguntárselo. Mientras subía, le aparecían en la mente diferentes estampas: las estresantes e interminables cenas de Nochebuena cuando se juntaba toda la familia; la primera que pasó sin su mujer y con su hija mayor, que se empeñó en acompañarlo; la siguiente, nadie más que él a pesar de la insistencia de sus hijos. «Joder, papá, pareces escrux», le dijo el pequeño. «¿Escrux? Qué demonios será eso, ¿es que los jóvenes no saben hablar normal?». También visualizó la mesa para dos que había dejado puesta en el comedor, y al repartidor del supermercado comentar lo que se alegraba de que por fin se animara a preparar algo especial. «Cómo se le borró la estúpida sonrisa cuando le dije que se quedaba sin propina por metomentodo», pensó y soltó un ruido ronco y algo nasal. Recordó, asimismo, oír a Rosa llorar, después de hablar con alguien —su hija, suponía— por teléfono y decir que claro que lo entendía, que por supuesto lo más sensato era no juntarse. Entonces se dio cuenta de que hacía mucho, mucho tiempo que no corrían sus infernales nietos por las escaleras como potros salvajes ni le taladraban los tímpanos al pasar por delante de su puerta. Tanto como hacía que no se ponía los tapones para que los trotes asilvestrados en el piso de arriba le impidieran descansar.

Ya estaba delante de la puerta. Necesitó unos minutos para intentar recuperar el aliento y darse por vencido. Con el dedo índice de la mano izquierda pulsó el timbre.

A Rosa le extrañó que llamaran a las siete de la tarde del veinticuatro de diciembre, pero por más hipótesis que pudiera haber hecho, jamás habría acertado quién era. No supo qué pensar al ver a Antonio, el vecino de abajo, delante de ella, con —habría apostado— el traje de su boda, que ya no rellenaba y se le arrugaba en los tobillos, un pañuelo en el bolsillo y el pelo estirado hacia atrás pegado a la cabeza. Ese vecino que como mucho contestaba con un «bah» a los saludos, que por suerte ya no iba a las reuniones de la comunidad, que daba golpes en el techo con la escoba cuando la visitaban sus nietos —¿hacía cuánto de la última vez?—, que solo salía de casa para vaciar el buzón y al que, según el mayor, adelantaría un oso perezoso.

Antonio miró a Rosa, que a su vez lo miraba sin pestañar. Entonces, dijo «Bah» y se dio la vuelta.

Rosa abrió aún más los ojos. No recordaba que le hubiera ocurrido nada tan surrealista como aquello. Cuando Antonio ya había empezado a bajar —un pie primero, y el otro al mismo escalón—, volvió a girarse y después de un pie arriba, luego el otro, estaba de nuevo frente a ella.

—¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? Ya lo tengo todo preparado. He hecho langostinos. Y endibias rellenas— dijo con una voz raspada que, Rosa supuso, no era tanto por la edad sino por la falta de uso. Al no obtener respuesta, Antonio continuó: —No tienes que tener miedo de contagiarte, yo nunca salgo ni estoy con nadie, ni con mascarilla ni sin ella—. Enseñó los dientes y Rosa sospechó que tenía aún menos costumbre de sonreír que de hablar.

Lo primero que pensó es que aquello debía de ser alguna especie de broma. «Pero… ¿de verdad este hombre se prestaría a algo así?». Pestañeó y, de repente, le pareció hasta tierno con esa pinta de donjuán trasnochado y, si decía la verdad, para que ella no estuviera sola —¿por qué si no?—, había gastado tiempo en preparar la cena para los dos. «Y dinero, con lo rata que es, la que montó para cambiar los buzones, y lo del ascensor prefiero no recordarlo… ¡Qué demonios!».

—Muchas gracias, Antonio, me encantaría.

Él alargó el codo para que ella se agarrara y, desacompasados, bajaron juntos las escaleras: un pie abajo, y luego el otro al mismo escalón.

Imagen de Carlos Moya, de La estaca clavada y La estaca clavada 2.0.

Tanka #2

acuarela

Ola tras ola

desde la orilla al confín

aguamarina

color de tus pupilas

a sal, sabor de tu piel

Mi segundo tanka, inspirado por otra de las preciosas acuarelas de Cristina Vázquez. La ilustración que acompaña a esta entrada ya tiene nueva dueña, pero (creo que) aún están libres otras de la misma colección. Os invito a verlas aquí, y a echar un vistazo al resto de obras de arte de Cristina: cuadernos y encargos personalizados

Atrapados por la lengua — Uxue Emebi

Atrapados por la lengua. 50 casos resueltos por la lingüística forense es el último libro de Sheila Queralt. Lo edita Larousse y lo prologa Manuel Marlasca. En él, la autora nos acerca un uso del estudio del lenguaje bastante desconocido a pesar de su importancia. Voy a simplificar: la lingüística se ocupa del estudio del […]

Atrapados por la lengua — Uxue Emebi

Mi última entrada en Uxue Emebi es la reseña de un libro muy interesante que tiene como base la lingüística forense: Atrapados por la lengua, de Sheila Queralt. 

Os invito a leerla y, como siempre, a seguir el blog.

Tanka #1

Geisha acuarela

Bóveda móvil

fragmento de universo

noche estrellada

cuento motas lucientes

vivas o, tal vez, muertas

Este es el primer tanka que he escrito, y me lo ha inspirado la maravillosa acuarela a la que acompaña. Es de Cristina Vázquez y está en venta, junto con otras ilustraciones (todas acuarelas originales) de la misma colección. Os invito a verlas aquí, y a echar un vistazo a sus otras obras de arte: cuadernos y encargos personalizados

Ocaso

reto de escritura

Cuenta la leyenda que llegó navegando una noche de luna creciente y, sobre la roca del único claro del bosque, prendió una hoguera. De entre sus llamas emergieron animales de cada especie y se dispersaron.

Dice el viento que llegó andando, pues ya no había mar. Sobre la roca de la reseca llanura infinita, prendió una hoguera. A sus llamas se acercaron animales de algunas especies, escuálidos, para volatilizarse junto con el humo.

Nadie sabe que se la llevó el viento, exhausta, una noche de luna nueva. Ni todas sus lágrimas lograron devolverle la vida a esa tierra maltratada.

Microrrelato para el reto Escribir jugando de diciembre del blog de Lídia. Requisitos: Seguir leyendo