Jugando

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JUGANDO

Ana preparaba la comida. Como un autómata manejaba utensilios y mezclaba ingredientes, movimientos tantas veces repetidos. Le llegaban desde el salón las voces y los ruidos de sus hijos jugando. Pedro, de nueve años, y Marina, de siete, ya habían comenzado las vacaciones de verano. Ana se alegraba de que fueran capaces de jugar juntos, no como otros hermanos que siempre se peleaban, según oía a algunas madres.

Puso la mesa y llamó a los niños. Tres veces, era parte de la rutina que no obedecieran a la primera. Cuando fue a servirles el primer plato casi se le cayó la olla al ver la cara de Marina: tenía una marca roja debajo del ojo, en un pómulo que comenzaba a hincharse. Seguir leyendo

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Sueño en común

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SUEÑO EN COMÚN

Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá toda la noche. Ella lo quería al lado del radiador, para no tener que taparse con ninguna manta. Él, junto a la ventana, para mirar desde arriba a la gente que pasaba. Cuando se hacía de día salían de debajo del puente y cada uno se dirigía al lugar en el que pasaría la jornada. Ella, la puerta del supermercado. Él, delante de la iglesia.

Kora y Cami

Gracias a Ana Centellas he conocido el blog Te cuento de viajes, de Cristina, y su estupendo reto garabatoliterario. Consiste en escribir un texto inspirado por una ilustración de la propia Cristina. En esta entrada, El viaje de la Blog-T-lla, está explicado. Aquí va mi aportación:

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KORA Y CAMI

—¡Mira, mamá! —La pequeña Kora, de 8 años, entró en la cocina con la respiración entrecortada y las mejillas coloradas. Con el brazo extendido enseñó a su madre lo que llevaba en la mano.

—¿Qué es eso? ¿Una botella? ¿No será de cristal? A ver si se te va a romper y te vas a cortar.

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Secretos familiares

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SECRETOS FAMILIARES

Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada, heredada de sus abuelos, revelaron la verdad. Detrás de los muebles y bajo el antiguo papel aparecieron numerosos mensajes de ayuda escritos con sangre humana. Ello llevó a una investigación que culminó al encontrar más de cuarenta cuerpos sepultados en las paredes de doble fondo. Las muertes se fecharon desde diez años antes de que él naciera y hasta que cumplió los quince.

Llevaba cinco noches sin dormir. Ahora sabía que no eran pesadillas lo que le despertaba, ni alucinaciones; que no eran los típicos ruidos de una casa vieja, como le decían sus abuelos cuando pasaba el verano con ellos.