¿ME VES?

former-psychiatric-hospital-1982231__340

¿ME VES?

—¿De verdad que no había otro sitio mejor para visitar? —Sonia miró de reojo a Miguel, su pareja.

—¡Pero si es super interesante! —contestó este con una gran sonrisa.

—¿Interesante? ¿Un manicomio?

—No uno cualquiera. Es en el que pasó tres años el gran Joe Farlop, hasta que desapareció. Tiene mucho valor cultural —dijo Miguel, con las entradas en la mano derecha, ansioso porque llegara el guía y comenzara la visita.

—Claro, por eso solo estamos nosotros y esa familia. Y por cierto —Sonia bajó la voz— ¿a quién se le ocurre traer aquí a una niña? Bueno, ¿a quién se le ocurre venir a este sitio?

—Vale ya, Sonia. Dijiste que iríamos a dónde yo quisiera. Y esto es lo que quiero, así que deja de quejarte. Si no, no haberme pedido que eligiera.

—Está bien, perdona.

—Pero tienes razón con lo de la niña…

Ambos miraron a la familia que esperaba cerca de ellos. Una pareja joven y su hija de unos cinco años.

Al fin llegó el guía y comenzaron el recorrido. Recepción, cuarto del guarda, salón comunitario, comedor, cocina y enfermería en la planta baja; en todos ellos paredes ocres y suelo de baldosa gris. Subieron las escaleras y llegaron a la primera planta, donde se encontraban un largo pasillo central y las habitaciones a ambos lados de él. Ahí la pintura de las paredes era azul muy claro.

Miguel seguía tan de cerca al guía que ya se había tropezado dos veces con él. Parecía atento a sus explicaciones, pero Sonia sabía que solo esperaba oír que habían llegado a la habitación en la que estuvo Farlop hasta su huida. Algunas veces le parecía entrañable verlo así, como un niño que cree que va a conocer a Papá Noel;  otras, patético. No entendía esa fascinación ni esa obsesión por conocer todo sobre la gente famosa. ¿Qué más dará dónde nació, vivió o hizo cualquier cosa uno u otro? ¿Por qué son tan especiales un cantante, un jugador de fútbol o la hija de un torero? Pensó en su madre, que iba tres días a la semana a hacer la comida al comedor social del barrio, de voluntaria. Ella sí que era digna de admirar.

Miguel le apretó el brazo y la sacó de su ensimismamiento.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Es esta, ¿no has oído? La habitación de Joe.

—Como os decía —Sonia se reenganchó al discurso del guía— este es el cuarto que ocupó la gran estrella Joe Farlop, desde el 15 de agosto de 1981 hasta el 18 o 19 de mayo de 1984, no se sabe con certeza, cuando desapareció. A día de hoy se desconoce cómo pudo escaparse. Según…

— No se escapó.

La voz de la niña interrumpió la explicación. Su madre le hizo un gesto para que se callara.

—Sí que lo hizo, bonita —continuó el guarda—. El 19 de mayo de 1984, a las nueve de la mañana, una enfermera vino a despertarle para que bajara a desayunar y se encontró su habitación vacía. Le buscaron tanto en el edificio como en los alrededores, se investigó el transporte… pero no le hallaron.

—¡No se escapó! —gritó otra vez la pequeña.

—Cloe, por favor —le dijo su padre—. No grites y no interrumpas más. Se dirigió al guía: —Lo siento mucho.

—No pasa nada —contestó este. Se agachó y le preguntó a la niña—. ¿Por qué estás tan segura de que no huyó?

—Porque está ahí. —Señaló con el dedo una esquina de la estancia, en la que había una butaca marrón.

Los cinco adultos miraron en la dirección que indicaba, cada cual con los ojos más abiertos. Su madre fue a decir algo pero se detuvo cuando los fluorescentes comenzaron a parpadear. De repente, la puerta del cuarto se cerró con un violento golpe. Todos gritaron y contuvieron la respiración, excepto Cloe, que miraba la puerta con expresión tranquila.

El parpadeo de las luces cesó y la puerta se abrió con lentitud.

—Quiere que le sigamos —dijo, y salió.

—¡Cloe! —gritaron sus padres y echaron a correr tras ella.

El guía dudó un segundo, pero les siguió. Sonia y Miguel se miraron, se dieron la mano y se apresuraron a alcanzarlos. No sabían qué ocurría y no les apetecía quedarse solos.

La niña corría más rápido de lo que cabría esperar. Desanduvo el camino por el pasillo, bajó las escaleras y cruzó la cocina. La alcanzaron solo porque ella se detuvo, frente a una puerta marrón, al lado de donde aún se conservaba un gran fregadero de mármol blanco.

—Quiere que abras —dijo sin desviar la mirada de la puerta.

—No puedo. Es un almacén y ni siquiera tengo llave —contestó el guía. Le temblaba la voz, nada que ver con el tono seguro y firme con que recitaba su discurso.

Las luces se apagaron. Los padres de Cloe gritaban su nombre, el guía chillaba, y Miguel y Sonia se abrazaban en silencio, temblando. Alguien se chocó contra una encimera. Tras unos segundos que se les antojaron eternos, las lámparas volvieron a encenderse.

Con la vuelta de la luz comprobaron que la puerta se había abierto y Cloe ya no estaba. Entraron al almacén, primero los padres y luego el guía. Miguel y Sonia se quedaron bajo el marco, sin llegar a poner un pie dentro.

Era un cuarto amplio en el que había tres armarios y dos cofres de madera maciza. Cloe estaba de pie delante de uno de ellos. Su madre la cogió en brazos y salió corriendo de allí. La niña se retorcía, intentando zafarse, mientras gritaba: —¡No! ¡Mamá, por favor! ¡Quiere que miremos dentro! ¡Para!

No paró. El padre fue tras ellas. Sonia dio media vuelta pero se detuvo al darse cuenta de que Miguel no la seguía. Este había entrado al almacén y se encontraba delante del arcón, junto con el guía, quien quitó el pestillo e intentó sin éxito levantar la pesada tapa.

—Venga, entre los dos —dijo Miguel—. Una, dos, ¡y tres!

Alzaron la tapa y la apoyaron contra la pared. Dentro había platos de porcelana, vasos de cristal y bandejas de metal. Los dos hombres se miraron y comenzaron a reír. Qué tontos habían sido, ¿qué esperaban encontrar? ¿El cuerpo de Joe Farlop, que no había huido sino que lo asesinaron y escondieron allí? Esas cosas solo pasaban en las películas.

Salieron los tres al exterior, comentando que seguramente la pobre niña había visto alguna serie para mayores y se lo había inventado. Lo de las luces sería un fallo de la instalación, el edificio era muy viejo y no la habían revisado hacía tiempo. Y el portazo alguna corriente, deberían arreglar las ventanas rotas para que no volviera a ocurrir.

Se despidieron y la pareja se dirigió hacia su coche. La familia ya se había marchado; tal vez de vuelta a casa, quien fuera de copiloto buscaría en internet el número de algún psicólogo infantil. Miguel alargó el brazo para abrir la puerta del coche. Se detuvo al notar un soplo de aire frío en el cuello. Giró la cabeza con rapidez. No había nada ni nadie, aunque juraría haber oído un susurro. Levantó la vista hacia el edificio y, en una de las ventanas de la primera planta, creyó ver una sombra saludando.

—¿Abres o qué? —Sonia esperaba con la mano en el tirador.

—Sí, perdona. —Miguel abrió y levantó de nuevo la vista. No había nada ni nadie en ninguna ventana.

Arrancó y se alejó de aquel lugar, sin atreverse a mirar atrás.

Reto 22 para Literup: Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.

Explosiones

dynamite-1293082__340

EXPLOSIONES

Solo le quedaba un cigarrillo; lo encendió, le dio cuatro caladas sin prisa y prendió con él la mecha. Se resguardó con serenidad en un portal; los estallidos le ensordecían y el humo impedía la visibilidad en la calle. Cuando el ruido cesó, salió de su refugio y se fue sonriendo a casa. Aquello era lo único que le gustaba de las fiestas: encender la traca.

Memento mori

clock-1274699_960_720

MEMENTO MORI

Observo con tristeza mi reflejo,

ajado, marchito, en el espejo.

Mi alma cansada llora la certeza

de mi tiempo que se acorta con presteza.

No hay señal más cierta

de que el final está cerca

que el tener más recuerdos

que inquietudes y sueños.

Un poema de amor desesperado

Reblogueo este relato de Inspector Disaster, por si aún no le seguís, porque siempre es buen momento para reír.

Qué sepáis que podéis descargar su primera novela gratis aquí. Os aseguro que como mínimo unas cuantas sonrisas os saca. A mí me enamoró y estoy deseando leer la segunda. Podéis echarle un vistazo a la reseña que le hice.

«Tal vez creas que no nací hasta conocerte. Tal vez creas que eres mi principio y mi fin. Tal vez creas que eres el amo y señor de mis días. Más aún de mis noches. Tal vez creas que estoy encadenada a ti. Y haces bien en creerlo.» —Lo ve, agente,—gritó fuera de sí el […]

a través de Un poema de amor desesperado — Aventuras y desventuras de Máximo Disaster

Brindo por mí

vino

BRINDO POR MÍ

¿Qué mejor plan para una lluviosa tarde de sábado, a mis treinta y dos años, que una merienda con todas mis amigas? Pues cualquiera, si la cita es en casa de la que se acaba de casar, y su intención enseñarte todas las fotos y vídeos de la luna de miel y de la boda.

Lo del viaje de novios podría pasar, si no fuera porque no se ha tomado la molestia de hacer criba antes; de las mil fotos, doscientas están borrosas o apuntan a un objetivo desconocido, y te explica la razón de por qué salieron así —sí, con pelos y señales—; otras doscientas son de sus dedos anulares entrelazados —me sorprende que no se les dislocara alguno— luciendo alianzas sobre fondo difuminado; otros doscientos selfies de la parejita feliz tapando los lugares turísticos más relevantes de México —que con la cantidad de gente que hay en esos sitios, ya podrían haberle pedido a alguien que les hiciera una… una foto—; y por último, cuatrocientas repartidas entre una paradisíaca playa y el jacuzzi de su habitación en Punta Cana.

Seguir leyendo