Un regalo

Mensegal BazClara llora debajo de la mesa de su habitación. Apoya la espalda en la pared y se abraza las rodillas contra el pecho. No mira los regalos desperdigados por el suelo.

Papá Noel le ha dejado en su casa un armario con ropa para las muñecas, una cámara de fotos y un libro; en la de los abuelos, un patinete y un vestido, y en la del tío Manu y la tía Celia, una tableta y un kit de tatuajes de unicornio. El resto aún no los ha podido abrir, pero le han mandado fotos: en casa de los yayos, tres paquetes, uno grande y dos medianos; y en la de la tía Inés, el tío Rober y el primo Jon, cuatro: uno mediano y tres pequeños.

Pero no le ha traído lo único que le pidió, en una carta que escribió muy despacito para que entendiera bien su letra y que ella solita echó al buzón:

«Querido Papá Noel:

Este año solo quiero pedirte una cosa: que podamos celebrar la Navidad con los abuelos, el tío Manu y la tía Celia, los yayos, la tía Inés, el tío Rober y el primo Jon».

La preciosa ilustración es de Mensegal Baz. Podéis ver más obras suyas en sus redes sociales: Instagram y Twitter.

Ocaso

reto de escritura

Cuenta la leyenda que llegó navegando una noche de luna creciente y, sobre la roca del único claro del bosque, prendió una hoguera. De entre sus llamas emergieron animales de cada especie y se dispersaron.

Dice el viento que llegó andando, pues ya no había mar. Sobre la roca de la reseca llanura infinita, prendió una hoguera. A sus llamas se acercaron animales de algunas especies, escuálidos, para volatilizarse junto con el humo.

Nadie sabe que se la llevó el viento, exhausta, una noche de luna nueva. Ni todas sus lágrimas lograron devolverle la vida a esa tierra maltratada.

Microrrelato para el reto Escribir jugando de diciembre del blog de Lídia. Requisitos: Seguir leyendo

Elena y el edificio abandonado

La estaca clavada

Nadie con un mínimo de prudencia entraría en aquel edificio abandonado; por eso solo la pequeña Elena lo visitaba. Ella no tenía prudencia, pero sabía leer esa palabra, aunque le costaba pronunciarla. Tampoco tenía un hogar de verdad: su numerosa familia compartía una chabola y a nadie parecía importarle que la niña desapareciera, mucho menos a dónde iba.

Así que Elena, cada día, entraba por una ventana rota de la parte de atrás. Recorría los pasillos fijándose en las estanterías llenas de polvo y de libros, elegía uno y lo leía. Le gustaban todos los que contaban historias inventadas; se imaginaba la protagonista y siempre le parecían mejores que su vida de verdad. Seguir leyendo

CMNAC

reto de escritura

Desde este mi humilde blog hago un llamamiento a aquellas mujeres que quieran participar en una nueva iniciativa: los CMNAC (Congresos Mensuales de Nuevas Amas de Casa). Con la excusa de aprender porque «las mujeres de ahora no sois como las de antes» nos juntaremos, beberemos té de hojas de castaño rojo, charlaremos, bailaremos, reiremos y nos pasaremos por el arco del triunfo las llamadas desde casa.

Nota: cada participante recibirá una bandeja de croquetas congeladas.

Inscripciones: en comentarios y el formulario de contacto.

Sugerencias: durante el congreso.

Oposiciones a la iniciativa: no se admiten.

Propuesta (no tengo claro que sea un microrrelato) para el reto Escribir jugando de septiembre del blog de Lídia. Requisitos: Seguir leyendo

Rumbo al sur

La estaca clavada

No es que yo me alegre de este horror de pandemia, ¿eh? ¡Dios me libre, con la de gente que está sufriendo! Pero en un libro que me dejó Rosa, la del quinto, y es un tostón, el libro, Rosa no, ella es muy maja, vamos a andar juntas y me pasa recetas, aunque yo creo que en la del pastel de carne no me cuenta algo, porque no me queda igual que a ella. A ver, qué estaba yo diciendo… ah, sí, que en el libro ese pone que siempre hay que buscar el lado bueno de las cosas, que por malas que sean, lo tienen.

Y yo se lo he encontrado a esto del puñetero coronavirus: aquí estamos rumbo al sur mi Fonsi y yo. Sin nietos, porque «mamá, este verano los apuntamos a colonias que, aunque ya estéis vacunados, hay que seguir teniendo cuidado». Sin suegra, porque «amor, ¿cómo la vamos a meter en el coche con nosotros tantas horas y después en un piso tan pequeño? Que tiene casi cien años y yo voy al súper, tú al hogar del jubilado, a ver si la vamos a liar y yo no quiero vivir con esa culpa».

Así que, después de casi cincuenta años —y el último sin salir de Madrid—, el apartamento de Torremolinos va a ser para nosotros dos solitos y, además, no vamos a tener cantamañanas en la playa en un radio de dos metros. Este sí que va a ser el verano de mi vida.

Imagen de Carlos, del blog La estaca clavada.

Relato para el concurso de Zenda #elveranodemivida.

 

Chaika

La estaca clavada

—Abuela, abuela, ¿a que esta eres tú?

Valentina mira las páginas a todo color del libro que su nieta le ha puesto sobre las piernas y sonríe.

—Así es, Catia, soy yo. Aunque hace ya muchos años de eso.

—¿Antes de que yo naciera?

—Sí, y antes también de que mamá naciera.

—¡Ala! —La pequeña deja el libro en el suelo y se acomoda en el regazo de su abuela—. ¿Da miedo ir al espacio?

—Un poco sí. Iba sola y me dolía el cuello porque el casco pesaba mucho. También me mareaba.

—¡Como yo cuando nos vamos de vacaciones! Pues vaya rollo.

—Bueno, eso era lo malo, pero hubo muchas cosas buenas. ¿Sabes qué? Estuve por ahí tres días y vi donde vivimos desde arriba. Di la vuelta a la Tierra cuarenta y ocho veces.

—¡Eso es un montón! Normal que te marearas. ¿Veías a la gente pequeñita?

—Qué va, cariño, estaba tan lejos que no se apreciaban las personas.

—¡Ala! Y ¿vas a volver a ir?

—Ojalá. Me gustaría llegar a Marte.

—¿Puedo ir contigo?

—Aún eres demasiado pequeña. Pero, si quieres, tú también puedes ser astronauta, cuando seas más mayor.

—¿Qué tengo que hacer para ser as-tro-nau-ta?

—Tienes que portarte bien en el cole, estudiar mucho y sacar muy buenas notas. Y comer sano y hacer ejercicio.

—¿No puedo comer chuches? ¿Ni siquiera los viernes?

—Alguna sí. Pero pocas, ¿eh?

Catia desvía la mirada de los ojos de su abuela y permanece callada. Valentina la empuja con suavidad por la barbilla, y le seca con el pulgar una lágrima solitaria que se le desliza por la mejilla y amenaza con ser la primera de muchas.

—¿Qué pasa, cariño?

—Creo que no podré ser astro-astronauta. Las mates se me dan un poco mal.

—Tú estate atenta en clase y pregunta siempre lo que no sepas. Así, tarde o temprano, lo aprenderás todo bien, no te preocupes.

Ahora es Valentina quien desvía la mirada. Su mente retrocede hasta la infancia, en una aldea del centro de Rusia. Recuerda el primer día de escuela con ocho años y el último solo otros tantos después. Le vuelven a la memoria las jornadas en la fábrica textil, la ilusión del primer salto en paracaídas y la capacitación para ser astronauta pasadas las dos décadas de vida, y los estudios de Ingeniería Espacial, ya después del viaje al espacio.

—¿Sabes qué? —Vuelve a mirar a Catia, quien la observa con los ojos rojos—. Se me han olvidado tres cosas muy importantes que tienes que hacer para ser astronauta o cualquier otra cosa que quieras. Una es leer mucho.

—Libros gordos y con un montón de letras, seguro.

—Pues no, da igual de qué tipo sean.

—¿Valen los de dibujos como ese? —Señala el que había dejado en el suelo, abierto por el dibujo de su abuela.

—Claro que sí. —Le acaricia la cabeza—. La segunda cosa es jugar mucho. Todos los días, en casa, en el cole, en la calle, sola y con los amigos.

—¡Eso ya lo hago! —La sonrisa de Catia provoca una suave carcajada en Valentina.

—¡Estupendo! Sigue así. Y la tercera y última cosa es creer que puedes hacerlo, que puedes ser astronauta o lo que te guste. Y si alguien te dice que no, ¡no le hagas ni caso!

—¿También puedo ser médico como mamá? ¿Y policía? ¿Y peluquera? —Valentina afirma una y otra vez con la cabeza—. ¿Y conductora? ¿Y profesora? ¿Y nadadora? ¿Y…

—Vale, vale. ¡Lo que quieras! No lo tienes que decidir ahora, ya lo irás pensando.

Catia salta al suelo, recoge el libro y vuelve a sentarse en las piernas de su abuela.

—¿Me lo lees desde el principio?

—Claro. —Valentina lo cierra y comienza por el título—: Intrépidas. Los excepcionales viajes de 25 exploradoras.

Imagen de Carlos, del blog La estaca clavada.

Relato para el concurso de Zenda #SueñosdeGloria.

Valentina Tereshkova, la primera mujer en ir al espacio, el 16 de junio de 1963.

Primera mujer en ir al espacio

Viejo sueño, vida nueva

Fuegos artificiales

Quince minutos antes de la hora ya está preparado. Con la mirada fija en algún punto del interior de su mente, deja pasar el tiempo. No repara en el ruido de sus inspiraciones ni en el del corazón que por momentos triplica la fuerza y frecuencia del bombeo.

Catorce minutos después se levanta. Ahora sí. Eso por lo que tanto ha luchado, eso por lo que ha trabajado durante tantos años, lo tiene a sesenta segundos. Comienza a caminar hacia su sueño, mientras se pregunta por la inusitada quietud. Encuentra la respuesta al girar la última esquina: más personas de las que puede contar forman un pasillo humano que rompe a aplaudir al aparecer él. No alcanza a definir las caras mientras avanza, un paso tembloroso tras otro, pero ve muchas sonrisas y algunas lágrimas. Entonces, observa su mano derecha, como si no fuera suya, sacar la tarjeta del bolsillo y, por última vez, pasarla por la máquina de fichar.

«Jubilado», piensa y retiene cinco segundos el aire en los pulmones, antes de soltarlo de golpe. «¡Jubilado!», escucha en infinidad de voces mientras recibe abrazos, palmadas en la espalda y apretones en los brazos. Deja atrás los «felicidades», «ahora a disfrutar», «te echaremos de menos», «ven a visitarnos» y «estaremos en contacto» y se enfrenta al frío de enero.

Allí está ella. La mira e intuye una sonrisa que le pliega el rostro por los surcos que ha horadado ese gesto repetido a diario. Le baja la bufanda y se acerca hasta tocar los labios tan secos como los suyos, pero él los siente tan húmedos y tersos como cuando ella lo besó detrás del seto cuarenta y ocho años antes, justo antes de entrar en esa fábrica por primera vez.

Se separa lo justo para enfocar su cara y la cubre hasta la nariz con la bufanda, mientras le dice: «No necesitarás esto en Benidorm».

Imagen de Carlos, del blog La estaca clavada.

Relato para el concurso de Zenda #SueñosdeGloria.

 

Agrimony

reto de escritura

Su belleza, comparable a la de las diosas del Olimpo, su amplia sonrisa y la frescura de su caminar embelesaban a cuantos la veían en el mercado, ya fueran hombres, mujeres o niños. Solo una joven, tras un puesto de hierbas y remedios naturales, supo fijarse en sus ojos tristes.

Ese día, el ajetreo se paró por completo cuando llegó. Nadie entendía cómo podía resplandecer aún más; la única diferencia que le apreciaban era una flor amarilla prendida en el pelo. No dejaban de observarla; aun así, no la vieron guiñar uno de sus brillantes ojos a la herbolera.

Microrrelato para el reto Escribir jugando de mayo del blog de Lídia. Requisitos: Seguir leyendo

Flor amarilla sobre pared gris

Flor amarilla

Todas la miran al pasar. A todas inspira.

Compone la poeta versos sobre estrellas;

colorea la pintora, óleo sobre lienzo;

anota la botánica: taraxacum officinale;

relaciona la lingüista dientes, flores y leones;

cavila la mitóloga acerca de sentimientos tan prohibidos como eternos;

imagina la soñadora un cielo gris vencido por el sol,

se contagia la pesimista de su resiliencia.

La corta la enamorada para regalársela a su amor, sin saber que, en dos días una y en dos meses el otro, ambos se marchitarán.

Llora la poeta su musa,

llora la pintora su modelo,

llora la botánica su asterácea,

llora la lingüista su muestra,

llora la mitóloga su efigie,

llora la soñadora su fantasía,

llora la pesimista su mala fortuna.

Llora la niña que esperaba, impaciente, para soplar.

diente de león

Letras inspiradas por la fotografía de Paloma que encabeza esta entrada. Es una de las maravillosas imágenes que comparte en su perfil de Instagram.