Pan comido

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PAN COMIDO

—Perdona, esa furgoneta que vendes, ¿cuántos kilómetros tiene? —A Eva le encantaba, era justo el vehículo que quería, aunque tendría que observarla más detenidamente, por supuesto.

—¡Hola! 50.000 —le contestó Enrique.

—¡Qué pocos!

—Ya ves. La compré para usarla con mi exnovia, pero me dejó y no me gusta viajar solo.

—Vaya, qué pena.

—Sí, bueno, ya lo he superado. Aunque es un rollo cocinar para uno solo.

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La tortuga y el salmón

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LA TORTUGA Y EL SALMÓN

Una tortuga nadaba en aguas profundas del océano cuando llegó un salmón. Se cayeron muy bien y enseguida se hicieron inseparables. Pasaban todo el tiempo juntos, jugaban y reían sin parar. Un día se prometieron que serían amigos para siempre y nunca se separarían.

Poco a poco, los demás salmones volvían hacia el río del que vinieron, para remontarlo hasta el lugar en que nacieron y allí desovar. También las tortugas se marchaban, en busca de zonas del mar con más medusas para alimentarse.

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De siesta en siesta

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DE SIESTA EN SIESTA

La verdad es que soy un gato afortunado. No me puedo quejar de nada, pese a que mis compañeros de piso —por llamarlos de alguna manera—, son un poco raros. Y sucios, ¿puedes creerte que no se saben limpiar? Yo alucino. Para lavarse se mojan con agua. ¡Agua! Todos sabemos que es solo para beber. Pero son incapaces de pasarse la lengua por todo el cuerpo. Solo a veces, después de comer algo, se chupan los dedos, aunque más tarde los vuelven a poner bajo el grifo. No tiene sentido.

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En construcción

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EN CONSTRUCCIÓN

—Lo que usted diga, doctor Frankenstein. Comprobemos si lo he apuntado bien, por favor: las paredes, de un chalet del Mediterráneo; el tejado, de un refugio de los Pirineos; la chimenea, un tubo de escape de un camión; las ventanas, los ojos de buey de un barco y la puerta, de una autocaravana. ¿Correcto? Muy bien, le va a quedar una casa preciosa.

Microrrelato presentado a Relatos en Cadena. Requisitos:

-Primera frase: «Lo que usted diga, doctor Frankesnstein».

-Máximo 100 palabras.

Mezcolanza

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MEZCOLANZA

Es él. El único. Compañero, oyente, confidente. A veces amable y pacífico, a veces travieso e inquieto, a veces peligroso y violento.

Siempre embaucador, misterioso e inspirador. Envolvente, atrayente, seductor.

Es él. O ella. Qué más da. El mar, la mar…

Relato participante en el concurso de Zenda #UnMarDeHistorias.

Poco por aquí, poco por allá

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POCO POR AQUÍ, POCO POR ALLÁ

Cada mañana se vestía con el mismo traje, sin corbata; cogía el maletín y la mesa plegable y caminaba hasta la plaza. Una vez allí, en su esquina de siempre, montaba su puesto: desplegaba la mesa y la tapaba con un mantel de felpa negra que llegaba hasta el pavimento, colocaba la maleta en el suelo y la abría. Dentro, todo lo necesario para realizar sus numerosos trucos de magia.

Con la camisa y la chaqueta remangadas hasta los codos, deleitaba con su gran repertorio a niños y adultos. Los primeros asistían al espectáculo con los ojos abiertos y llenos de ilusión; los segundos se sorprendían e intentaban sin éxito descubrir el truco.

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Una de esas sonrisas

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UNA DE ESAS SONRISAS

Era con diferencia el empleado más risueño de la oficina. Cada mañana, aunque fuera lunes, llegaba silbando. Al cruzar la puerta, saludaba con un «hola» y una gran sonrisa, de esas en las que se enseñan todos los dientes y parece que los labios se van a agrietar por la tensión. De esas a las que es imposible no corresponder. A consecuencia de ello, todos le apreciaban.

Por eso a nadie le pasó desapercibido su cambio: primero dejó de silbar y después de sonreír. Mantenía una expresión seria y a menudo se llevaba una mano a la cabeza con rapidez, para rascarse, frotarse o mesarse el cabello.

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