Los girasoles

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Ilustración de Luna Paniagua

LOS GIRASOLES

No falta a su cita del veinte de junio. Conduce media hora y camina, fatigado, los cien metros hasta el cementerio. Lo rodea y se para frente a la tapia trasera, tan cubierta de hierbas y zarzas que ya apenas se distingue la piedra. Le sorprende que a esas alturas aún no haya moras. No le asombra, sin embargo, que los tres girasoles que plantó más de siete décadas atrás sigan en pie. Hace años dejó de llevar otros tres en el coche para reemplazarlos. Los mira con fijeza hasta que se vuelven borrosos.

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Un sombrero nuevo para una nueva vida

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UN SOMBRERO NUEVO PARA UNA NUEVA VIDA

La tienda era más grande de lo que Eli siempre había pensado al verla desde fuera. Aunque le sorprendió aún más que allí solo vendieran sombreros. A pesar del cartel sobre el escaparate: «La sombrerería», estaba segura de que habría más productos; cestas de mimbre, corbatas, fulares… algo de eso. Le parecía increíble que la gente comprara tantos sombreros como para que alguien pudiera vivir de ello. Seguir leyendo

¿Quién eres?

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¿QUIÉN ERES?

—¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto?

Ania preguntaba lo mismo cada vez que el portillo se abría y alguien dejaba comida dentro del cuarto en que se encontraba. No recibía respuesta. Solo le habló dos veces: una, para ordenarle que se callara, tras despertarse en aquel lugar, desorientada y asustada, y comenzar a gritar; la otra, para decirle que comiera, ya que en un principio no probaba nada de lo que daba. No prestó atención a aquella voz masculina, rasposa y con un acento indeterminado. Seguir leyendo

El hombre afortunado

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EL HOMBRE AFORTUNADO

Llevaba un hacha en la mano derecha y un leño en la izquierda. Colgó la herramienta en su lugar y entró en la cocina. Miró la chimenea: el fuego había prendido bien, de momento no necesitaría más madera, así que dejó la que portaba en el suelo. Se sentó con la espalda hacia las llamas. Comenzó a comer el jamón y el queso que le esperaban en la mesa desde que llegó. De vez en cuando le daba un trago a la bota rellenada con vino tinto.

Miró por la ventana. La primavera estaba al caer, pronto templaría y podría hacer eso mismo en la mesa de fuera. Sonrió. Tenía sesenta y cinco años y acababa de jubilarse. A partir de entonces, esa sería su vida; se sentía, sin duda, un hombre con suerte.

Relato para el taller de escritura de Literautas de junio. Requisitos: que el relato lleve por título El hombre afortunado. Reto opcional: que comience con la frase: «Llevaba un hacha en la mano».

 

La cueva del Dragón

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LA CUEVA DEL DRAGÓN

—Recuérdame por qué he venido contigo… —Ángel apenas podía seguir el ritmo de su hermana.

—Porque eres mi hermano mayor y tienes la errónea idea de que no sé cuidar de mí misma y debes hacerlo tú.

—Sara, entrar en una cueva que lleva más de ochenta años cerrada y de la que nadie en el pueblo quiere contar nada no parece un acto de responsabilidad.

—No es que no quieran, es que no saben. —La joven encendió la linterna frontal y Ángel la imitó. En breve se adentrarían lo suficiente como para que no entrara luz del exterior—. No queda nadie vivo de cuando la cerraron.

—¿Cómo que no? ¿Y el abuelo?

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En blanco

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EN BLANCO

Jon salió de su despacho. Miraba al suelo y se frotaba la frente con una mano. Con la otra cerró la puerta y se apoyó en ella. Ali, su mujer, se acercó y le acarició el hombro. Él levantó la cabeza y dejó expuestos unos ojos rojos y apagados, unas profundas ojeras y unas cuantas arrugas más que una semana antes.

—Ven a la cocina conmigo, he preparado té con limón —le dijo Ali con suavidad.

Jon giró la cabeza de lado a lado. No parecía sentir el roce de la mano de su mujer ni el cariño de su voz.

—¿Por qué me pasa esto ahora? ¿Por qué? —Una angustia apenas contenida desafinaba sus palabras.

—No te martirices más. Es algo normal. Has tenido suerte de que hasta ahora no te haya ocurrido. Piensa en otra cosa y verás como enseguida superas esta mala racha. Seguir leyendo

La bruja y el disco de Sabina

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LA BRUJA Y EL DISCO DE SABINA

Aquel martes era el primer día de mis vacaciones. A media tarde decidí que no podía pasar el día entero en casa y salí a dar un paseo por el barrio. Callejeando descubrí que habían abierto una tienda de discos, en el local donde hasta hacía pocos meses hubo una charcutería. La Diskería, se anunciaba en letras verdes sobre fondo amarillo. Empujé la puerta y entré mientras escuchaba un chirrido.

Me gustó mucho cómo habían decorado el interior: las paredes pintadas en color verde pistacho y los discos ordenados en estanterías de madera. Al fondo, tras el mostrador, me saludó una joven. Llevaba una camiseta de Kiss, tenía mechas moradas en su larga cabellera morena y los labios pintados de negro. Le devolví el saludo y me disponía a curiosear cuando la oí preguntar: Seguir leyendo

El poeta

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EL POETA

Ese catorce de febrero Carlitos llegó el primero a clase. Dejó un sobre rosa en la mesa de la profesora y se sentó en su pupitre, en la tercera fila. Se dio cuenta de que lo había puesto al revés; se levantó a toda prisa para darle la vuelta y que quedara hacia arriba lo que había escrito: «Para la señorita Elo». Regresó a su pupitre justo cuando sus compañeros comenzaban a entrar. Seguir leyendo

Inocencia a prueba de bombas

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INOCENCIA A PRUEBA DE BOMBAS

Sara observa a su hijo correr hacia la tienda de campaña, su hogar desde hace meses. No esquiva los charcos. «Este niño, ahora tendrá que estar dentro hasta secarse». Sufre al verlo en sandalias con este temporal. Les robaron las maletas en verano, al bajar del barco en que cruzaron el maldito mar que se tragó a su marido y a su hija pequeña. Por suerte le donaron unos calcetines. El pequeño llega hasta ella colorado y con una gran sonrisa.

—¡Mamá! Junaid dice que pronto será Navidad.

—Sí, cielo, pero…

—¿Crees que los Reyes Magos me traerán unas botas?

Microrrelato realizado para el taller de escritura de Literautas de diciembre.

Requisitios: máximo 100 palabras y que aparezca la palabra «navidad».

Reto opcional: incluir también las palabras «sandalia» y «barco».

I’m a believer

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I’M A BELIEVER

Cuando conseguí el trabajo en la gasolinera pensaba que iba a ser diferente. Creía que pasaría mi turno entretenida llenando depósitos, vendiendo artículos y dando indicaciones. Me había hecho a la idea de que vería pasar a mucha gente y charlaría animada y desenfadadamente con ellos. Y sí, hablo con los clientes… cuando vienen. Uno cada dos horas, como mucho.

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