Adela

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ADELA

Era más que un simple robot aspirador; mientras absorbía pelusas y polvo se podían oír coplas, un recopilatorio de Serrat o la radio. Fue el último regalo que Cosme le hizo a Adela. Desde que se mudó, ya jubilada, a un piso en un pequeño pueblo, Cosme no había escatimado en atenciones hacia ella. Vivían puerta con puerta y no pasaba un día sin que se vieran.

A Adela le gustaba aquel hombre de mirada tierna, voz suave y mente ingeniosa, pero no en sentido romántico. La primera vez que apareció con un regalo, un microondas reconvertido a pecera, lo rechazó para no darle falsas esperanzas, pero Cosme se disgustó tanto que al final lo aceptó. Dejó claro que no podía ofrecerle más que una amistad, y él contestó que a esas alturas con una buena compañía se conformaba.

A menudo paseaban, tomaban un café o iban al cine. Hasta que un día no le contestó al timbre. Adela recordó que tenía que hacer algún recado, aunque era raro que no hubiera vuelto a esas horas.

A la mañana siguiente se le cortó la respiración al ver una esquela con el nombre de su amigo en el portal. Tuvo que leerlo varias veces para convencerse. Comprobó asombrada que tenía una hermana. Cosme nunca le comentó que tuviera familia y dio por hecho que estaba solo como ella, a su edad no era raro si no se había tenido hijos.

Esa tarde fue al velatorio, nerviosa, ya que nadie iba a conocerla. Deseaba saber qué había ocurrido, y despedirse de aquel hombre que tan amable había sido con ella. Solo acompañaba al difunto una mujer. Adela saludó y explicó quién era; ella se presentó como Mariana, la hermana. Le pareció diferente a Cosme por completo, tanto en el físico como en la personalidad: a pesar de los ojos llorosos se adivinaba un fuerte carácter.

Le contó que le dio un infarto mientras iba en el autobús a la ciudad, seguramente a comprar material para sus «inventos inútiles». Cuando Adela le dijo que ella tenía varios en casa y no solo eran útiles sino divertidos, Mariana se dejó caer en una silla y comenzó a llorar. Entre sollozos explicó que hacía años que no hablaban, perdieron el contacto un día que le llamó loco y le dijo que no servía para nada y que debía buscar un trabajo serio. Y también —se intensificó su llanto— que no le extrañaba que estuviera solo. Se arrepentía tanto que le dolía el alma. Además, ella también estaba sola, ninguno de los dos se había casado y en lugar de estar juntos habían dejado pasar la vida sin saber nada el uno del otro. «Tú no eres de la familia» le dijo a Adela, «y sin embargo lo conoces mucho mejor que yo».

Adela intentó consolarla y para animarla se ofreció a ayudarle a recoger la casa de Cosme, y mientras tanto le hablaría de él. Así lo hicieron y comprobaron con agrado que congeniaban. Comenzaron a quedar también para pasear o tomar algo. Hablaban durante horas, y Adela se sentía cada vez más a gusto en su compañía. Mariana tenía una personalidad arrolladora que le hacía desear estar siempre junto a ella y sonreír en cuanto la veía.

Una tarde de otoño Mariana apareció en su casa con una película: La vida de Adele. Dijo que le pareció gracioso porque casi era su nombre. Se sentaron en el sofá para verla. Adela siguió la historia con la boca abierta y el cuerpo en tensión. Aquella joven descubre que lo que se supone que debe sentir por un hombre lo siente por una mujer. A medida que pasaban las escenas Adela comprendía. Entendía por qué renunció a casarse con Paquito en el último momento, por qué nunca tuvo un noviazgo duradero y por qué los pocos intentos de tener una relación más íntima habían fracasado.

Cuando acabó la película Mariana le posó con suavidad una mano sobre la suya, la miraba con los ojos fijos y expectantes. Y Adela entendió por qué, aunque lo deseaba, no pudo enamorarse de Cosme, pero se despertaba sudorosa pensando en Mariana y no podía volverse a dormir, nerviosa porque llegara una hora decente para llamarla por teléfono y oír su voz.

Y entonces Mariana la besó. Azorada como una adolescente, vio acercarse sus labios y los recibió con un leve temblor. Cerró los ojos y se dejó llevar.

Relato para el taller de escritura de Literautas de octubre.

Propuesta: debe comenzar por «Era más que un simple robot» y no tener más de 750 palabras.

Reto opcional: que el texto cuente una historia de amor.

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INMOVILIDAD

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INMOVILIDAD

Susana esperaba despertar en cualquier momento. Aquello solo podía ser un sueño, o mejor dicho, una pesadilla. Era incapaz de mover ni una articulación, y no sabía si no podía ver o era abrir los ojos lo que no conseguía. Intentaba hablar pero tampoco su boca realizaba ningún movimiento.

Desconocía cuánto tiempo llevaba así, pero se le antojaba una eternidad. La angustia iba arrasando con todo resto de paciencia que pudiera aún conservar. Respiraba con rapidez y tenía la sensación de que sus pulmones no se llenaban por completo.

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EL MENTIROSO

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EL MENTIROSO

Ocurrió un día de mediados de abril; buscaba una tienda de disfraces en un barrio de la periferia. Me habían dicho que allí vendían los complementos más originales de toda la ciudad, y  necesitaba un antifaz muy especial para la fiesta de ese sábado de mi amiga María. Cada año organizaba una variando el complemento; pelucas, sombreros, gafas… Este tocaban máscaras y yo quería deslumbrar.

Andaba desorientada por calles desconocidas, intentando orientarme con el GPS del móvil, cuando oí un estruendo y en cuestión de minutos el cielo se tornó gris amenazante. Con razón ya que no pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a caer piedras de hielo de tamaño considerable.

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