En el aire

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EN EL AIRE

No sé cuántas veces me han preguntado si me arrepiento. Bueno, sí lo sé, exactamente el mismo número de veces que he contestado que no. No me arrepiento, en absoluto. Ese pipiolo era un creído, un usurpador, un provocador, un mal que había que erradicar. Apareció con su donaire de los veinte apenas pasados, su metro ochenta y cinco y su sonrisa de estudiada despreocupación. La versión oficial era que estaba de prácticas; sin embargo, yo lo calé enseguida: quería quitarme el puesto de presentador. A mí, con lo que me había costado ponerme al frente del concurso. No iba a dejar que me desbancara, por supuesto que no.

Todo el mundo era feliz hasta que él llegó y trajo consigo esa atmósfera de desconfianza y malestar. Por eso los demás también lo odiaban, aunque lo disimulaban mejor que yo. Le reían las gracias, lo acompañaban mientras se tomaba su batido de chocolate —por dios, ni siquiera era capaz de beber café solo, como un hombre de verdad— y hasta había quien quedaba con él fuera del horario de grabación. Yo sabía que era una estrategia: ganarse su confianza para que, cuando menos lo esperara, hacerle lo que solo yo conseguí hacerle. Ay, amigos, llegué el primero una vez más y os quedasteis con las ganas. Por eso ningún compañero viene a verme, están celosos porque ellos no lo consiguieron, no asumen mi victoria.

Porque así es, gané yo. De un solo golpe. Certero y seco, en la nuca. Es cierto que perdí el trabajo y ya llevo una buena temporada sin ser libre, y lo que aún me queda; pero me sirven comida tres veces al día, paseo por el patio y puedo mirar al cielo y sentir el sol, el viento o la lluvia en la cara. Además, dispongo de un colchón para descansar y veo a mi familia de vez en cuando. ¿Y él? ¿Qué tiene él? Una caja de madera y un cuerpo en descomposición, ja, ja. Chúpate esa, pringado. Seguro que su piel ya no es tan tersa, y su barbita de niño pijo se ha convertido en un matojo de pelo graso.

No negaré que a veces me gustaría salir de aquí, sobre todo después de recibir alguna paliza o… llamémoslas efusivas muestras de afecto no correspondidas por mi parte. Qué le voy a hacer, es el lastre que arrastramos las personas como yo, a cambio de ser los mejores en todo: despertamos los celos en los demás, y es por todos sabido que la envidia saca lo peor de cada uno. En fin. Pero a lo que iba, en esos momentos, hay algo que siempre me anima y me reafirma en la excelencia de mi acto: cierro los ojos y visualizo al mocoso, cae a cámara lenta y de la parte de atrás de la cabeza brota una estela de rojo carmesí. Y, para dejar patente una vez más que un servidor nació con estrella, su frente impacta contra un pulsador que enciende un cartel luminoso frente a las sillas vacías del público: APLAUSOS.

Relato para el taller de Literautas de octubre. Requisito: que contenga la frase «Todo el mundo era feliz hasta que…». Reto opcional: que la última palabra del relato sea «aplausos».

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Los girasoles

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Ilustración de Luna Paniagua

LOS GIRASOLES

No falta a su cita del veinte de junio. Conduce media hora y camina, fatigado, los cien metros hasta el cementerio. Lo rodea y se para frente a la tapia trasera, tan cubierta de hierbas y zarzas que ya apenas se distingue la piedra. Le sorprende que a esas alturas aún no haya moras. No le asombra, sin embargo, que los tres girasoles que plantó más de siete décadas atrás sigan en pie. Hace años dejó de llevar otros tres en el coche para reemplazarlos. Los mira con fijeza hasta que se vuelven borrosos.

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Un sombrero nuevo para una nueva vida

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UN SOMBRERO NUEVO PARA UNA NUEVA VIDA

La tienda era más grande de lo que Eli siempre había pensado al verla desde fuera. Aunque le sorprendió aún más que allí solo vendieran sombreros. A pesar del cartel sobre el escaparate: «La sombrerería», estaba segura de que habría más productos; cestas de mimbre, corbatas, fulares… algo de eso. Le parecía increíble que la gente comprara tantos sombreros como para que alguien pudiera vivir de ello. Seguir leyendo

¿Quién eres?

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¿QUIÉN ERES?

—¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto?

Ania preguntaba lo mismo cada vez que el portillo se abría y alguien dejaba comida dentro del cuarto en que se encontraba. No recibía respuesta. Solo le habló dos veces: una, para ordenarle que se callara, tras despertarse en aquel lugar, desorientada y asustada, y comenzar a gritar; la otra, para decirle que comiera, ya que en un principio no probaba nada de lo que daba. No prestó atención a aquella voz masculina, rasposa y con un acento indeterminado. Seguir leyendo

El hombre afortunado

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EL HOMBRE AFORTUNADO

Llevaba un hacha en la mano derecha y un leño en la izquierda. Colgó la herramienta en su lugar y entró en la cocina. Miró la chimenea: el fuego había prendido bien, de momento no necesitaría más madera, así que dejó la que portaba en el suelo. Se sentó con la espalda hacia las llamas. Comenzó a comer el jamón y el queso que le esperaban en la mesa desde que llegó. De vez en cuando le daba un trago a la bota rellenada con vino tinto.

Miró por la ventana. La primavera estaba al caer, pronto templaría y podría hacer eso mismo en la mesa de fuera. Sonrió. Tenía sesenta y cinco años y acababa de jubilarse. A partir de entonces, esa sería su vida; se sentía, sin duda, un hombre con suerte.

Relato para el taller de escritura de Literautas de junio. Requisitos: que el relato lleve por título El hombre afortunado. Reto opcional: que comience con la frase: «Llevaba un hacha en la mano».

 

La cueva del Dragón

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LA CUEVA DEL DRAGÓN

—Recuérdame por qué he venido contigo… —Ángel apenas podía seguir el ritmo de su hermana.

—Porque eres mi hermano mayor y tienes la errónea idea de que no sé cuidar de mí misma y debes hacerlo tú.

—Sara, entrar en una cueva que lleva más de ochenta años cerrada y de la que nadie en el pueblo quiere contar nada no parece un acto de responsabilidad.

—No es que no quieran, es que no saben. —La joven encendió la linterna frontal y Ángel la imitó. En breve se adentrarían lo suficiente como para que no entrara luz del exterior—. No queda nadie vivo de cuando la cerraron.

—¿Cómo que no? ¿Y el abuelo?

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En blanco

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EN BLANCO

Jon salió de su despacho. Miraba al suelo y se frotaba la frente con una mano. Con la otra cerró la puerta y se apoyó en ella. Ali, su mujer, se acercó y le acarició el hombro. Él levantó la cabeza y dejó expuestos unos ojos rojos y apagados, unas profundas ojeras y unas cuantas arrugas más que una semana antes.

—Ven a la cocina conmigo, he preparado té con limón —le dijo Ali con suavidad.

Jon giró la cabeza de lado a lado. No parecía sentir el roce de la mano de su mujer ni el cariño de su voz.

—¿Por qué me pasa esto ahora? ¿Por qué? —Una angustia apenas contenida desafinaba sus palabras.

—No te martirices más. Es algo normal. Has tenido suerte de que hasta ahora no te haya ocurrido. Piensa en otra cosa y verás como enseguida superas esta mala racha. Seguir leyendo

La bruja y el disco de Sabina

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LA BRUJA Y EL DISCO DE SABINA

Aquel martes era el primer día de mis vacaciones. A media tarde decidí que no podía pasar el día entero en casa y salí a dar un paseo por el barrio. Callejeando descubrí que habían abierto una tienda de discos, en el local donde hasta hacía pocos meses hubo una charcutería. La Diskería, se anunciaba en letras verdes sobre fondo amarillo. Empujé la puerta y entré mientras escuchaba un chirrido.

Me gustó mucho cómo habían decorado el interior: las paredes pintadas en color verde pistacho y los discos ordenados en estanterías de madera. Al fondo, tras el mostrador, me saludó una joven. Llevaba una camiseta de Kiss, tenía mechas moradas en su larga cabellera morena y los labios pintados de negro. Le devolví el saludo y me disponía a curiosear cuando la oí preguntar: Seguir leyendo

El poeta

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EL POETA

Ese catorce de febrero Carlitos llegó el primero a clase. Dejó un sobre rosa en la mesa de la profesora y se sentó en su pupitre, en la tercera fila. Se dio cuenta de que lo había puesto al revés; se levantó a toda prisa para darle la vuelta y que quedara hacia arriba lo que había escrito: «Para la señorita Elo». Regresó a su pupitre justo cuando sus compañeros comenzaban a entrar. Seguir leyendo

Inocencia a prueba de bombas

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INOCENCIA A PRUEBA DE BOMBAS

Sara observa a su hijo correr hacia la tienda de campaña, su hogar desde hace meses. No esquiva los charcos. «Este niño, ahora tendrá que estar dentro hasta secarse». Sufre al verlo en sandalias con este temporal. Les robaron las maletas en verano, al bajar del barco en que cruzaron el maldito mar que se tragó a su marido y a su hija pequeña. Por suerte le donaron unos calcetines. El pequeño llega hasta ella colorado y con una gran sonrisa.

—¡Mamá! Junaid dice que pronto será Navidad.

—Sí, cielo, pero…

—¿Crees que los Reyes Magos me traerán unas botas?

Microrrelato realizado para el taller de escritura de Literautas de diciembre.

Requisitios: máximo 100 palabras y que aparezca la palabra «navidad».

Reto opcional: incluir también las palabras «sandalia» y «barco».