El fin del mundo

Fisterra

Imagen de Carlos – La estaca clavada

—¿A dónde vamos?

—Juntas, al fin del mundo.

Sesenta años después resonaba esa respuesta en su memoria, mientras su vista cansada se perdía donde no distinguía si era cielo o mar. Había conducido muchas más horas de las que las lumbares aguantaban sin atormentarla, pero no quiso hacer noche por el camino. Eso le habría impedido cumplir el plan propuesto: recrear aquel primer viaje con Pili en su Seiscientos, marcado por tantas primeras veces.

Había madrugado más que el sol. Aún era de noche cuando dejó atrás Debagoiena y se adentró en la sinuosa carretera del puerto de Kanpazar. Las primeras luces del día le permitieron distinguir la torre de Petronor. Cuánto mejor la vista hacia el otro lado, a la oscura playa de la Arena, que en unas horas comenzaría a llenarse y en donde, ese verano, solo los más madrugadores conseguirían sitio. Seguir leyendo

El problema de Crato

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Ilustración propia

(Relato infantil)

Mi abuela es bruja. Pero no se lo puedo contar a mamá ni a papá porque no me dejarían ir a verla. Cuando están ellos hace cosas normales, pero cuando se van y nos quedamos solas… deja las cosas quietas en el aire, enciende y apaga la luz sin tocar el interruptor, hace que la coliflor huela a chuches, cambia el color de mi ropa y otras cosas raras. Y lo mejor de todo es que deja suelto a Crato.

Crato es nuestra mascota. También es mía porque yo ayudé a hacerla. El cuerpo es una caja de zapatos, la cabeza un globo hinchado en el que dibujé una cara de gato, las patas de delante dos cucharas, las de atrás dos palillos chinos y la cola cuatro trozos de lana. La abuela hizo un hechizo y anda, corre, salta, come, bebe y hace un ruido parecido al de un gato. Seguir leyendo

Tres reyes y un pastorcillo

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Ilustración  propia

—Ya sabía yo que esto acabaría pasando… —Se dijo Melchor a sí mismo, mientras giraba la cabeza de un lado a otro e intentaba ignorar la desde esa madrugada incesante discusión a sus espaldas.

—Es que no entiendo por qué no puedes contarme lo que has hecho cuando te has levantado esta noche —decía Gaspar por enésima vez.

—Te lo he contando mil veces —respondía Baltasar en el mismo tono con el que le hablaría a un niño —, me sentó mal la cena que nos dieron en ese campamento y tuve que salir corriendo a vaciar el vientre.

—Ya, y ¿por qué te demoraste tanto en volver? Y no mientas, que te estuve esperando despierto, ¡sé lo que tardaste!

—Me costó encontrar algo con lo que limpiarme, ¿tú has visto una sola hoja en este maldito desierto? ¿Qué querías, que me lavara con la túnica?

—Y fuiste a buscarlo a la borda de ese pastorcillo, ¿no? Y yo como un idiota esperándote para darte calor… —Gaspar comenzó a sollozar.

—¡Que no he estado con ningún pastor! —Por primera vez, Baltasar levantó la voz.

—¡¿Con quién, entonces?!

—¡Con nadie! ¡Que fui a cagar! ¡¿Cómo demonios tengo que decírtelo?!

—¡Basta ya! —La profunda voz de Melchor detuvo la discusión y los gimoteos de Gaspar—. No sois adolescentes, sois reyes, comportaos como tales de una vez. Y dejadme concentrarme en la estrella guía. Me despistáis y acabaremos por perdernos y no llegaremos a darle sus regalos al Niño.

—Para lo que este le lleva —murmuró Gaspar—, mirra… ¿A quién se le ocurre llevarle a un recién nacido una sustancia para embalsamar muertos? Si es que no tiene sensibilidad ninguna, ya me estoy dando cuenta…

—También sirve para otras cosas —respondió Baltasar mientras pensaba que todo lo que aquel hombre tenía de atractivo lo tenía de inculto —. Además, y ¿tú qué? ¿Incienso? Oh, eso sí que es útil…

—Pues claro que lo es, para mantener un buen ambiente y combatir los efluvios de las deposiciones del Niño. Porque los bebés sí que cagan a todas horas, no como tú, que dices que lo haces, pero te vas con ese past…

—¡Que no he estado con ningún pastor!

Melchor azuzó a su camello para que fuera más rápido y el resto del camino mantuvo una distancia mayor con los otros dos reyes. Seguía oyéndolos, pero más lejos y le costaba menos mantener la vista en la estrella.

Cuando por fin llegaron al portal de Belén, los tres se quedaron maravillados. Era pequeño, justo entraban María, José, el Niño, y una mula y un buey que los calentaban. Eran pobres pero el ambiente que se respiraba destilaba riqueza en amor. Melchor hizo las presentaciones y les ofrecieron sus presentes. Tras dejar el suyo en último lugar, Baltasar posó su mano sobre la de Melchor, quien lo miró de reojo intentando mantener el semblante serio, para finalmente ofrecerle una sonrisa. No necesitaron palabras, sus miradas se dijeron lo mucho que se querían y deseaban terminar con esa tonta discusión.

Tras descansar y dar bebida y comida a los camellos, los tres reyes emprendieron el viaje de vuelta. Melchor los dirigía, convencido de que el regreso sería más tranquilo. Sin embargo, la voz de Gaspar lo sacó de su error:

—Has mirado demasiado a José.

—No empieces —respondió Baltasar en tono conciliador—, ya sabes que solo tengo ojos para ti.

—No pasa nada, si te ha gustado me lo dices y ya está, nadie dice que no podamos mirar a otros.

—No tengas duda de que yo solo te quiero a ti, pero… la verdad es que José tiene unos ojos muy bonitos.

—¡Lo sabía! —Gaspar se detuvo y giró el camello para mirar a Baltasar—. Y el pastor, ¿eh? ¡¿Qué tenía bonito, además de los ojos?!

—¡Que no estuve con ningún pastor, maldito celoso paranoico!

Melchor apretó el paso. Mejor dicho: hostigó a su camello para que corriera como nunca en su vida. Él se iba solo, ya habían cumplido su misión y no tenía que aguantarlos más. Por él, como si se quedaban perdidos en el desierto para siempre… entre pastorcillos.

Con este relato participo en el concurso de Zenda #cuentosdeNavidad.

Mi primer viaje

mi primer viaje

Imagen de Jose Antonio Alba en Pixabay

No puedo dejar de sonreír y saltar: ¡nos vamos de vacaciones! He estado nerviosa desde que me lo contaron y hoy aún más, porque ¡por fin ha llegado el día! La verdad es que parece que soy yo la única de la familia que está contenta; supongo que será porque también soy la única que nunca ha salido de la ciudad. Cuando solo estaba mi hermana Sara viajaban por los menos dos veces al año, y antes de nacer ella lo hacían mis padres solos. Y ahora nos vamos los cuatro, ¡qué emoción!  

Mamá ha preparado una mochila para cada uno, y una maleta con ruedas para papá y otra para ella. Como no tenemos coche y por aquí ya no pasan autobuses, debemos ir andando. No sé cuánto tiempo ni hasta dónde; no me lo quieren decir, ¡es una sorpresa! Llevo a Mufli, mi conejita de tela, en brazos. Canto, salto, y corro alrededor de mi familia. Sara no quiere jugar conmigo; últimamente se cree muy mayor y hace todo como los adultos, qué aburrida. Papá me grita todo el rato que ande normal o me cansaré el doble. Seguir leyendo

Andanzas nocturnas

mar en tempestad

Imagen de Fernando. Flickr

Los ronquidos de la abuela me recuerdan que estoy en casa de mis padres. Y luego dirá que no puede dormir por los dolores. Por si no fuera suficiente haber tenido que volver, además comparto mi antigua habitación con ella. Que yo la quiero mucho; pero antes me leía un cuento al acostarme y ahora me duermo oyendo sus oraciones y el sonido de las cuentas del rosario.

Enciendo la pantalla del móvil; pasan siete minutos de las tres de la mañana. Con cuidado me levanto y salgo de la habitación. Entro al baño y solo después de haber cerrado la puerta enciendo la luz. Me miro en el espejo. Hay algo raro en el reflejo; una especie de ondas desdibuja apenas mi imagen. Un presentimiento se adueña de mí y la tripa me cosquillea. Es una locura: presiento que un mundo fantástico me espera tras el espejo. Me acerco despacio, hasta que mi nariz casi roza el cristal. Cierro los ojos. A la de una, a la de dos, a la de tres. Con fuerza me lanzo hacia delante y… Seguir leyendo

Ni lágrimas ni olvido

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Imagen de Indalecio Ojanguren

NI LÁGRIMAS NI OLVIDO

Ya sé lo que piensas: que lloro porque tengo miedo a la muerte, ¿a que sí? Es normal que te lo parezca, al fin y al cabo soy un viejo de 85 años que ya no puede ni levantarse de la cama para hacer sus necesidades. Pero no. No me asusta morir; al contrario, cuando el Señor decida llevarme a su lado, por fin mi conciencia se acallará. Bueno, el Señor o lo que sea, yo ya no sé ni qué creer. No me mires con esa cara, no son delirios de un viejo chocho. Si quieres, te cuento lo que me ocurre. ¿Sí? Muy bien, supongo que tienes tiempo. Espero tenerlo yo también… Sin embargo, antes de empezar, prométeme una cosa: que no te lo guardarás para ti solo. Haz que España lo sepa. No lo olvides. Seguir leyendo

Orreaga, 778

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ORREAGA, 778

Roncesvalles, 15 de agosto de 778.

Bihox permanecía quieto en el lugar que su padre le había indicado: agazapado tras un árbol. Era la primera vez que iba a tomar parte en un ataque. Aunque aún debía esperar a la siguiente siembra para ser considerado adulto, habían hecho una excepción con él y los de su tiempo, ya que necesitaban juntarse el mayor número de guerreros posible y, aún así, serían inferiores al enemigo.

Las cuerdas que ataban sus abarcas, desde el tobillo a la rodilla, le apretaban demasiado. Las piernas se le comenzaban a entumecer. El pelo, que le llegaba hasta los hombros, se le pegaba a la frente, empapada por el sudor, y le dificultaba la visión. Constantemente lo retiraba y lo metía por detrás de las orejas. Miró a su padre y a los otros dos hombres que veía desde su posición: no parecía que a ellos les molestara el cabello. Se fijó en que les goteaban las tupidas barbas; por lo menos, él no tenía ese problema, apenas habían comenzado a crecerle algunos pelos debajo de la nariz. Seguir leyendo

En busca del amor

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EN BUSCA DEL AMOR

Muy despacio levanta la cabeza. Tiene los ojos cerrados, pero sabe que está frente al espejo. La incertidumbre le apremia y el nerviosismo le paraliza. Retiene el aire y cuenta hasta tres: uno, dos… y tres. Abre los ojos. Espira con ímpetu. El mentón prominente, la cicatriz en el pómulo, la nariz torcida, los ojos pequeños y la frente demasiado amplia. Se deja caer hasta quedar sentado en el suelo y se golpea la cara con los puños. Tampoco esta vez ha funcionado. Experimentos, pócimas, ungüentos… nada consigue cambiarle el aspecto, así, ¿cómo impresionará a Margarita? Seguir leyendo

En el aire

en el aire

EN EL AIRE

No sé cuántas veces me han preguntado si me arrepiento. Bueno, sí lo sé, exactamente el mismo número de veces que he contestado que no. No me arrepiento, en absoluto. Ese pipiolo era un creído, un usurpador, un provocador, un mal que había que erradicar. Apareció con su donaire de los veinte apenas pasados, su metro ochenta y cinco y su sonrisa de estudiada despreocupación. La versión oficial era que estaba de prácticas; sin embargo, yo lo calé enseguida: quería quitarme el puesto de presentador. A mí, con lo que me había costado ponerme al frente del concurso. No iba a dejar que me desbancara, por supuesto que no. Seguir leyendo

El abuelo me tiene manía

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EL ABUELO ME TIENE MANÍA

—No vas a tocarla en tu vida, rapaz.

Esa es la respuesta que recibí de mi abuelo la primera vez que le pedí su bicicleta. Ocho palabras que desencadenaron las lágrimas del niño de cuatro años que yo era entonces.

—¡Padre! No le diga eso al niño. Mire qué disgusto le ha dado. —Mi madre me acarició la cabeza y yo me agarré a su pierna más fuerte de lo que nunca, años después, me agarraría a ninguna farola de vuelta a casa tras salir de fiesta. —Déjele, solo es una bicicleta.

—No es solo una bicicleta. —El abuelo achinó los ojos y movió el dedo índice de la mano derecha delante de la cara de mi madre—. Es mi compañera, juntos somos una máquina perfecta. No quiero que ningún mocoso la estropee. Seguir leyendo