El abuelo

EL ABUELO

Fue un gran disgusto para mí que mi abuelo muriera. No me crié con él, ni hizo de padre conmigo, ni nada de eso. Ni siquiera le veía a diario; vivía demasiado lejos. Pero pasé todos los veranos con él hasta que cumplí dieciséis años, hace cuatro, cuando decidieron internarlo en una residencia.

Vivía en un pequeño pueblo del Pirineo occidental, Carmio, en una casa de dos plantas y sótano. Mi abuela murió en un accidente de autobús al poco de nacer mi madre y no se volvió a casar. Me llevaban allí a finales de junio, al acabar las clases, y me recogían a mediados de agosto, cuando mis padres comenzaban las vacaciones, para viajar los tres juntos.

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Golpes en la puerta

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GOLPES EN LA PUERTA

Nada mejor que una relajante ducha después de un largo y duro día de trabajo. Elena corrió la cortina y estaba metiendo una pierna en la bañera cuando oyó arañazos y maullidos lastimeros al otro lado de la puerta. Volvió a apoyar el pie en el suelo; con una sonrisa maternal abrió y entró veloz una peluda sombra negra.

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Adela

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ADELA

Era más que un simple robot aspirador; mientras absorbía pelusas y polvo se podían oír coplas, un recopilatorio de Serrat o la radio. Fue el último regalo que Cosme le hizo a Adela. Desde que se mudó, ya jubilada, a un piso en un pequeño pueblo, Cosme no había escatimado en atenciones hacia ella. Vivían puerta con puerta y no pasaba un día sin que se vieran.

A Adela le gustaba aquel hombre de mirada tierna, voz suave y mente ingeniosa, pero no en sentido romántico. La primera vez que apareció con un regalo, un microondas reconvertido a pecera, lo rechazó para no darle falsas esperanzas, pero Cosme se disgustó tanto que al final lo aceptó. Dejó claro que no podía ofrecerle más que una amistad, y él contestó que a esas alturas con una buena compañía se conformaba.

A menudo paseaban, tomaban un café o iban al cine. Hasta que un día no le contestó al timbre. Adela recordó que tenía que hacer algún recado, aunque era raro que no hubiera vuelto a esas horas.

A la mañana siguiente se le cortó la respiración al ver una esquela con el nombre de su amigo en el portal. Tuvo que leerlo varias veces para convencerse. Comprobó asombrada que tenía una hermana. Cosme nunca le comentó que tuviera familia y dio por hecho que estaba solo como ella, a su edad no era raro si no se había tenido hijos.

Esa tarde fue al velatorio, nerviosa, ya que nadie iba a conocerla. Deseaba saber qué había ocurrido, y despedirse de aquel hombre que tan amable había sido con ella. Solo acompañaba al difunto una mujer. Adela saludó y explicó quién era; ella se presentó como Mariana, la hermana. Le pareció diferente a Cosme por completo, tanto en el físico como en la personalidad: a pesar de los ojos llorosos se adivinaba un fuerte carácter.

Le contó que le dio un infarto mientras iba en el autobús a la ciudad, seguramente a comprar material para sus «inventos inútiles». Cuando Adela le dijo que ella tenía varios en casa y no solo eran útiles sino divertidos, Mariana se dejó caer en una silla y comenzó a llorar. Entre sollozos explicó que hacía años que no hablaban, perdieron el contacto un día que le llamó loco y le dijo que no servía para nada y que debía buscar un trabajo serio. Y también —se intensificó su llanto— que no le extrañaba que estuviera solo. Se arrepentía tanto que le dolía el alma. Además, ella también estaba sola, ninguno de los dos se había casado y en lugar de estar juntos habían dejado pasar la vida sin saber nada el uno del otro. «Tú no eres de la familia» le dijo a Adela, «y sin embargo lo conoces mucho mejor que yo».

Adela intentó consolarla y para animarla se ofreció a ayudarle a recoger la casa de Cosme, y mientras tanto le hablaría de él. Así lo hicieron y comprobaron con agrado que congeniaban. Comenzaron a quedar también para pasear o tomar algo. Hablaban durante horas, y Adela se sentía cada vez más a gusto en su compañía. Mariana tenía una personalidad arrolladora que le hacía desear estar siempre junto a ella y sonreír en cuanto la veía.

Una tarde de otoño Mariana apareció en su casa con una película: La vida de Adele. Dijo que le pareció gracioso porque casi era su nombre. Se sentaron en el sofá para verla. Adela siguió la historia con la boca abierta y el cuerpo en tensión. Aquella joven descubre que lo que se supone que debe sentir por un hombre lo siente por una mujer. A medida que pasaban las escenas Adela comprendía. Entendía por qué renunció a casarse con Paquito en el último momento, por qué nunca tuvo un noviazgo duradero y por qué los pocos intentos de tener una relación más íntima habían fracasado.

Cuando acabó la película Mariana le posó con suavidad una mano sobre la suya, la miraba con los ojos fijos y expectantes. Y Adela entendió por qué, aunque lo deseaba, no pudo enamorarse de Cosme, pero se despertaba sudorosa pensando en Mariana y no podía volverse a dormir, nerviosa porque llegara una hora decente para llamarla por teléfono y oír su voz.

Y entonces Mariana la besó. Azorada como una adolescente, vio acercarse sus labios y los recibió con un leve temblor. Cerró los ojos y se dejó llevar.

Relato para el taller de escritura de Literautas de octubre.

Propuesta: debe comenzar por «Era más que un simple robot» y no tener más de 750 palabras.

Reto opcional: que el texto cuente una historia de amor.

Venganza

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VENGANZA

Amado llevaba quince años trabajando en aquel lugar, suficientes para que cualquiera perdiera la paciencia ante los diarios menosprecios e insultos. En realidad, quince años se cumplieron el día de la desgracia para los demás y la venganza cumplida para él. Fue un año antes cuando comenzó a prepararlo todo.

Tenía cuarenta años. Su madre quería ponerle Ramón, igual que el abuelo, pero cambió de opinión cuando, tras salir de sus entrañas, vio que su pequeño tenía una malformación en la pierna izquierda. Decidió llamarle Amado para que nunca olvidara que, a pesar de su tara, era querido con locura. 

A los veinticinco años opositó y consiguió una plaza de limpiador en un edificio municipal. Debía pasar varias horas moviéndose, pero no le importaba; aunque cojeaba no sufría dolores. Solo le dolía si intentaba andar sin renquear. Nadie lo sabía, pero cada día daba diez vueltas por el pasillo de su casa aprendiendo a andar bien. Veinte pasos desde la puerta del baño hasta la de la entrada y otros veinte de vuelta. Así diez veces. Ni una más, ni una menos. Consiguió hacerlo bien pero no sin dolor.

La ilusión con que Amado comenzó el trabajo fue mermando a base de encontrarse con un grupo de «compañeros» sin empatía ni educación. Eran en concreto cinco personas, de diferentes puestos, quienes todas las mañanas se juntaban en la máquina de café media hora antes que los demás. En menos de diez minutos ya tenían un cerco de vasos de plástico y colillas a sus pies.

El primer día Amado no dijo nada, ni la primera semana. Pero antes de que terminara su primer mes allí les pidió amablemente que tiraran la basura a la papelera. No les gustó. Contestaron que él no era nadie para decirles lo que tenían que hacer, y no solo continuaron ensuciando, sino que comenzaron a reírse de él y a llamarle «Amado el lisiado». Él apretaba los dientes y aguantaba los agravios en silencio, sospechaba que sería peor si se enfrentaba a ellos. Por suerte podía desahogarse con Miguel, el guarda. Habían trabado muy buena amistad y a menudo se refugiaba con él en su garita. Incluso le vigilaba las cámaras mientras iba al baño, todos los días sin excepción de 6.50 a 7.10 y de 14.00 A 14:20. «Mi intestino es como un reloj suizo» decía, y se reía.

Cuando prohibieron fumar dentro del edificio creyó que terminaría parte del problema, hasta que vio una máquina de café nueva en la calle. Y lo peor llegaba con la lluvia. Se formaba un charco delante de ellos y tiraban dentro las colillas. No soportaba tener que limpiar eso.  Le repugnaban los cigarros mojados y esa agua sucia que quedaba. Además, se le manchaba la escoba y también tenía que lavarla.

Por eso, doce meses antes del fatídico día para ellos, maravilloso para él, compró nitroglicerina mezclada con aluminio para estabilizarla en Kimikal.com. Se asombró de lo fácil que resultó conseguir un compuesto así; era verdad eso de que con internet no había nada imposible (siempre que pudieras pagarlo, por supuesto). Lo guardó en la despensa.

Dos meses antes del gran día consiguió que el médico le diera la baja aduciendo dolores en la pierna y en la espalda. Y la misma mañana, temprano y tras una noche lluviosa, se acercó caminando al edificio. Antes de girar en la última esquina se puso una barba postiza y la capucha de la sudadera negra que llevaba. La estiró para que la sombra escondiera la parte de su cara que quedaba a la vista. Avanzó hasta el semáforo y allí paró. Sabía, porque lo había visto infinitas veces mientras estaba con Miguel, que las cámaras de seguridad alcanzaban hasta la mitad del paso de cebra.

Miró el reloj: las 6:59. Era el momento. Cogió aire. La máquina de café estaba a unos trescientos cincuenta pasos. Podía hacerlo. Se irguió y comenzó a andar con la cabeza agachada y sin cojear. Llegó hasta la máquina y sacó del bolsillo el bote de nitroglicerina. Lo vació en el charco, dio media vuelta y desanduvo el camino, apretando los dientes en un vano intento de minimizar el dolor que le recorría el lado izquierdo, desde el tobillo hasta la cintura. Cruzó la carretera, se detuvo y miró hacia todos los lados, incluidas las ventanas de los edificios. No había nadie que pudiera reparar en él. Recuperó su andar renqueante y volvió a casa lo más rápido que pudo.

Le hubiera gustado quedarse a mirar, a una distancia prudencial; estar allí cuando tiraran la primera colilla al charco. Pero podría ser reconocido y no quería levantar sospechas. En lugar de eso comprobó constantemente las redes sociales, seguro de que serían más rápidas que las noticias. Acertó. A las 9:45 empezó el espectáculo. Había habido una explosión en la puerta de un edificio. Los testigos no escatimaron en imágenes ni en falta de escrúpulos. Pudo observar fotos y vídeos de sus «colegas» en llamas y desmembrados. Brazos y piernas humeantes y desamparados. Incluso le pareció ver una cabeza, no pudo distinguir de quién porque estaba bocabajo y tenía el cabello chamuscado.

Recordó eso que decían, que la venganza se sirve en plato frío. Sonrió. A él la suya le parecía muy, pero que muy caliente.

Reto 43 para Literup – Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.

Que no me encuentren

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QUE NO ME ENCUENTREN

Sacó la maleta de debajo de la cama. Metió algo de ropa, el neceser de viaje, la carpeta donde guardaba el pasaporte y toda la documentación importante, y varias cosas sin utilidad práctica pero que nunca dejaría atrás: la orla de la universidad, un álbum de fotos de su niñez,  una caja con monedas extranjeras y una figura de la Virgen de Guadalupe que le regaló su abuela.

Extrajo un sobre del bolsillo trasero del pantalón y lo dejó sobre la almohada. Lo volvió a coger y arrastrando la maleta fue hasta la cocina. Sacó la nota escrita por él y la leyó: «Hola Mónica, siento que te enteres de esta forma pero he conocido a otra persona y me voy con ella. Es definitivo. Quédate con todo pero no intentes buscarme. Gabriel». Deseaba escribirle que eso era lo más difícil que había hecho nunca, que la quería con locura y que nunca la olvidaría. Pero no podía. Porque ella tenía que pensar que su marido era una mala persona que no dudaba en hacerle daño, así le odiaría y le resultaría más fácil superarlo. Dejó la carta en la mesa y salió a la calle, con la sensación de haber ganado diez años en los últimos veinte minutos.

Caminó hasta la estación de autobuses concentrado en el traqueteo de las ruedas de la maleta, intentaba que el ruido no le permitiera pensar. Pasó por delante de la casa de apuestas y se detuvo unos segundos. Maldijo la primera vez que entró en ese lugar y continuó.

Subió al autobús que le llevaría a su destino sabiéndose observado. No se inmutó, era lo que esperaba. Bajó tres horas después en una pequeña ciudad, tomó un taxi hasta un ruinoso aparthotel, sacó una llave del bolsillo y se instaló en el apartamento de la planta baja que había reservado la semana anterior. Al dar las doce se despidió del lunes, convencido de que pasaría la noche dando vueltas por la pequeña estancia de una sola habitación con cama, mesilla, televisión y escasa cocina. El baño estaba equipado con lo justo y apestaba. Tuvo que cerrar la puerta porque sentía náuseas cuando pasaba por delante.

A la mañana siguiente fue andando hasta un supermercado cercano. De camino tiró la maleta a un contenedor. Compró algunos víveres y varios paquetes de tabaco; lo había dejado años atrás pero le pareció un buen momento para retomar esa nociva costumbre. Y con suerte disimularía el olor del baño.

Volvió al apartamento y vio pasar la semana abatido, desanimado y rendido. Apenas dormía; malcomía y no se aseaba. Pensaba en Mónica, en lo que podría estar haciendo. Rogaba que se hubiera enfadado lo suficiente como para decidir borrarle de su mente y de su vida lo más rápido posible. Tal vez había tirado su ropa a la basura. No, conociéndola, seguro que la donaría. Le atormentaba pensar que estaría sufriendo, pero a la vez le sosegaba recordarla.

La noche del sábado al domingo la pasó en vela. A media mañana se sentó en la cama, frente a la puerta, y permaneció quieto incluso cuando oyó unos golpes en la puerta. Esperó hasta que volvieron a sonar, más fuertes. Quiso gritar que estaba abierto pero su voz perdió intensidad al pasar por el nudo que tenía en la garganta y apenas se le oyó.

Aún así, entraron dos hombres fornidos que le recordaron a porteros de discoteca, y tras ellos alguien a quien ya conocía, aunque no su  nombre. Iba tan ridículo como la primera vez que le vio: traje granate, camisa amarilla y corbata verde. Tenía hecha la raya sobre la oreja derecha y el pelo le llegaba hasta el otro lado, en un vano intento de disimular su calvicie. Pensó que se parecía a Torrente. No le hizo gracia.

—Hola, Gabi. Te veo bastante desmejorado. ¿Tienes mi dinero? —dijo el recién llegado con voz rasgada.

Gabriel giró la cabeza de lado a lado. Había que fijarse mucho para notar el leve temblor de sus labios.

—Bueno —habló de nuevo. Sacó una pistola que hasta entonces tapaba con la chaqueta—. Entonces ya sabes lo que toca.

Le apoyó el cañón en la frente. Gabriel cerró los ojos y el temblor se le extendió por todo el cuerpo. No vio pasar su vida, solo apareció en su mente la cara de su mujer. Incluso en ese momento le preocupaba lo que pudiera estar padeciendo por su culpa. Por eso cuando escuchó la siguiente pregunta: «¿Alguna última voluntad?», no lo dudó:

—Que no encuentren mi cadáver.

Reto 41 para Literup – Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.

Pescando recuerdos

Cualquier parecido con darecadodemi NO es mera coincidencia.

darecadodemi

PESCANDO RECUERDOS

Estamos sentados en un banco del parque, con un amigo de Paulo. Hablan del tiempo, el atmosférico y el que no deja de pasar; de la huerta, de que le trato como a un crío y de cómo han cambiado las mujeres, «que hoy en día no se les puede decir ». Aunque cuenta Paulo que su abuela también tenía mucho carácter, una vez le dijo a su abuelo que se iba al baile, pero abrió y cerró la puerta y se escondió en la habitación pa darle un susto.

Su amigo se despide y cuando se aleja lo suficiente para que no nos oiga, me cuenta:

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Solo una vez

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No paró de correr desde el hospital hasta su casa. Recorrió en cinco minutos el camino para el que en condiciones normales hubiera necesitado casi veinte. Los cristales de los escaparates apenas tenían tiempo para reflejar el paso de un hombre bajo, de pelo rubio y corto, rollizo y vestido con traje gris y camisa.

Entró en su casa y cerró la puerta de un empujón, se sentó en el sofá y miró durante varios minutos la televisión apagada. No recordaba demasiado de la conversación que acababa de mantener con el médico, pero había tres palabras que no le abandonaban: VIH, positivo y SIDA.

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