¿Feliz? año nuevo

¿FELIZ? AÑO NUEVO

No fue una buena idea conocer a los padres de mi novia en la cena de Nochevieja. Debería haberle dicho que no, que pasaría la velada con mi familia. Hubiera sido una buena razón, muy comprensible, para negarme. Pero en lugar de eso acepté y allí fui, con mi traje impecable, una botella de vino y un ramo de flores. «Ay, no tenías que haber traído nada», dijo su madre, sin embargo su sonrisa y sus ojos transmitían que entraba con buen pie. Solo tenía que mantenerme alerta para no soltar alguno de mis comentarios fuera de contexto, esos que me habían costado, a corto o largo plazo, el resto de mis relaciones. Tenía que aguantar.

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Me he dormido

Comparto mi última colaboración en Letras & Poesía.

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ME HE DORMIDO

Viernes, 1 de diciembre de 2017. Pedro se despierta por el ruido de pasos y gritos de niños en el piso de arriba. De inmediato se incorpora en la cama y piensa: «¡Me he dormido!». Debería haberse levantado a las 5:15 para fichar puntual a las 6:00, tal y como lleva haciendo los últimos diez años. Mira hacia la mesilla, el radiorreloj marca las 9:37 —no es posible, ¿cómo he podido dormirme?—. Pegado a él, ve una nota que puede leer gracias a la luz que entra por las rejillas de la persiana: MIRA ESTO, y una flecha señalando hacia la derecha, a un álbum. Lo coge y lo abre. En la primera página hay una foto de Raquel y suya el día de su boda; debajo, unas líneas escritas con la inconfundible letra de su mujer:

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Concurso Fin de Año – Paula De Grei

Con este relato he quedado en el segundo puesto en el Concurso de Fin de Año de Paula De Grei. Gracias a Paula por la organización y a los que me votasteis, y felicidades a Angeles Luca por el primer puesto.

Podéis leer a todos los participantes aquí.

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RIVAL PARA TODA LA VIDA

La odié desde que nació, pero ya veis, aquí estoy, llorando en su boda. Aunque siempre he sido un hombre serio, no puedo evitar emocionarme al ver a mi hermanita vestida como una princesa, radiante de felicidad y brindando con el hombre de su vida por un futuro en común.

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Una campana, dos olas y mucho amor

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Lekeitio –  Imagen propia

UNA CAMPANA, DOS OLAS Y MUCHO AMOR

Llevo tanto tiempo en este hospital que ya lo siento como un segundo hogar. Y al personal, de la familia: la enfermera que me habla como si fuera un niño; la que no debe de tener vocación, porque siempre está enfadada; el médico serio y profesional, con ese tono neutro; la limpiadora que canta canciones de Manolo Escobar y me alegra el día entre el carro y la minifalda de los partidos; y mi preferida, la auxiliar que dice que ha dejado de fumar, pero yo sé que no, porque el chicle de clorofila no enmascara el olor.

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¿Hasta cuándo?

¿HASTA CUÁNDO?

Algunas noches, muchas, no puedo dormir. Le oigo gritar desde la cama, y a mamá diciendo algo en voz más baja. Unas veces me tapo la cabeza con la almohada y cierro los ojos muy fuerte hasta que me duermo. Otras, las que más, me levanto y les escucho escondido desde el cuarto de la plancha. Mamá le pide por favor que hable más bajo o despertará al niño. «Tú a mí no me dices lo que tengo que hacer». Golpes, gritos, ruegos, insultos, un portazo y sollozos. Siempre lo mismo, durante más o menos tiempo. Hasta el portazo. El portazo indica que llega la calma. Hasta la próxima.

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La princesa Catalina

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LA PRINCESA CATALINA

María Catalina Isabel Victoria Alexia era la joven princesa de un pequeño reino. Traía de cabeza a su padre, el rey, ya que no ponía ningún interés en su formación como futura reina. Le gustaban las clases de Matemáticas, Literatura, Música y Ciencias sociales; pero cuando tocaban las de Comportamiento de Princesa o Reinado siempre conseguía escaparse. Solía ir a las caballerizas o a cualquier pasto en el que hubiera ovejas. Ayudaba al veterinario y a los pastores, escuchaba sus batallitas y aprendía cómo cuidar y tratar a los animales; ellos eran su verdadera pasión.

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El abuelo

EL ABUELO

Fue un gran disgusto para mí que mi abuelo muriera. No me crié con él, ni hizo de padre conmigo, ni nada de eso. Ni siquiera le veía a diario; vivía demasiado lejos. Pero pasé todos los veranos con él hasta que cumplí dieciséis años, hace cuatro, cuando decidieron internarlo en una residencia.

Vivía en un pequeño pueblo del Pirineo occidental, Carmio, en una casa de dos plantas y sótano. Mi abuela murió en un accidente de autobús al poco de nacer mi madre y no se volvió a casar. Me llevaban allí a finales de junio, al acabar las clases, y me recogían a mediados de agosto, cuando mis padres comenzaban las vacaciones, para viajar los tres juntos.

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